Por: Juan Fregoso

*¿Es posible escribir con objetividad desde la cumbre del poder?

*Cuando el periodista ostenta un cargo de representación popular ¿podrá hablar con la verdad?

*Por supuesto que no, porque no se sabe si el que está opinando es el periodista, el funcionario o el político

*No se puede ser juez y parte, y esto lo deben saber aquellos que se dicen periodistas pero ocupan un cargo dentro del gobierno

*Para poder decir la verdad se requiere ser libre y no se puede ser completamente libre cuando se está sujeto al poder político

*El auténtico periodista debe actuar con absoluta libertad, sin obedecer a intereses mezquinos

El día de ayer, fui testigo de una discusión entre compañeros periodistas, uno de ellos defendía con garras y dientes al gobierno panista que encabeza el genocida de Felipe Calderón, evidentemente se trataba de un militante del PAN, por eso no me sorprendió mucho su postura, ya que gracias al blanquiazul ocupa una regiduría plurinominal en el Ayuntamiento de Tecuala.

Para este regidor el PAN es lo máximo y su desempeño como gobierno ha sido óptimo, puesto que en su opinión no ha habido otro partido que haya combatido fieramente el fenómeno del narcotráfico. Esto, a mi juicio, es cierto parcialmente y comparto con cierta reserva la opinión de este regidor panista—que por cierto, también escribe en un semanario local—, sin embargo, justamente porque ejerce el periodismo disiento de su forma de pensar, porque si realmente como informador que dice ser debe anteponer la ética de esta noble profesión, la cual nos obliga a hablar con la verdad por dolorosa que ésta sea, lamentablemente este señor esgrime sus puntos de vista desde el aspecto partidista, lo que le hace perder calidad en el ejercicio periodístico.

Dos compañeros más argumentaban que el PRI con todo lo sea, es un partido que ha sabido sortear los problemas que ha enfrentado cuando estuvo en la presidencia de la República. Decían que durante los tiempos que los priístas ocuparon Los Pinos no se derramó tanta sangre como la que se ha derramado en pocos menos de seis años, es decir, los que tiene gobernando el michoacano Felipe Calderón, quien ha sido cuestionado hasta por su antecesor Vicente Fox, por la guerra brutal que ha desatado desde 2006.

La osadía del ex mandatario, le costó una investigación en torno a sus propiedades, Calderón revivió una vieja demanda para proceder en contra de Fox, aunque no en un acto de verdadera justicia sino de venganza, esto retrata de cuerpo entero la psicópata personalidad del presidente panista, y les da la razón a los otros compañeros periodistas, pues en efecto, Felipe Calderón ha manejado el bártulo del fascismo con una habilidad asombrosa y perversa. Su conducta no parece conocer la moral o ningún tipo de valores, ya que en su afán enfermizo de legitimarse no ha reparado en segar vidas inocentes a través de una guerra injustificable, así diga que lo hace para combatir la delincuencia organizada. Calderón ha violentado todas las leyes, no solamente la constitución que debe regir sus actos, para él no existe más ley que su arbitraria voluntad.

Pero esta situación, el regidor y periodista panista no puede aceptarlo, como tampoco que el índice de pobres se ha disparado criminalmente. Le concedo la razón solamente porque procede del laboratorio albiceleste y sería absurdo que no defendiera a su partido, por más retrógrado que sea, por más espurio y criminal que sea. Tiene todo el derecho de asumir su defensa, empero a lo que no tiene derecho es a mentirle al pueblo a través de sus escritos, simplemente porque al pueblo hay que hablarle con la verdad más objetiva que nos sea posible, porque reconozco que no se puede ser cien por ciento objetivo, siempre se nos cuela un rasgo de subjetividad y debemos luchar contra el subjetivismo en aras de dar una información lo más veraz que podamos. En el caso del regidor panista, no se puede ser juez y parte, si él quiere hacer uso de la libertad de expresión, para que sus señalamientos sean verdaderamente libres, tiene la obligación de dejar la regiduría que ostenta, porque ante la dualidad de funciones no se sabe si está opinando el funcionario, el político o el escritor, es desde mi punto de vista, una situación sumamente ambigua y hasta parcial.

Así pues, quien escribe debe hacerlo fuera de la órbita del poder para estar en condiciones de transmitir ideas claras a la sociedad que merece nuestro mayor respeto. Los tiempos en que la opresión—como hoy en el calderonismo—es grande, y son tiempos en que se discurre mucho sobre cosas grandes y elevadas. Sostengo que se necesita valor, en estos tiempos, para hablar de cosas pequeñas y mezquinas, como la pobreza que agobia a los mexicanos, la alimentación y vivienda de los trabajadores, mientras alrededor de ellos se dice que sólo el espíritu de sacrificio cuenta.

Cuando se alaba continuamente a los campesinos, es valerosos hablar de máquinas y forrajes a buen precio, esto es, capaces de facilitar aquel trabajo tan elogiado; cuando todos los altoparlantes vociferan que es mejor el hombre sin instrucción, que el instruido, se requiere valor para preguntar: ¿mejor para quién? Cuando se habla de razas perfectas e imperfectas, es valeroso preguntarse si el hambre, la ignorancia y la guerra calderonista no producen cierta deformidad.

Igualmente, se necesita valor para decir la verdad sobre sí mismo, sobre nosotros mismos. Muchos que son perseguidos, pierden la facultad de reconocer los propios defectos, tal vez porque la persecución parece la más grave injusticia; los perseguidores, ya que persiguen, son los malvados; ellos, los perseguidos, son perseguidos por su bondad. Pero esa bondad ha sido golpeada, vencida, aprisionada; luego entonces, era bondad débil, defectuosa, insostenible, que no cuenta, porque no es lícito admitir como propia de la bondad la debilidad, como se admite que la lluvia debe ser mojada. Decir que los buenos fueron vencidos, no por buenos, sino por débiles, requiere valor

A nuestro colega, con todo respeto hay que decirle, que la verdad no puede escribirse sino en lucha contra la mentira ni puede expresarse de modo genérico, elevado, ambiguo. A tal especie, esto es, genérica, elevada, ambigua, pertenece exactamente la mentira. Hablar de alguien que dijo la verdad, implica que anteriormente algunos, muchos, o uno solo, dijeron algo distinto, una mentira o cuestiones genéricas; él en cambio dijo la verdad, es decir, algo práctico, concreto, irrefutable, precisamente lo que se necesitaba.

Poco valor se necesita en cambio para lamentarse, en general, de la maldad del mundo, del triunfo de la brutalidad calderonista y para sacudir la amenaza que gravita sobre el espíritu, cuando se vive en una parte de México en que eso aún se permite o se tolera. Muchos se comportan entonces como si estuvieran bajo el tiro de los cañones, cuando sólo están bajo la mira de los binoculares.

Y van gritando sus vagas reivindicaciones en el mundo amigo de la gente inocente; demandan, genéricamente, la justicia, pero nunca hicieron nada por tenerla y piden genéricamente la libertad, la de obtener parte de aquel botín antes largamente repartido entre ellos. Encuentran verdadero sólo aquello que les conviene. Si la verdad tiene que ver con cifras, con hechos, si es cuestión árida, cuyo hallazgo exige pena y estudio, entonces no les corresponde, nada tiene que los embriague. Sólo exteriormente se comportan como los paladines de la verdad, pero el mal que sufren es no saber la verdad. ¿Será el caso de nuestro dilecto colega?