Por: Juan Fregoso

Los candidatos a la presidencia de la República perdieron una gran oportunidad: La de plantear con argumentos sólidos y convincentes sus propuestas de gobierno, finalmente ese era el objetivo, pero los cuatro presidenciables se dejaron dominar por el hígado y empañaron, ciertamente el debate, tras enfrascarse en dimes y diretes.

Debate significa en primer lugar controversia sobre una cosa entre una o dos personas, debatir, entre otras cosas, conlleva la idea de contender, pelear o discutir sobre un tema determinado. Así pues, el debate celebrado el domingo pasado pienso que se ciñó al significado que le da el Diccionario de la RAE a este vocablo.

En este sentido, causa sorpresa que los candidatos presidenciables se hayan quejado de que fueron objeto de ataques por sus oponentes, porque a eso iban, a confrontar ideas y propuestas, y por supuesto, a recibir algunos golpes, ya que cualquier debate serio es un juego dialéctico en donde el más hábil expondrá y refutará los argumentos de su oponente. Si hubiese faltado este ingrediente antagónico entonces no habría sido un debate en el sentido estricto de la palabra, por eso no hay lugar para lamentaciones de ninguno de los cuatro candidatos participantes.

En este contexto, el candidato de la alianza PRI-PVEM, Enrique Peña Nieto, fue categórico al señalar que México no merece seguir siendo gobernado por los mismos, en clara alusión a los panistas. Peña Nieto, en uso de su derecho, refutó las acusaciones de sus adversarios, pero ignorando el juego dialéctico, el candidato del PRI deploró que se haya empleado más tiempo en ser atacado, en lugar de que sus contrincantes se enfocaran al debate, Peña Nieto no entendió que ese era precisamente el debate; el antagonismo, que no es otra cosa que las contradicciones antagónicas, inconciliables, es decir, la lucha de los contrarios.

Por eso, cuando Josefina Vázquez Mota lo cuestionó en torno a los 608 compromisos que contrajo siendo candidato a gobernador del estado de México, la desafió a que le comprobara que no cumplió con tales compromisos. Esa es la esencia del debate, el juego dialéctico, el juego de las imputaciones y contradicciones, por lo tanto, es algo muy natural que la panista lo cuestionara y que él esgrimiera sus propios argumentos. Si la aseveración lanzada por Josefina Vázquez Mota, en el sentido de que su adversario no cumplió con las promesas hechas a los mexiquenses, era obvio que el candidato priísta tenía que defenderse como lo hizo, y al pueblo le tocará evaluar los juicios emitidos por la panista, ya que el pueblo conoce a la perfección a cada uno de los candidatos, el pueblo sabe a estas alturas de que pie cojea cada uno de ellos, consecuentemente será éste quien decida, llegado el momento, a cual de ellos le dará su voto.

De acuerdo a la percepción de la gente fue la candidata del PAN, quien más embistió a Enrique Peña Nieto. Lo responsabilizó de que algunas reformas estructurales, como en el rubro laboral, no lograron realizarse por la injerencia peñista. Sin embargo, Peña Nieto—según dio a entender—que la que realmente obstaculizó la citada reforma fue la abanderada panista, puesto que si no se cristalizaron dichos acuerdos fue por la apatía de Josefina Vázquez Mota, ya que en ese entonces, la hoy aspirante a la presidencia fungía como dirigente de Acción Nacional en la Cámara de Diputados.

Como si quisiera acabar de un solo golpe al candidato del PRI, Josefina Vázquez revivió un episodio que cimbró en su momento los cimientos de la sociedad mexicana: El extraño deceso de la niña Paulette, en realidad este fue un lamentable desliz de la panista, pues pienso que no venía al caso remover esa llaga que seguramente todavía duele a la familia de la infante. Pero hay que reconocer que en el debate, los contendientes no iban a recibir flores, sino espinas, el acíbar que implica toda discusión en donde están juego muchos y diversos intereses, por lo tanto, a Peña Nieto sólo le quedaba el contraataque, esencia de la dialéctica que debe caracterizar todo debate serio.

Enrique Peña Nieto, también tuvo que sortear los argumentos del candidato del Movimiento Progresista, Andrés Manuel López Obrador, quien lo calificó como el consentido de los medios de comunicación electrónicos, los que a juicio del perredista han hecho de su principal adversario el más viable candidato para ocupar Los Pinos. Peña le reviró a López Obrador, que si esto fuera cierto desde cuando éste hubiese sido presidente de la República, ya que cuando se desempeñó como Jefe de Gobierno, el tabasqueño—según Peña Nieto—gastó más de mil millones de pesos en comunicación social.

Así, el candidato del tricolor dio la impresión de no entender las reglas del juego. Por tanto, Enrique Peña Nieto parece haber caído en una trampa—aunque no lo haya sido, porque era parte del juego—urdida por sus adversarios, como lo demuestra el hecho de que le prestó demasiada importancia—que exhibió su novatez en estos menesteres—a los señalamientos que le hicieron en lo concerniente a su relación con Arturo Montiel, acusado de corrupción cuando fue gobernador del estado de México. Una respuesta inteligente de Peña Nieto para neutralizar la argumentación de sus adversarios, hubiese sido simplemente decir que dicho asunto ya había sido ventilado ante las autoridades competentes, es decir, que ya era cosa juzgada, pero el priísta cayó ingenuamente en el juego exhibiendo su inexperiencia en el arte de debatir con el arma de la dialéctica.

Total que en este primer debate entre los candidatos que buscan sustituir a Felipe Calderón, fue todo un desastre porque se habló muy poco de sus propuestas—que sí las hicieron—pero en ningún momento expresaron el cómo las van a llevar a la práctica. Los candidatos deberían de saber que los problemas que aquejan al país no son de ahora, son ancestrales y que se sepa ningún presidente de la República ha podido resolverlos, de ahí que se antoja pensar que el debate sólo fue un acto circense, demagógico, y en el cual ninguno de los contendientes puede decir que se llevó los laureles. Para decirlo de otro modo, ninguno resultó ganador, y aquel que diga lo contrario, simplemente le está mintiendo a los mexicanos.