Por: Lic. Javier Durán

Cuando era apenas un adolescente escuché una historia que me conmovió mucho. Era la historia de un niño de apenas 10 años que era el mayor de 6 hermanos y que tenía a su mamá muy enferma.

Por las noches su compañero de la escuela primaria pasaba por él para que juntos fueran a la iglesia. Allí Alejandro le pedía en oración a Dios que por favor sanara a su mamá. Un día, al llegar a su casa encontró que todo el mundo lloraba porque la mamá se había puesto muy mal. Alejandro corrió hacia la cama de mamá y lloró fuertemente. Le pidió a Dios que no se llevara a su madre, ¿Cómo podremos vivir sin mamá y sin papá en estos tiempos?, rogaba su pequeño corazón.

Después de tanta suplica y de derramar su alma pidiendo por su madre, la mamá murió.

Entonces él dejó de llorar, salió de su casa y mirando al cielo empezó a maldecir a Dios, No existes para mí, le gritaba. ¿Cómo es posible que si eres un Dios de amor, hayas dejado que mi madre muriese y deje a 6 niños solos en este mundo?

Esta historia me hace pensar en los grandes sufrimientos que como seres humanos hemos tenido. Hay veces que en el momento de más dolor en nuestras vidas, sentimos que estamos solos y que a pesar de que suplicamos la ayuda de Dios, no lo vemos por ningún lado. Aparentemente nos ha dejado solo.

Eso pensaba yo cuando mi padre nos abandonó cuando apenas yo estaba en la secundaria y éramos 6 hermanos que quedaban al cuidado de nuestra madre. Sin estudios y sin el apoyo de la familia de mi padre, que nunca la aceptaron como nuera; mi madre por las noches lloraba en su cuarto preguntándose ¿como le haría para mantener a sus 6 hijos?

Yo como el más grande de todos, con apenas 12 años de edad y como siempre he sido muy desvelado escuchaba el llanto amargo y desgarrador de mi madre a medianoche, preguntándose ¿por qué le había pasado esto?

En mi inocencia, yo también le preguntaba a Dios: ¿dónde estás? ¿Por qué permites el dolor y el sufrimiento de mi madre que es una santa?

¿Cómo crecerán mis dos hermanitas de 5 y 3 años sin papá? En silencio lloraba con mi madre desde mi cuarto. Todavía no me explico como pudo sacar mi madre adelante a sus seis hijos sin necesidad de casarse de nuevo. Se dedicó de cuerpo y alma a la educación de sus hijos y a trabajar para traer la comida a la mesa. Nunca la escuchamos quejarse de su mala suerte. Con esa valentía que Dios les da a las mujeres que tienen que mantener solas a sus hijos, todos los días se levantaba muy temprano para dejar preparado el desayuno para sus seis hijos antes de irse a trabajar.

Allá en su trabajo se encontró patrones buenos, pero también patrones malos. En las noches, recuerdo que preparaba un atole y su precaria economía solo le alcanzaba para comprar un paquete de galletas maría.

Sabiamente nos repartía las galletas por partes iguales a todos sus hijos y disimuladamente las de ella no se las comía, más de uno de mis hermanos se quedaban con ganas de más galletas y le pedían a mamá y ella con mucho amor les regalaba las suyas.

Los domingos, era el único día que en casa se comía pollo y nosotros hacíamos una fiesta cada que mamá llegaba de su trabajo con un pollo asado. Ella los asaba, ya que esa era su trabajo. Pero escogía el pollo más grande para sus hijos. Freía frijoles negros y acompañábamos nuestra pieza de pollo con repollo y una ensalada de jitomate. La salsa que mi madre hacia en la pollería, era la más rica del mundo. El pollo asado más sabroso del mundo, era el que mi madre vendía.

Hoy, a más de 24 años del abandono de nuestro padre, comprendo que fue voluntad de Dios que él se fuera. Nada pasa en este mundo, si no es su voluntad. Los seis hijos de mi santa Madre somos buenos ciudadanos, dos somos profesionistas y todos nos queremos mucho. Mi padre se arrepiente de habernos abandonado porque con la señora que se fue nunca le pudo dar hijos y por sus locuras dejó abandonados a seis hermosos muchachos, de los cuales sin duda hoy estaría orgulloso.

Solo una petición le tengo a Dios: Que siga cuidando a mi madre y que le dé salud, porque a pesar de que ya estoy grande, todavía necesito de sus sabios consejos y de vez en cuando, de mis jalones de oreja.

En estos momentos donde todo mundo tiene problemas y el sufrimiento inunda nuestras vidas, no veo otra forma de ayudar a todos los nayaritas sino escribiendo esta columna, invitándolos a confiar más en ser supremo, el creador del Universo.

¿Dónde está Dios en tus momentos de gran tristeza y dolor? A un lado tuyo. Solo que no puede actuar si tú no lo invitas.

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