Por: Olegario Zamudio Quezada
Alguna vez leí una poesía de una mujer, que expresaba en su ánimo la alegría plena de quien sabe vivir el presente, la poesía decía más o menos así: Ella, no dice nada solo cocina, vaya a saber la causa de su alegría. Ella, no dice nada solo sonríe, cuando en lugar de sopa sirve jazmines. Ella no dice nada lava y suspira y a veces hasta vuela de distraída.
Elvia, era delgadita, estuvo conmigo en la secundaría, dueña de una sonrisa indisoluble en los labios, creo que Elvia era una ser humano sin pasado y sin futuro, era una mujer permanentemente de tiempo presente, con una alta capacidad para vivirlo y en su más sencilla expresión, disfrutarlo.
Recuerdo a Elvia cerca de una puerta de madera, por la calle hidalgo y siempre que me veía y nos veía, en la medida que nos acercábamos a ella, su sonrisa se le veía más plena, creo que si se hubiera animado cada que nos veía nos hubiera abrazado.
Ella tenía afecto para todos, desde nosotros sus compañeros de secundaria, hasta los más adultos y los más menores que ella, analizando su personalidad, creo que ella tenía un espíritu maternal, era como esas madres que siempre están pendientes porque sus hijos sean felices y en consecuencia también ella lo era.
Creo que cuando repartía su felicidad, no se desdibujaba ni se desgastaba, es decir que ella era feliz y su simplicidad era tal, que alcanzaba y envolvía a los demás, siempre tenía esa condición de saber cuando alguien requería de su participación para estar bien y en ello, en su acción ella también lo era, tenía esa cualidad.
Elvia de piel blanca, gustaba de pintarse las uñas de los pies y las manos de color de rojo, ella no podía adaptarse a alguien o integrarse a un grupo de individuos que en esencia no fueran felices, en esos ambientes era explosiva, esa era su constante, ha pero se encontraba con alguien que genuinamente era feliz y como imán se atraían y hacían la chorcha.
La última vez la vi en la Iglesia del Purísimo, tenia actitud de aquí estoy completa, yo con mis hijos, día de fiesta de la virgen, estaban comiendo pozole frente a la iglesia, me pregunte, que poder de convocatoria, podría haber tenido para llevarlos a todos ellos, a una iglesia, a un festejo, cuando en realidad ellos vivían en los fresnos, y festinar esos eventos no era su costumbre.
Uno, se queda con la expresión de las personas, en razón de las cosas con las que hubo dualidad y nuestra dualidad, fue el sonreír, en realidad, no la recuero seria, ni triste, ni enojada, si la vi en un años 35 veces, fueron las mismas que la vi sonriendo, ella en su sencillez habría su corazón y nos dejaba entrar, era como si ya nos conocíamos desde otra vida, como si a muchos ya nos conocía.
Ahora ya no está físicamente, me dieron los amigos la noticia de su defunción, es tan impactante el hecho de la noticia, que la recuerdo a cada instante, es más, hasta creo que si paso al lado de esa puerta de madera, ahí estará con su sonrisa, su sonrisa que se me figura en todas partes y en un acto reflejo en mi inercia, me sonrío, ya hasta alguien me dijo que con esa sonrisa que no se me borra traigo cara como de pendejo.