Por Miguel Ángel Casillas Barajas

Como era de esperarse, la reacción de Antonieta no se hizo esperar, y pese a que sus papás derogaban grandes cantidades de dinero para su educación en ese colegio privado, al instante, se olvidó por completo de la excelencia académica y por boca de ella conocí varias exabruptos llenos de una gran riqueza cultural que jamás mis castos oídos habían escuchado antes, tales como: ¡Mequetrefe! ¡Barbaján!,¡ tlaconete! ¡Estúpido! ¡Zonzo! ¡Soquete! Y otras tantas lindezas más del acervo cultural de nuestro bello y florido lenguaje; y luego, poco después, como un especie de postre, vino un desfile interminable de otras tantas palabrotas altisonantes un poco mas picosas provenientes del vulgo mexicano que tal vez, solo un cargador de la central de abastos podría haberme traducido a la perfección para poder interpretarlas y comprenderlas en toda su magnitud.

Me quedé sentado en el suelo llorando y sobándome los golpes del porrazo recibido y observando con suma tristeza como Antonieta se regresaba a su casa furibunda, hecha toda una sopa y aún vociferando palabrotas obscenas a diestra y siniestra, llena de vergüenza y coraje por el trago amargo que yo le había hecho pasar. De su otrora blanco vestido, aún destilaban algunos granos de pozole y en su andar emanaba un coctel de aromas nauseabundos por el contenido de líquidos que traía impregnados.

El tiempo pasó, mi vecinita jamás me perdonó esa lamentable acción que marcó para siempre nuestras vidas. Después de ese Accidente jamás me volvió a hablar ni tan siquiera volvió a pasar por mi casa que antes era algo así, como un paso obligado de cada día para saludarnos sonrientes; y mucho menos, me volvió a invitar a sus exquisitas tardes de tertulia literarias en su casa. Y cuando en alguna ocasión me la encontraba yendo a la escuela en el lujoso automóvil de su papá, volteaba a verme de reojo por la ventanilla del carro, me sacaba la lengua y luego me torcía la boca gesticulando al mismo tiempo, algunas palabras que pese a mi incultura, alcanzaba a traducir perfectamente, : ¿ Q –U- E M- E V -E -S I-D-I-O-T-A ?.

En fin, a causa de ese fracaso que tuve como equilibrista, todo por culpa del mentado BOTOTO, perdí esa bella amistad, y me retiré definitivamente del espectáculo circense, jamás volví a hacer el intento de ejecutar ese acto suicida con mi bici.

Aunque reflexionaba detenidamente sobre la situación y pensando mejor las cosas me preguntaba sobre lo que pasaría en la vida de uno, si no tuviéramos ese tipo de percances en nuestra vida, estaba convencido, de que precisamente esas anécdotas son las que le han dado ciertos tintes y sabor a nuestra existencia, sin ellas, todo sería monótono y aburridísimo.

Incluso, yendo más lejos y siendo más optimista, creí haber contribuido con mi aportación generosa con una anécdota más para el acervo cultural de la bella Antonieta. Con la pimienta que yo se que ella le sabe poner a sus relatos, casi les puedo asegurar, que sin quererlo le hice un regalo invaluable que quizás le debió haber sacado todo el provecho posible. Claro, que para esto, ella tuvo que poner de su parte todo el énfasis y el sabor histriónico para contarla tal como fue y a carcajada abierta en una de esas reuniones literarias en su casa acompañada de sus amigos más queridos y selectos y saboreando esas ricas galletas caseras y el espumoso chocolate calientito que prepara su mamá.

Lástima, que este servidor ya no pudo estar presente en ella para poder reírnos juntos a carcajada abierta y disfrutar de ese momento chusco e irrepetible de la vida.