Por Miguel Ángel Casillas Barajas
Ante el revuelo que había armado la carreta pozolera, quienes estaban en la ceremonia de las campanas corrieron a recibir el preciado perol, saboreándose con el olor que inundaba hasta el tuétano de sus rechonchos huesos, no esperaron más y empezaron a ocupar su lugar en una enorme mesa de madera corrida adaptada para cien personas de los amigos mas allegados a Don Tomás. De momento las campanas habían quedado olvidadas en el atrio de la iglesia. Un vago de esos que abundan por montones en los pueblos le propinó un fuetazo a las mulas que cargaban las pesadas campanas y estas salieron como bólidos en estampida perdiéndose a la distancia hasta llegar al rió donde pararon para refrescarse un poco.
Nadie se dio cuenta del echo ante tal alboroto que había armado la carreta del pozole que tenía a todo el pueblo atento a aquel perol que era bajado cuidadosamente por varios voluntarios utilizando para ello unos puentes de madera para llevar ese perol delicadamente al lugar donde se serviría ese rico manjar de los dioses.
Como era de esperarse solo las gentes mas allegadas a Don Tomás tenían acceso al lugar; los guaruras del cacique se colocaron en la puerta y poco a poco iban dejando pasar solo a quienes portaban invitación, Ya dentro, empezó la fiesta, la banda de Guipangillo Generoso inició su participación y se empezó a servir aquel pozole que inundaba con su rico aroma a todos los confines mas apartados del pequeño pueblo. Por los resquicios de las ventanas, la prole, que no había tenido acceso, se arremolinaba subiéndose unos arriba de otros tratando de ver por lo menos, cuando se sirvieran los platos de esa exquisitez de la cocina mexicana; mientras que dentro del lugar circulaban los platos copeteados de pozole servido por meseros profesionales que corrían presurosos de un lugar a otro repartiendo platos a diestra y siniestra, mientras el cocinero orgulloso también hacia lo suyo, iba de aquí para allá, explicando risueño como había sido el largo proceso de su preparación. Por cierto vale hacer el comentario que a Don Tomás jamás se le había visto tan contento, estaba feliz el hombre departiendo con todos y más ahora cuando iba ya por su segunda ración pozolera.
Pero antes de ser servida hizo una pequeña pausa, después de esbozar un largo y prolongado eructo, se paró para dirigir algunas palabras a los comensales, llamó la atención de todos sonando una cuchara en la mesa: ¡Atención amigos! Quiero que para saborear dignamente este segundo plato de pozole que con permiso de ustedes me pienso comer; me haga el honor de servirlo Don Cipriano, ese genial cocinero que me permití traerles desde Veracruz -el aplauso y los gritos eufóricos de los concurrentes no se hizo esperar - y Don Cipriano sonrojado hizo una pequeña reverencia con la cabeza dirigiéndose a la concurrencia respetuosamente, acto seguido se dirigió presto al enorme perol pozolero para servir esa segunda ración esperada por Don Tomas; era como un acto simplemente protocolario, una distinción honoraria para Don Cipriano, algo así como cortar oreja al toro después de la gran faena en el ruedo. Un justo y merecido premio a su trabajo desarrollado en esa agotadora jornada.
Bueno, acto seguido metió la enorme cuchara sopera de madera al perol y ¡oh sorpresa! Se quedó frío, al ver una enorme rata almizclera con su larga cola que salía en la cuchara sopera ante el asombro de todos y de todas; Don Cipriano casi cae para atrás desmayado de la impresión al verla, mientras todos al unísono en el salón gritaron llenos de pavor ¡¡ Una rata!! Las mujeres quisieron vomitar de inmediato el pozole, algunas copetonas presas del pánico se subían a las sillas gritando despavoridas, otras mas se abrazaban de sus consortes tapándose los ojos para no ver, aquello era un caos completo, una gran confusión, todos corrían desesperados tumbando platos, jarros, cucharas y de un lado hacia otro presionándose el estomago y escupiendo con el pánico reflejado en sus rostros. Algunos no esperaron ir al baño, ahí mismo introducían sus dedos en la boca para provocarse el vómito, otros mas salieron corriendo en estampida del lugar hacia sus casas. Mientras Don Cipriano se derrumbaba en su silla mirando al roedor de frente, este era quizás el final de su larga trayectoria como cocinero, el feo animalucho entrometido había cambiado su vida drásticamente para siempre. Don Tomás, el caique del pueblo estaba privado, sus ojos estaban en blanco mirando hacia el infinito y mas allá, tal vez a la nada, sus allegados hacían esfuerzos supremos por volverlo a la realidad le daban a oler alcohol, whisky sin obtener resultado alguno, era algo casi imposible, como tratar de revivir a un muerto.
Afuera la gente del pueblo celebraba el acontecimiento como si hubieran ganado la guerra de independencia había cuetes, se abrazaban unos a otros, gozaban el momento como una gran victoria, mientras que un mesero tiraba por el camino los restos de aquel pozole preparado con tan ricas y suculentas especias. Los perros del lugar se daban ahora el festín de su vida. Era un día de fiesta para ellos, algo nunca visto en la historia de San Patricio el alto.
Así pues llego la noche y la calma al pueblo, Don tomas y su gente había recibido una lección inolvidable. Aquel pueblo tranquilo y apacible, cansado de tantas injusticias se había vengado de aquella afrenta de no haber sido invitado a la gran comilitona pozolera de Don Tomás en San Patricio el alto.
Colorín colorado este cuento se ha terminado.