Salvador Mancillas
No estoy de acuerdo con los debates. Los considero un arcaísmo bastante burdo, además de inútil para la comunidad. Si se trata de construir ciudadanía o civilidad, este no es un método adecuado, porque enciende el encono y cierra el paso a la reflexión. Además, confunde a la sociedad, la hace que pierda de vista lo más importante políticamente, haciendo hincapié en lo superfluo, en la imagen, en las porras y las matracas, antes que en el bien común. Hace hincapié en el espectáculo y no en los razonamientos. Ese fue el defecto del debate entre Martha, Jorge y Naranjo, de la semana pasada: las porras manipuladas casi provocan la degeneración del evento en Talk Show.
Y es que el debate suele ser combate, una agonística, una forma de confrontación donde importa más la personalidad del pugilista que la verdad defendida. Es más, ni siquiera se defienden verdades, sino argumentos; no se promueve la idea, sino el carisma; no importa el planteamiento de problemas, sino la manera en como se reducen al absurdo los pensamientos del otro, (si es que hay pensamientos, pues suelen proliferar los slogans y las frases de contenido emocional fuerte, es decir, la retórica vil). Claro, no siempre es así: en el citado debate hubo momentos interesantes, de propuestas y razonamientos extraordinarios. Soy de la amplia franca de indecisos: aunque mis simpatías estaban con Martha (me cae bien), me atraía también la claridad y franqueza de Jorge; sin embargo, debo reconocer que la información, el dato duro, la argumentación, la agudeza y la definición de las alternativas plausibles frente a los problemas sociales de Nayarit fueron, indiscutiblemente, de Acosta Naranjo. No es que le dé el gane: en una discusión civilizada, el objetivo es que gane el espectador, el que está afuera viviendo los problemas.
En general, en un debate típico, es imposible lo más importante que necesita una sociedad para progresar: el diálogo, la apertura y la buena fe, aspectos de los que suelen carecer, precisamente, los políticos. Al debate se le ve como una oportunidad para incrementar el rating, no como una oportunidad para aclarar las ideas propias y las de los demás, ni como parte de la construcción colectiva de la verdad y la realidad.
Hace ya bastantes décadas, Karl Popper planteó que las teorías científicas no son verdaderas, ni siquiera probablemente verdaderas. La afirmación es ya célebre entre los epistemólogos, pues desde el punto de vista estadístico, la probabilidad de que una teoría científica sea verdadera, es cero. Eso es lo que hizo exclamar a algunos filósofos decepcionados y pesimistas que la verdad no existe.
La verdad sí existe, pero no está en la ciencia; está en el hombre, en la sociedad, debido a que la humanidad, en cuanto es también naturaleza, tiene capacidad de objetivación, esto es, tiene capacidad de establecer su propio reino en las dimensiones del ser. La verdad es algo que se construye socialmente porque tiene mucho que ver con el acuerdo, el consenso, la confluencia de expectativas y de inquietudes sociales, pero sobre todo, porque tiene que ver con una actitud abierta, razonable y crítica, y a la vez de sentido común. Tiene que ver con la política en su sentido más profundo.
En ese marco, los debates agonísticos o rijosos son irrelevantes, superfluos y hasta, en cierto modo, estúpidos. ¿Qué verdades pueden defender dos o tres personajes en un panel cuando algunos de ellos suelen tener la cabeza llena de intereses y de esquemas mentales a los que son incapaces de renunciar precisamente por razones políticas? Por eso un debate, donde dos, tres o cuatro simples mortales dicen burradas (porque muchas veces no saben ni expresarse), me parece, no sólo una pérdida de tiempo y de dinero, sino un espectáculo morboso, poco elegante y, hasta en cierto modo, perverso. ¿No es mejor escuchar directamente a la gente? ¿No es mejor tener imaginación para tomar el pulso a los sueños, a las expectativas y a las esperanzas sociales? ¿No es mejor cultivar el talento para ponerse en los zapatos de la ciudadanía que sufre, que aspira a mejores estadios de bienestar? Ahí, en esos sueños, en esas esperanzas, en esas expectativas está la verdad. Se necesitan políticos sensibles y de mente abierta para acceder a ella y traducirla públicamente. Esperemos que los formatos de los siguientes debates no sean pugilísticos o circenses, sino más acordes a estos nuevos tiempos, ávidos de ideas para solucionar los terribles problemas que la población padece a diario. Cuestión de cultura política.