Por: José Miguel Cuevas Delgadillo

En los últimos días algunos funcionarios públicos del país han hecho declaraciones entorno a la situación de violencia que priva a la nación. El secretario de Educación en el estado de México comentó recientemente que en la medida que no se apoye a las instituciones educativas con más presupuesto, el país estará propenso a la violencia, al quedar los jóvenes sin un lugar en las escuelas, y convertirse en los llamados ninis: ni estudian, ni trabajan. El asunto de la violencia desatada en los últimos meses en varias ciudades del país va más allá de la cuestión educativa. El asunto es más profundo y más delicado de lo que aparenta. Es muy fácil adjudicarle la responsabilidad de los últimos homicidios que han ocurrido en nuestra ciudad, en el estado y en todo el país a jóvenes que no estudian y no trabajan. Se maneja la hipótesis de la pobreza, la que afirma a la ligera y sin estudios científicos que los jóvenes matan porque quieren ganar dinero sin esfuerzo, debido a la pobreza y la necesidad económica que padecen. No estoy de acuerdo. Los estudios del comportamiento humano, la salud mental y los análisis conductuales realizados por el FBI y diferentes especialistas demuestran lo contrario. Según un reporte realizado por el Buro de Investigación Federal de los Estados Unidos de América en el año 2002, el perfil de los asesinos seriales y los homicidas recurrentes provenían de hogares destruidos y una larga historia de frustraciones, maltratos y carencia afectiva (Canavati, 2006). El deterioro de la familia mexicana es más notorio cada día. La violencia que se vive dentro de los hogares inhibe las habilidades sociales y favorece la agresividad, la intransigencia y los hechos relacionados con la aplicación de la justicia por propia mano. Si le sumamos a esto que dentro de los hogares, no sólo encontramos la violencia domestica, también encontramos la influencia negativa de algunos programas de T.V., los videos juegos y la ausencia de una estructura sólida en las familias, el asunto se vuelve más complejo y multifactorial.

Los comportamientos familiares y sociales carentes de afectividad influyen directamente en la mente del niño y el joven. Lo convierten en una persona agresiva; pero no sólo eso, también el cerebro se va habituando a un estilo de conducta insensible, apática y con carencias afectivas para establecer relaciones sanas y sólidas, en otras palabras, fabricamos una persona con deficiencias conductuales que a la postre ocasionará estragos sociales, como el homicidio violento, el asesinato que se caracteriza por la alevosía, la saña y el coraje al memento de asesinar. Debemos identificar a este tipo de personas, no son jóvenes que no tienen nada que hacer o que carecen de un espacio para estudiar, antes que nada son personas dañadas en su estructura conductual y mental; no son personas que necesitan un mayor ingreso económico, son, ante todo, personas afectadas en su estructura cerebral. Debemos comprender que la mente humana es compleja, y es ahí en donde debemos centrar nuestro análisis. En la medida que las elecciones se acercan, las declaraciones sin sustento científico y con intenciones políticas para desprestigiar a los gobiernos constituidos de los diferentes estados, incluido el presidente de la república, aparecerán de una manera desmedida. Que no sean los políticos, ni los comunicadores, mucho menos los gobernantes los que hablen de los problemas de conducta de los jóvenes que están matando a lo largo y ancho del territorio nacional. Que sean los que realmente conocen del tema, los profesionales de la salud mental, los especialistas en la conducta y el comportamiento humano. Hasta la próxima. Conferencista y Terapeuta Familiar. Consultas Celular 311 136 89 86.