Por: José Ma. Narváez Ramírez.
Ferial de la alegría
es mayo con sus fiestas,
es mes de algarabía,
es un cantar de gesta.
Donde la primavera
su traje de colores,
coqueta y zalamera
adórnalo de flores,
lanzando vocinglera
la voz de los amores,
con gratas armonías
y plácidas hosannas,
hermosas melodías
-cadencia de campanas-
cuando se llega el día
-mañana de mañanas-
en que la madre mía
gustosa se engalana,
con esa alegoría
de gozo, que derrama
el haz de la familia,
en dicha soberana,
como una sinfonía
de coros, que desgranan
en lírica eufonía
sonidos que se hermanan
de luz y pedrería
de glorias y de galas.
Vienen Las Mañanitas
por entre las callejas,
con esa tonadita
que a queja se asemeja,
pero que llena el alma
de reales sentimientos,
aquellos que su flama
se convierte en acento
de fuerza, que desgarra
cruel arrepentimiento,
de no haber comprendido
que el cariño materno
(El amor bendecido
por nuestro Ser Eterno)
el cariño nacido
del dolor en comienzo,
do sufrir y sufrido
son el mismo cimiento:
Es de toda la vida
el mensaje supremo,
es la fuerza que anida
de la vida, el misterio,
la palabra divina
que forjada por sueños,
va trazando la línea
de nuestro propio vuelo.
Es la savia fecunda
que genera ternura
en raíces profundas
de pureza y dulzura.
¡Eres Madre, del Cielo,
el mejor exponente!
¡Eres sol, firmamento!
¡Eres luz refulgente!
Y por todo el recuerdo
de mi padre, hoy ausente,
que nos puso de ejemplo
enseñarnos quererte,
yo te brindo y prometo
-en el hoy y en el siempre-
¡Mi mejor pensamiento!