Por: José Miguel Cuevas Delgadillo.
El domingo 1 de mayo se llevó a cabo un hecho sin precedentes para los defensores de los derechos humanos en el mundo: la beatificación de Juan Pablo II, antesala de la canonización. La administración de Juan Pablo II estuvo llena de polémica y escándalo, en los años que presidio la iglesia le tocó enfrentar los casos de pederastia que se denunciaron a nivel mundial y el tristemente celebre caso de Marcial Maciel en nuestro país. A pesar de lo anterior, Juan Pablo II es ya beato, casi santo, y en pocos meses será canonizado. Como sabemos, la iglesia cuenta con diferentes requisitos para la beatificación de un personaje, entre los más relevantes se encuentra la realización de un milagro que haya operado en la vida de una persona a través de la persona que se pretende beatificar. Hoy se ha confirmado que Juan Pablo II intervino milagrosamente en la curación de la monja francesa Marie Simon-Pierre que padecía mal de Parkinson, en el año de 2005, pocos meses después del fallecimiento de Karol Wojtyla el 2 de abril de ese año. Sin embargo, lo que la Congregación para las Causas de los Santos no ha considerado es el conocimiento que Juan Pablo II tuvo sobre el caso de Marcial Maciel y sus abusos a diferentes jovencitos mexicanos, entre los que destacan tres de sus hijos que tuvo con una mujer en México (Entrevista en MVS con Carmen Aristegui). Aunque el asunto se ha negado sistemáticamente por parte del Vaticano, lo cierto es que el futuro santo encubrió a Marcial Maciel en diferentes delitos.
Ante este escenario salta la pregunta ¿qué pretende el Vaticano con la beatificación de Juan Pablo II? Sin duda, canonizarlo, es decir, llevarlo a los altares como santo. La estrategia del Vaticano para santificar a Juan Pablo II va más allá de cuestiones espirituales y divinas, es eminentemente una estrategia geopolítica que pretende ratificar y reafirmar los lazos con los países latinoamericanos y otros países en vías de desarrollo. Otras de las intenciones es evitar que más creyentes salgan de la membrecía de la iglesia que en los últimos años han dejado a la institución. Con los escándalos del padre Maciel descubiertos en el año de 1997, muchas de las víctimas se organizaron para denunciar y salir de la institución religiosa que los defraudo emocionalmente. Y es que Juan Pablo II fue un personaje que influyó grandemente a los mexicanos y latinoamericanos desde su primera visita al continente.
Para el Vaticano es importante tener un santo que sea venerado en México con devoción inusual para tratar de apagar un poco el escándalo de pederastia que ha desprestigiado grandemente a la iglesia. Recordemos que fue Juan Pablo II quien llevó a los alteres al primer santo de origen mexicano: Juan Diego. Con sus cinco visitas a México, Juan Pablo II fortaleció el guadalupanismo y confirmó que nuestro país es un bastión muy importante para la iglesia y para las políticas del Vaticano. Con la beatificación del difunto papa y su próxima canonización, los católicos mexicanos reafirmarán su fe en la iglesia, pero será difícil que las víctimas de abuso sexual que llevan tiempo organizadas combatiendo la impunidad y concientizando a los feligreses crean nuevamente, por el contrario, con el inicio del proceso de canonización de Juan Pablo II, para ellas, las víctimas, será una confirmación del deterioro moral que en la actualidad vive la institución religiosa. En un futuro no muy próximo, los católicos mexicanos tendrán un santo, aunque no mexicano, sí venerado y querido, un santo que encubrió a varios sacerdotes abusivos, destacando a Marcial Maciel. Por lo pronto, Juan Pablo II ES YA UN BEATO, el papa peregrino, el papa que visitó Cuba y que ejerció un liderazgo político muy interesante; pero que también encubrió a sacerdotes pederastas y ofendió a miles de víctimas que esperaban su intervención en los casos presentados. Hasta la próxima. redescubriendo@hotmail.com