Por Miguel Ángel Casillas Barajas
Dedicado a todas las mujeres hermosas del planeta
Esa mañana Arthur esperaba ansioso la salida de la bella Christine a la hora acostumbrada. Recordaba gratamente aquel dulce momento cuando la conoció. Aquella tarde de verano, iba bellísimamente ataviada con una blusa azul de olanes que resaltaba su abundante y negra cabellera que se mecía majestuosa al vaivén del viento para dejar ver sus dos hermosos ojos verdes como esmeraldas.
Arthur, un chico tímido de la clase media acomodada, apasionado del teatro y artista del pincel. Se había enganchado a Christine como su admirador incondicional, anonadado por su exquisita manera de caminar y extasiado por su bella sonrisa.
¡Dios!, -exclamaba emocionado cada vez que la miraba-: verla sonreír era para él la sensación mas grande, algo así como viajar alrededor del mundo en tan solo 30 segundos.
El joven pintor prácticamente estaba obsesionado y convencido de que en la literatura universal , no existía filosofía capaz de reseñar con palabras poéticas ese momento excelso, sublime y dulce de observarla; y pensaba para sí: Solo los grandes genios de la pintura de la edad media como Tiziano, el creador de la Madonna con frutas y el temperamental, Leonardo Da Vinci; solo ellos , hubieran podido ser capaces de capturar al vuelo, la bella y enigmática sonrisa de Christine en toda su magnificencia; para luego, crear con ella en un lienzo, una obra de arte inmortal .
Arthur, como de costumbre esa mañana se disponía pues, a esperar pacientemente a que esa hermosa flor en capullo saliera de su casa como cotidianamente lo hacía a la misma hora, teniendo, la precaución de ubicarse a cierta distancia, oculto entre el pórtico de una enorme casona antigua para evitar ser visto por Christine. Aunque, ciertamente consciente de que exageraba la regla, dándole convenientemente un valor casi intrínseco al anonimato, para poder admirarla sin medida ni limitaciones y así poder deleitarse extasiado de las mieles de su tierna juventud. Esa exquisitez muy propia de la edad de Christie, que aunada a su sonrisa mágica y resplandeciente era el complemento ideal para otorgarle el trofeo de los dioses del Olimpo, como premio a la belleza.
Indudablemente, que había otras cosas más, que Arthur admiraba en ella, como lo era su indolente y retadora manera de afrontar el futuro; que aunque es sabido por todos, que a esa edad se empieza la vida con incertidumbre, Christine pareciera no tomarle demasiada importancia a esos detalles; minimizándolos de una manera alegre y considerándolos como pequeños accidentes sin importancia, para así afrontar el futuro con mayor dinamismo y con un optimismo desbordante.
Por su parte, el tímido Arthur, como artista del pincel, quizás una de las facetas que mejor dominaba, era la técnica al óleo. Solo que la mala fortuna lo había acompañado como estampilla a todas partes, y como consecuencia inevitable de esto, las exposiciones que él había montado junto con otros pintores de la plástica, habían resultado un rotundo fracaso.
Para colmo de sus males, en una de esas tantas exposiciones, llevadas acabo en la ciudad de Morelia, Michoacán; cuando exhibía orgulloso 12 de sus mejores obras pictóricas, de manera casi sorpresiva arribaron al centro de la cultura, una veintena de intelectuales y críticos del arte Moderno, que al ver exhibida la obra de Arthur, se detuvieron para analizarla profundamente, y posteriormente vertir su opinión crítica; catalogándola: Como un simple trabajo sin trascendencia artística, o simples panfletos de arte decorativo.
Esto molestó a Arthur, que refuñando levantó de inmediato su exposición, saliendo de ese lugar visiblemente decepcionado por los comentarios adversos recibidos, tomó diez de sus mejores obras en mano, y en una esquina de la calle se puso a donarlas a las personas que en ese momento tuvieron la suerte de pasar por la acera.
Después de esa amarga experiencia, el artista estaba pasando por un trance difícil, incluso pensando ya en el retiro.
Cuando conoció a Christine, de inmediato le volvió el deseo de volver a tomar los pinceles para tratar de plasmar su sonrisa en un lienzo, no podía explicarse a ciencia cierta cómo llegó hasta ahí, ni cuando, ni de qué manera se habían dado las cosas, solo estaba consciente de que el destino había encaminado sus pasos hasta ella ubicándolo en ese lugar estratégico frente a su casa.
Recargado en un pilar y fumándose un cigarrillo, esperaba impaciente la salida de la chica a la hora acostumbrada, su ubicación podría considerarse privilegiada como zona VIP, esas butacas destinadas solo para los espectadores de mayores privilegios que asisten a un determinado espectáculo, tan solo para darse el lujo de observar de cerca sin pestañear lo que se ofrece a sus ojos. Para él pues, admirar aunque solo fueran unos cuantos segundos todo el candor de la sonrisa de Christine y su donaire encantador al caminar, lo era todo, valorado por él mismo, como estar en la mejor platea del famoso circo Soleil disfrutando de uno de sus mejores espectáculos.
Justificaba de alguna manera su acción, argumentando que lo de él, no era un sentimiento impuro o motivado por el morbo lo que lo había conducido hasta esa encrucijada. No, nada más alejado de la realidad. - aseveraba-Esa podría ser quizás ser una de las calumnias mas llenas de un amarillismo insano, producto de mentes enfermas, malintencionadas y perversas.
Para mí, Christine representa la imagen de la pureza innata, el alma transparente y bella, una naciente flor en botón, la esencia misma del espíritu, el arte que se respira gota a gota, el bouquet de un buen vino. En síntesis: La divinidad hecha mujer, esculpida por las benditas manos del creador.
El mirarla a ella todas las mañanas se había vuelto algo ciertamente enfermizo pero muy imperioso para Arthur, y tan cotidiano como admirar la luz del amanecer, escuchar los gallos cantar, oír los ruidos de la mañana.
Así, ver a Christine salir, era también algo imprescindible y necesario para Arthur. Como el alimento que necesita el espíritu, la esencia de todas las purezas, el elixir de la vida.
Y visto desde la perspectiva del arte, era como viajar al museo del Louvre de parís en milésimas de segundo para apreciar la más excelsa de las obras pictóricas pintada por las manos de uno de los más notables y connotados artistas del renacimiento. En fin, Todos estos conceptos estaban vertidos en la confundida cabeza de Arthur, para inundar maravillosamente sus sienes y luego quedar impresos en su cerebro como con cincel y martillo, tal si fuera un manuscrito esculpido en piedra.
Guardó silencio, contuvo por un instante su respiración, exhaló una última bocanada de su cigarrillo. era la hora cumbre tan anhelada por él. Ella como siempre, hizo su aparición puntual en el portón de su casa, providente, magnánima, divina, graciosa, exuberante y salió a la calle como todos los días. Miró su reloj de soslayo, luego encaminó sus pasos rápidamente con su gentil figura por la acera repartiendo sonrisas dulcemente.
Ese instante parecía prolongarse. Decenas de aves canoras revoloteaban a su alrededor con trinos parecidos a himnos celestiales, se respiraba algo mágico y único en el ambiente. Para Arthur era como el clímax, el acto crucial y sublime, la coronación a sus plegarias, la culminación de todo. El premio de los dioses a sus largos y martirizantes momentos de sufrimiento atroz, la apertura de la gloria misma, La paz esperada y anhelada por su alma, esa paz que pareciera nunca llegar.
Después de ese hermoso espectáculo, Arthur volteó la vista al cielo dando gracias al todopoderoso por el regalo divino, dejo rodar dos lágrimas de sus ojos. Solo habían sido unos cuantos segundos, unos instantes, tal vez milésimas, pero mágicos, llenos de una inmensa pureza espiritual y de una gran poesía. No cabía la menor duda de que esos segundos habían sido los más maravillosos de su existencia.
Ella, Christine, esa pequeña flor virginal, ajena a todo, se perdió rápidamente entre lo intrincado de la jungla urbana.
Arthur, ya podía retirarse satisfecho a descansar tranquilo. Por lo menos, hasta la próxima experiencia, que sería al día siguiente, a la misma hora. y en el mismo lugar.