Por: Juan Fregoso

Aun cuando la mercadoctenia nos dice que el candidato del PRI a la presidencia de la República, Enrique Peña Nieto, encabeza las preferencias electorales, por encima de la panista Josefina Vázquez Mota y del abanderado de las izquierdas, Andrés Manuel López Obrador, la realidad desmiente las encuestas que dicen favorecer al ex gobernador del Estado de México.

En las calles, con la debida reserva, los priístas manifiestan su desacuerdo con la candidatura de Enrique Peña Nieto, sobre todo, porque detrás de él se encuentra la figura del ex presidente Carlos Salinas de Gortari, un verdadero animal político, un verdadero experto en el manejo de los medios de comunicación, como así lo demostró en 1988, cuando junto con su camarilla de incondicionales lograron consumar el fraude más descarado de que se tenga memoria.

La historia registra que en 1989 los diputados federales del PRI, liderado en ese entonces por Fernando Ortiz Arana, así como por el panista Diego Fernández de Cevallos, aprobaron la iniciativa salinista-cordobista de incinerar los paquetes electorales de aquella elección que aparentemente ganó Carlos Salinas.

Esta operación fue llevada a cabo para evitar que a algún curioso se le ocurriera contar los votos y descubrir que el ex presidente, no sólo perdió en las urnas, sino que, incluso, quedó en tercer lugar, abajo del extinto Manuel de Jesús Clouthier y que Cuauhtémoc Cárdenas había sido el verdadero ganador de esa histórica contienda.

En 1988, se difundió la especie de que Carlos Salinas y su grupo, con José Córdoba Montoya—el asesor incómodo—dieron un golpe de estado, apoderándose de la presidencia de la República, pero sus adversarios, Cárdenas y Clouthier mantuvieron la cordura para evitar una posible revuelta civil, prefirieron tragarse la derrota para no suscitar un baño de sangre en un pueblo enardecido al ver pisoteada su voluntad expresada en las urnas.

¿Qué hubiera pasado si Cárdenas o Clouthier hubieran optado por el camino contrario?, seguramente nuestro país se hubiera incendiado, peor que como quemaron los paquetes electorales para no dejar evidencias del fraude que encaramó en Los Pinos a Carlos Salinas, quien hoy figura como uno de los principales estrategas del priísta Enrique Peña Nieto.

Hay que recordar que en 1988 el PRI y el gobierno, con la connivencia del viejo PAN—no del que representó Manuel de Jesús Clouthier—perpetraron el robo electoral del siglo XX y que precipitó una crisis política de la cual no logramos reponernos. Posteriormente, devinieron las elecciones intermedias federales—en 1991—en las cuales Salinas de Gortari y el vicepresidente, José Córdoba Montoya, emplearon todo el aparato gubernamental y los recursos públicos para manipular el proceso electoral con el populismo pronasolero, fue así como el PRI se alzó con la victoria como en sus mejores tiempos, llevándose carro completo, mientras que al PAN sólo le dio migajas a través de las concertacesiones.

En 1994, Cuauhtémoc Cárdenas intentó por segunda vez conquistar la presidencia de la República. Entonces, Carlos Salinas y José Córdoba acordaron poner a prueba a Luis Donaldo Colosio Murrieta, quien era el candidato de Salinas, en tanto Córdoba Montoya apoyaba a Ernesto Zedillo, y cuando el sonorense se deslindó de Carlos Salinas, al grado de criticar su nefasta política, se urdió el complot que terminó con su asesinato.

La nomenklatura del PRI había quitado de en medio a Colosio, porque no cedió a las presiones de la clase gobernante, del grupo Atlacomulco,—y al cual pertenece Enrique Peña Nieto—que le exigieron la renuncia como candidato, Colosio prefirió la inmolación antes que traicionar sus ideales, fue desde este punto de vista un verdadero demócrata, que aspiraba realmente a una transformación democrática de México, pero le cortaron las alas sus propios correligionarios, los cuales tras su muerte consiguieron imponer a Ernesto Zedillo, cuya presidencia se caracterizó por su opacidad, al punto de entregar el poder a la ultraderecha más recalcitrante.

Pero el fondo del problema radica en la controvertida campaña de Enrique Peña Nieto—, también candidato de Salinas—quien hasta el momento, durante su campaña política, no ha ofertado un proyecto sólido de gobierno que ofrezca estrategias inteligente para sacar de la crisis al pueblo mexicano, su discurso se pierde en vaguedades, lo que significa que no tiene un rumbo ideológico definido del proyecto de nación que quiere.

Peña Nieto, como en 1991, se ha encajonado en el viejo discurso salinista, es decir, el de hace 21 años cuando el grupo salinista echó mano del populismo pronasolero, del Pronasol, rebautizado por el panismo como Oportunidades, un programa social supuestamente para abatir la pobreza, pero que Carlos Salinas de Gortari lo politizó para ganar unas elecciones federales.

Hoy, el candidato del PRI a la presidencia de la República dice, con cierto orgullo, que se le dará continuidad y se acrecentará el programa Oportunidades que arrancó con los gobiernos priístas. Más aún, Enrique Peña Nieto nos recuerda que estos programas sociales no pertenecen en exclusiva a partido alguno, y que más bien ha sido la política del Estado mexicano, de hace ya varios años, el definir mecanismos para combatir la pobreza y apoyar a quienes más lo necesitan, los programas que hoy tiene el Estado mexicano partieron de los gobiernos encabezados por mi partido, y ofrece ampliar la cobertura de dicho programa y no desaparecerlo, pero lo que todos deberíamos de saber es que en política las palabras ocultan el verdadero pensamiento, de ahí que la tesis peñista no tiene mucha consistencia.

Así pues, está claro que el candidato tricolor no promete nada nuevo, sus propuestas populistas están aderezadas con el más puro estilo salinista, son las mismas recetas de antaño, que no le funcionaron al PRI para abatir la miseria—salvo para fines electoreros—como lo demuestra la historia, ya que el número de pobres, aun con todos los programas sociales, lejos de disminuir ha ido en aumento, como así lo revelan las estadísticas.

Por tanto, lo que Enrique Peña Nieto necesita es cambiar la tónica de su discurso, desvincularse, como lo hizo Luis Donaldo Colosio, de la influencia de Carlos Salinas de Gortari; necesita ser él mismo, manejarse con sus propias ideas, necesita libertad para enfrentar a un pueblo que reclama justicia en toda la extensión de la palabra, necesita, pues, romper el cordón umbilical que lo mantiene atado al salinismo, aun con el riesgo de ser sacrificado como el sonorense, pero es evidente que no lo hará porque carece de la talla de Luis Donaldo Colosio.