Por: Juan Fregoso

En las anchas faldas de una colina alzábase, desde tiempos remotos, un espléndido templo. Se le divisaba desde muy lejos. Piedras bien talladas servíanle de cimiento y las líneas firmes y armoniosas de su fábrica se erguían gallardamente. Sabios sacerdotes velaban, en su interior, por su cometido de guardar el templo y atender a su servicio. Desde lejanas tierras, acudían en tropel los peregrinos a implorar ayuda. Y quien se sintiese solo y abandonado, salía de allí siempre fortalecido con la clara conciencia de que a cada cual se le adjudicaba con segura mano lo suyo y de que el fallo era cumplido inexorablemente.

Con esta precisión dibujaba el célebre jurista y filósofo alemán, Rudolf Stammler, el Templo del Derecho y la Justicia, cuando los hombres se conducían con indiscutible rectitud, con ética, con humanismo, con sensibilidad hacia sus semejantes, ante las injusticias cometidas por los poderosos contra los débiles; se aplicaba, entonces, el derecho y la justicia, no había la mezquindad ni la corrupción entre aquellos hombres que tenían la encomienda de concederle sus derechos a los individuos, o como diría Ulpiano; dar a quien lo suyo, pero sin pedir prebendas de ninguna especie, por la simple razón de que los derechos son consustanciales al hombre, es decir, que por su propia naturaleza humana el hombre tiene derechos que no son una concesión graciosa de ningún gobierno, éste sólo tiene la obligación de regularlos en aras de una sana convivencia para garantizar el orden y la paz, pero no para imponer su arbitraria voluntad inclinando la balanza a favor de alguien, por más poderoso que éste sea.

Creo que en la procuración y aplicación de la ley se debe privilegiar a las clases más humildes, más desprotegidas, más vulnerables. Lamentablemente, en nuestros tiempos no sucede así, porque el Templo Stammleriano, fue destruido brutalmente para construir uno nuevo pero corroído desde sus cimientos; y aquellos sacerdotes justos fueron sustituidos por los que hoy se llaman jueces, ministerios públicos, magistrados, que en nada se parecen a sus antecesores. Hoy, el famoso templo Stammleriano, acabó convirtiéndose en una madriguera de funcionarios venales, déspotas, corruptos, que terminaron por convertir a aquella majestuosa dama—la Justicia—en una vulgar prostituta de la cual han abusado impunemente.

Todo lo anterior viene a colación porque algunos ciudadanos acaponetenses se quejan de la prepotencia con que se ha venido conduciendo el Agente del Ministerio Público, Julián Torres Flores, de quien dicen que cuando van a presentar a alguna denuncia son humillados por este corrupto representante social. Las denuncias ciudadanas que presenta la gente, muchas de ellas no son recibidas, son rechazadas groseramente por este licenciado carente de ética profesional, asimismo retarda la integración de las averiguaciones previas, lo que evidentemente ocasiona serios perjuicios a los gobernados que acuden ante esta instancia en demanda de justicia, sin embargo, esto no le importa al licenciado Julián Torres, quien en vez sujetarse al mandato de la ley hace caso omiso, ya que los denunciantes—que pidieron el anonimato—aseguran que este señor se burla de ellos, porque según dice que está bien parado en la Procuraduría General de Justicia del Estado.

Se pensaba que con el cambio de gobierno se acabarían estas prácticas inmorales, incluso se manejó llevar a cabo una limpia en todas las agencias del ministerio público, pero está visto que todo quedó en buenas intenciones. La corrupción de ministerios públicos sigue galopando como si fuera un caballo desbocado que atropella arbitrariamente las garantías individuales, y nadie hace nada por frenar a este tipo de sujetos soberbios, que se solazan ante los reclamos de la sociedad, la cual ya está harta de de ser ninguneada, desatendida y ultrajada en sus derechos por funcionarios que olvidan que sus sueldos son pagados de los impuestos del pueblo, justamente para que se les atienda con diligencia y respeto, no para ser maltratados y vejados por una autoridad administrativa, como son los agentes del ministerio, en este caso, del licenciado Julián Torres, adscrito a la mesa número 1y que actúa como un auténtico Torquemada en contra de la gente más pobres, porque a la gente pudiente les dá un trato diferente, probablemente porque éstos le reditúan buenas ganancias, en otras palabras, para Torres Flores la justicia es una mercancía de lujo que vende al mejor postor y como la chusma no puede comprarla, simplemente la manda por un tubo.

Pero el caso de este nefasto funcionario no es el único, también se encuentra en la misma situación la licenciada, Brenda Gómez, la cual durante los cinco años que tiene trabajando como agente del ministerio público en la ciudad de Acaponeta, viene haciendo lo mismo con la ciudadanía. Esta señora se caracteriza por su valemadrismo, por su altanería con la gente que por alguna circunstancia se ve obligada a solicitar la procuración de la justicia, justicia que es entorpecida perversamente por la abogada Brenda Gómez, quien lejos de cumplir con su responsabilidad se dedica al comercio de ropa y otras chácharas, incluso afuera de la Agencia tiene un negocio, una fotocopiadora, lo que significa que obtiene ganancias extras gracias a que los demandantes allí mismo sacan las copias que necesitan.

La señora, Brenda Gómez, no sólo comercia con la justicia al igual que su homólogo, el patán de Julián Torres, sino también con la necesidad de la gente. Por todo ello, los quejosos solicitan a las autoridades competentes el cese inmediato de este par de pillos, que podrán ser todo, menos procuradores de justicia. El cambio de estos señores ya es un clamor general, aunque ellos presuman de estar bien con Dios o que no pueden ser depuestos de sus cargos, pero es evidente que por salud pública deben ser sustituidos por abogados que realmente tengan vocación de servir a la sociedad y no servirse de ésta.