Por: Juan Fregoso



Desde que asumió el poder el presidente de la República, Felipe Calderón Hinojosa, México entró en un estado de descomposición social o en un verdadero caos. Es cierto que en todos los sexenios ha habido oleadas de violencia, pero en este régimen gubernamental el índice de criminalidad se ha disparado de manera alarmante, lo que ha provocado una profunda psicosis colectiva, pues ya nadie se siente seguro ni en su casa mucho menos en las calles.


Para muchos este fenómeno que estamos viviendo los mexicanos se debe a la forma en que llegó el Primer Mandatario a la presidencia de la República, esto es, a través de un triunfo cuestionado, dudoso, en que los más destacados analistas desde un principio pusieron en tela de duda la victoria de Felipe Calderón. La mayoría de ellos coinciden en que el Jefe del Ejecutivo arribó al poder mediante un fraude finamente orquestado, por lo tanto, para adquirir la legitimidad que no adquirió en las urnas se vio obligado a buscar la forma de legitimarse ante el pueblo, por eso decidió declararle la guerra al narcotráfico, término que posteriormente fue reemplazado por el propio presidente por el de delincuencia organizada.


Calderón quiso demostrarnos de este modo que su ascensión al poder fue clara, democrática y contundente. Tomó, entonces, la determinación de limpiar al país de los chicos malos que en su opinión se dedican al tráfico de enervantes y a toda suerte de drogas. Así, desató una matanza que aún se prolonga en los casi cuatro años que lleva en el poder. Lo que no previó el presidente es que en esta cruenta guerra también caerían—y siguen cayendo—cientos de civiles que nada que tienen que ver, ni con el narcotráfico ni con la delincuencia organizada. Más todavía, en una actitud que sin exagerar puede calificarse de fascista el presidente ha dicho en repetidas ocasiones que la lucha proseguirá caiga quien caiga; al parecer, al mandatario no le interesa en lo más mínimo la vida de sus compatriotas, por eso ha desplegado a lo largo y ancho del país a los cuerpos militares, vaya, a todo el aparato policiaco con el cual se sustenta el estado.


Aquí, el columnista no pretende hacer una apología del delito o de fomentar la delincuencia cualquiera que sea la denominación que se le quiera endosar. Por supuesto que, toda conducta antisocial debe ser sancionada, pero en lo que no estoy de acuerdo es en el método de combatir el crimen con el crimen; pongo como ejemplo a Los Estados Unidos, que se erigen como el paladín de la democracia, cuando en varios de sus estados prevalece todavía la brutal pena de muerte; vuelvo a insistir, no se puede combatir un delito con otro delito, que como ya lo hemos visto resulta peor que el crimen perpetrado. Y el columnista se pregunta, ¿con todo y su pena de muerte ha descendido la criminalidad en aquél país? En honor a la verdad, mi respuesta es un rotundo no, porque no es el medio de contener la violencia. Por tanto, nuestro gobierno debe buscar otros mecanismos para detener esta escalada de asesinatos u homicidios; supongo que el gobierno cuenta con asesores en materia criminológica, capaces—creo—de instrumentar los métodos eficaces para salir de este torbellino violento, y que no siga cobrando más vidas inocentes. Sin embargo, por lo que se ve, el gobierno calderonista está aferrado en combatir el crimen con el crimen, y esto significa simple y llanamente más muertes, sean éstas de narcotraficantes, de civiles ajenos a este cáncer muy difícil de erradicar, inclusive hasta de soldados que han sucumbido en esta guerra absurda. Si Calderón cree que con su política anticrimen va a exterminar esta hidra del mil cabezas está equivocado, porque al cortar una cabeza, indudablemente—como ya lo estamos viendo—brotan miles y el problema se agrava cada día. En este contexto, se puede colegir que este no es el remedio, ni siquiera un calmante para sanear el tejido social ya hartamente gangrenado, y que día tras día se recrudece más, ante la apatía del gobierno federal.


Recientemente, el ombudsman nacional declaró que en los últimos dieciocho meses se han registrado por lo menos cien asesinatos de civiles, ajenos por completo a la delincuencia organizada. Y en esta monstruosa carnicería, dice el ombudsman, están inmiscuidos muchos agentes de diversas corporaciones policiacas, esto es, que el fenómeno del narcotráfico ha permeado prácticamente en todas las instituciones gubernamentales, por consiguiente, es evidente que existe un vergonzoso maridaje que hace más difícil solucionar la caótica situación que vive México.


Así pues, en el afán de legitimar su gobierno, el presidente se colocó en la órbita de la monarquía, lo que significa que todo el poder lo concentró en su persona, pasando por encima de todas las instituciones a las que debe respetar por mandato constitucional. Más claro: La monarquía es el poder de una sola persona que ejerce un poder omnímodo; el monarca es un tirano que no toma en cuenta para nada el parecer de los demás poderes a los cuales está supeditado y debe obediencia, no porque él lo quiera, sino porque es un mandato emanado de nuestra constitución y demás leyes.


Desde esta perspectiva, Calderón se salió de las coordenadas establecidas por Montesquieu, quien sentó las bases de la división de poderes. Por otro lado, rompió el Contrato Social de Jean-Jacques Rousseau, quien en su magistral tratado apunta con atinada precisión que: Hay dos vías generales por las cuales degenera un gobierno; cuando se concentra—como es el caso en comento—y cuando se disuelve. Y pondera: El gobierno se concentra cuando pasa del gran número al pequeño, o sea de la democracia a la aristocracia, y de la aristocracia a la monarquía.


La teoría de Rousseau sostiene que el cuerpo político, es lo mismo que el cuerpo del hombre: Comienza a morir desde su nacimiento y lleva en sí las causas de su destrucción. Sostiene que el principio de la vida política está en la autoridad soberana, —que no ha respetado el titular del Ejecutivo Federal—porque el poder legislativo es el corazón del estado; el poder ejecutivo es el cerebro, que da movimiento a todas sus partes. Puede el cerebro sufrir una parálisis y el individuo seguir viviendo. Un hombre se queda idiota y vive, pero tan pronto como el corazón cesa en sus funciones, el animal muere.


Así, en términos comparativos, el presidente de la República—cerebro del cuerpo político—ha demostrado que tiene este músculo completamente atrofiado, por ello se explica que haya tomado decisiones equivocadas en su lucha frontal contra el narcotráfico o delincuencia organizada. En consecuencia, de no cambiar—y esto ya se antoja imposible—su política irracional contra el crimen organizado, es mucho más probable que perezca el cuerpo político, que el virus del narcotráfico que ya se encuentra incubado hasta el tuétano en el cerebro y en el corazón del estado. ¿Qué sigue entonces, con un monarca que no atiende en lo absoluto a los demás órganos? La respuesta es obvia: Más crímenes, porque el señor de Los Pinos, está empecinado en destruir a ese monstruo que el propio gobierno procreó y que ahora no encuentra la forma inteligente, ya no de acabarlo, sino de frenarlo, para tranquilidad del pueblo mexicano.