POR MIGUEL ANGEL CASILLAS BARAJAS
De alhaje grande, y de arrogante figura aunada a su espíritu andariego, el albatros venido de la inmensidad de los océanos postró su procellárida esfinge en aquella barcaza carcomida por los tiempos. Su pecho blanquecino y enredado, pareciera estar bañado de pequeños pigmentos de color ocre dorado, como resultado de una prolongada exposición a los inclementes rayos solares, que a su vez, acusaban su largo viacrucis por los confines más apartados del mundo.
Cansado y abatido, se abandonó exhausto en la proa de aquel barco deteriorado por el lacerante paso del tiempo. Mientras que una suave ventisca proveniente del rechoncho mar, rociaba su bello plumaje, disfrutando de un baño relajante y reparador para mitigar el cansancio y esperar la noche, después de haber vencido en su peregrinar a la propia inercia de los vientos alisios.
Al clarear el alba, un incesante revoloteo ensordecedor de aves marinas lo hicieron despertar abruptamente, en el instante mismo en que un lujurioso sol caldeaba impetuoso y perverso con sus inclementes rayos, la frágil barcaza calcinando su cubierta de metal.
Yerto como estaba, con sierpe renovada extendió sus exuberantes alas y emprendió el vuelo para pescar algún bocadillo, confundido entre las masas de aves de su mismo calado y estirpe. Después de saciar su apetito voraz, se instaló en un circo rocoso para esperar los buenos vientos y así reorientar su vuelo hacia otros destinos. Cuando de improviso, el sonido de unas notas musicales lo hicieron cambiar de opinión, volteando hacia el puerto de donde provenían aquellos acordes con los que se identificaba plenamente.
Ya en otras ocasiones, -recordaba- que en uno de sus prolongados viajes aventureros a través del mar, en el vetusto puerto de New Orleans se había topado con esos sonidos musicales estridentes, provenientes de guitarras eléctricas, bongós, timbales y otros instrumentos de percusión, que le endulzaban el oído alegremente. Estos instrumentos eran mezclados con ritmos de música negra como el rock y el blues y provocaban en él, una paranoia y el gusto de disfrutar cuando los humanos coreaban esas canciones y danzaban al ritmo de esa música enloquecedora y frenética por toda la noche hasta aparecer los primeros rayos solares.
Desde ese entonces le quedó grabado en la memoria, aquel aquelarre musical que se escenificara en el muelle de New Orleans, y que hoy volvía a vivirlo intensamente pero, en las playas del bello puerto de San Blas, esto lo llenaba de inmensa alegría. Esa tarde, definitivamente no quiso emprender el vuelo, para quedarse admirando extasiado aquel ritual frenético que se ofrecía a sus ojos.
Para su mala fortuna, a los pocos minutos, cuando una mortecina luz crepuscular inundaba la tarde, esta desapareció como por encanto, luego vino el relámpago desgarrando la noche y anunciando una tormenta eléctrica. Posteriormente y siempre oportuno, el trueno hizo su aparición para culminar con el dramatismo de esa tarde tropical. Este último, a su vez, sirvió de colofón para dar paso a una pertinaz lluvia.
Con el Plip Plop del agua al golpetear como martillo en el mar, dio inicio a una serenata de sinfonías eternas, que se mezclaban unas con otras, empezando por el golpeteo incesante del agua de lluvia al caer. Luego el ensordecedor trinar de las aves al anidarse, y continuando con el sonido estridente del más puro rock proveniente de las hermosas playas de San Blas.
El albatros (pese a que no quería moverse de ese lugar tan estratégico subyugado por la música) tuvo por necesidad que buscar refugio en el mismo barco abandonado, sin despegar la vista de aquel concierto musical que ahora entonaba canciones de The Beatles. El ave marina, entonces recordó, que él, en su otra vida, había sido un gran compositor y cantante y precisamente del mismo cuarteto de Liverpool.
Dios como ser supremo, bueno y omnipotente, -se decía a sí mismo, como justificándose-nos brinda a todos la gran oportunidad de reencarnar en otra especie animal de las que pueblan este paraíso mundano, ya después de fallecidos. Este, era pues, el caso de John, quien después de ser un prolífero compositor y cantante fue asesinado arteramente de 5 disparos por el demente Mark David Chapman un 8 de Dic. De 1980, en Nueva york; y ahora, su imponente figura estaba personificado en la errante y majestuosa albatros. Solo que de su encorvado pico no salía palabra alguna, solo graznidos afónicos. La impresionante ave marina, queriendo llamar la atención de todos daba vuelta al escenario desesperada anunciando a la concurrencia: ¡Yo soy John Lennon! ¡Aquí estoy mírenme! ¡Yo soy Joooohhhn! ¿Que no me conocen?
Como era de esperarse, los asistentes, solo escuchaban unos fuertes graznidos como de corneta de automóvil proveniente del albatros, mientras lo miraban un poco asustados y más bien, sorprendidos de verla dar vueltas volando a tan baja altura casi rozando sus sienes y haciendo una tremenda alharaca con sus graznidos. Sin que ninguno de los presentes se percatara de la transfiguración sufrida por el ex Beatle.
Fue en ese momento preciso, y como si el ser supremo lo hubiera ordenado, que todos los asistentes al concierto se pusieron de pie al unisonó, y tomándose de las manos se dispusieron a cantar y a declamar el tema cumbre de John Lennon que le diera en vida el reconocimiento como un luchador incansable y tenaz a favor de la paz: IMAGINA, que su letra traducida al español dice así:
Imagina que no hay paraíso, es fácil si lo intentas, ningún infierno debajo de nosotros, arriba de nosotros solamente cielo, Imagina a toda la gente Viviendo al día...Imagina que no hay países, no es difícil hacerlo, Nada por lo que matar o morir, ni religiones tampoco, Imagina a toda esa gente Viviendo la vida en paz , Imagina que no hay posesiones, (Me pregunto si puedes), ninguna necesidad de codicia o hambre, una hermandad del hombre, Imagina a toda la gente Compartiendo todo el mundo...
Tú puedes decir que soy un soñador, pero no soy el único, espero que algún día te nos unas, Y el mundo vivirá como uno solo.
John, más calmado y aceptando su propia realidad inmutable, tarareaba con entusiasmo la letra de su creación inmortal, invitando a todos los presentes a su vez, para que hicieran de la misma manera, siguiendo paso a paso la tonada escrita por su puño y letra como el fino bisturí que recorre diestro y transforma el pensamiento excelso de un ser, en una obra de arte hecha canción.
El albatros, poco después de terminado ese inolvidable evento se irguió sobre sus dos patas, extendió sus frondosas y enormes alas y emprendió el vuelo rápidamente como un ave fénix, para llevar su mensaje de paz a otros lugares del mundo adonde su presencia era ya requerida por el omnipotente, perdiéndose rápidamente en la inmensidad del océano. Su trabajo creativo en el puerto de San Blas había concluido, por el momento, dejando su esencia plasmada en aquel inolvidable concierto Beatle, del 22 de abril del 2011.