Por: Juan Fregoso

Joel Quiñonez, regidor de piedra

*No atiende a su demarcación

*Mareado por el poderl, ni a sus familiares apoya

*Se olvidó de sus raíces indígenas y de las penurias que padeció en su tierra

Se ha escrito hasta el hartazo que la política es para hacer el bien común, es decir, dar satisfacción a las necesidades del hombre en su entera naturaleza espiritual, moral y corporal, proporcionándole la paz, la virtud, la cultura y las cosas necesarias para el desenvolvimiento de su existencia. El bien común ha entenderse en el sentido de que el esfuerzo y el disfrute de estos bienes ha de compartirse en la proporción de la justicia.

Pero sucede que algunos hombres, por ciertas circunstancias llegan a ocupar un cargo público, desde donde pueden hacer mucho por su gente, del pueblo que los dotó del poder para servir, para trabajar en beneficio de su comunidad, ignoran olímpicamente este postulado, pues investido de poder—que no de autoridad—se olvidan hasta de sus raíces. Pienso, que ni siquiera saben el papel que desempeñan, desconocen las leyes y hasta los reglamentos más elementales que rigen la vida pública municipal, y así, es evidente que nunca podrán cumplir cabalmente con sus funciones, por modestas que estas sean.

Un caso emblemático de lo que hoy publica Línea Crítica, es para ponerse a reflexionar, para meditar a conciencia, que bien le haría hacer un ejercicio de esta naturaleza, al señor Joel Quiñonez Rodríguez. El señor Joel Quiñonez, nació en la comunidad indígena de La Quemada, una población con apenas ocho viviendas, dicha localidad pertenece al municipio de Huajicori; vivía en una casa de palma, toda destartalada, el señor perteneciente a la etnia cora, era muy pobre, tanto que se podría decir andaba casi desnudo, o como dice el sobado refrán; andaba con una mano por delante y otra por detrás.

Se vestía con harapos, y aquellos que lo conocieron en aquellos aciagos días, aseguran que usaba calzones de turzo, que es una especie de tela sumamente delgada, parecida al encaje o blondita. Para asistir—porque en su rancho no había—a la escuela, se trasladaba desde La Quemadas hasta Guamuchilar, y esto lo hacía a lomo de bestia, porque tampoco había vehículos, es decir, la civilización todavía no llegaba a la inhóspita sierra de Huajicori. El joven, en ese entonces, tenía que recorrer algo así como hora y media para arribar a Guamuchilar, donde recibió sus primeras letras, aunque no se sabe si allí concluyó su instrucción primaria.

Entre 1979-1980, sus progenitores emigraron a San José de Mojarritas, trayéndose obviamente a su hijo. Allí, la familia duró alrededor de dos años. Posteriormente, se mudarían a la ciudad de Acaponeta, en donde estuvieron rentando por espacio de 15 años, arrendaban una casa porque no tenían terreno propio, dada su precaria situación económica, pues eran tan humildes, según el giro semántico que se le quiera dar a esta palabra, que no estaban en condiciones de adquirir un inmueble en donde edificar una vivienda digna.

Así estuvieron viviendo, hasta que Joel Quiñonez se acomodó en algún Ayuntamiento, afiliándose al poderoso Sutsem. El sierreño ya tenía por lo menos un trabajo, muy bien remunerado por cierto, y con muchas prestaciones sindicales, lo que le permitió, supongo, que estudiara la carrera de Contador Fiscal, profesión que nunca ejerció, quién sabe por qué, quizá porque no tiene el título ni la cédula profesional, o sencillamente, porque no se sintió capaz de ejercer la carrera que había estudiado, o tal vez, porque ya incrustado en el Sutsem, el dinero empezó a llegarle y sus penurias económicas se acabaron.

Cuando se empezó a manejar el nombre del actual presidente, como candidato a la alcaldía, la cual ganó por segunda ocasión, el señor Joel Quiñonez le entró de lleno el gusanillo de la política y se registró como candidato a la regiduría, la cual ganó arrastrado por la fiebre robertista, no por su carisma ni por sus méritos, porque no los tiene. Desde entonces, el poder cegó a este señor, que ya convertido en regidor se olvidó completamente de las necesidades que pasó en sus mocedades, curiosamente en lugar de sensibilizarse por venir de cuna humilde, Quiñonez se transformó en un funcionario de piedra, insensible, al grado de que tiene abandonados a los habitantes de su demarcación, a su propia colonia, pues al flamante regidor no le importan las deplorables condiciones en que vive su gente, porque ahora podrá decir con toda la desfachatez del mundo; yo ya la hice, que se frieguen los demás.

Es sorprendente que Joel Quiñonez se haya mareado con tan poco altura, no pudo soportar el vértigo del poder, sus oídos no fueron capaces de tolerar el canto de las sirenas que lo arrastraron al fondo del mar de la soberbia, de la arrogancia, del despotismo y de la deshumanización. El poder lo cambió radicalmente—si es que ya no era así—porque su falta de sensibilidad hacia los problemas de sus representados, se está viendo reflejado hasta con sus propios familiares, de los que ahora se afrenta como queriendo enterrar su pasado lleno de miseria, yo diría, miseria moral más que material.

Joel Quiñonez, ha demostrado a lo largo de estos siete meses que lleva como regidor, que no tiene la capacidad ni siquiera para realizar una simple gestoría, a lo mejor porque la religión a la que pertenece se lo prohíbe, porque este señor es un miembro de una especie de hermandad, de esas que tanto abundan, y todo mundo sabe que quienes pertenecen a algún tipo de sectas religiosas, son las personas más ajenas al sufrimientos de sus semejantes, aunque en sus proclamas digan lo contrario.

Como colofón, Línea Critica puntualiza que don Joel Quiñonez, fue incapaz de ayudar a su propio tío que estuvo al borde de la muerte, el nombre de su consanguíneo se reserva, pero lo que no se puede soslayar es la insensibilidad de su sobrino, que no tuvo la capacidad ni siquiera para conseguirle los medicamentos que necesitaba, y si esto hace con sus propios parientes, cabe preguntarse; ¿se preocupará, este señor, por los acaponetenses? Pero, sobre este brillante regidor, Línea Crítica dará seguimiento, tanto a su biografía personal como política, porque que en el tintero han quedado muchos detalles que el pueblo tiene derecho de conocer, habida cuenta que se trata de un funcionario público que vive de los impuestos que todos pagamos.