Por: Juan Fregoso
Si algo quedó muy claro en el debate del domingo 6 de mayo fue la actitud benevolente y hasta sumisa de la candidata del PAN, Josefina Vázquez Mota, hacia su protector Felipe Calderón Hinojosa. La candidata tuvo el buen tacto de no mencionar ese nombre que representa el sexenio más sangriento registrado en los últimos tiempos, y no lo hizo por una simple razón: No puede romper con quien la ungió como aspirante presidencial.
Esto significa que en el remoto caso de que Josefina Vázquez Mota, ganara las elecciones—lo que a estas alturas ya se antoja imposible—continuaría con la misma política belicista implementada por Felipe Calderón, con todo y lo que diga en sus comerciales que no pactará con el crimen organizado lo cual es una vil mentira.
En política—y esto lo hemos dicho infinidad de veces—las palabras sirven para ocultar el verdadero pensamiento, por consiguiente, Josefina nos quiere vender la idea de que su gobierno se deslindará del crimen organizado, cuando sabe de antemano que haría lo contrario, porque no es tan fácil mutilar los poderosos tentáculos del narcotráfico, infiltrado ya en todas las esferas gubernamentales, de ahí que la panista miente con el fin de ganar la simpatía de la sociedad mexicana.
Ahora bien, si analizamos la postura de Josefina Vázquez Mota, en el sentido de que ni siquiera aludió al gobierno criminal encabezado por Felipe Calderón, este hecho se encuadra en la lógica de que no puede patear el pesebre o golpear la mano que le ha dado de comer en este sexenio. Por ello, en cierto modo, se justifica su genuflexión hacia su Jefe a quien le debe lealtad y obediencia, aunque bien pudo romper ese esquema y crear la confianza que busca en el electorado, pero no tuvo el valor de hacerlo y con ello sus posibilidades de triunfo se acotan visiblemente.
Sin embargo, no solamente la panista omitió mencionar el desgobierno de Felipe Calderón, sino también los demás candidatos guardaron un sospechoso silencio en torno a la actuación calderonista. Pareciera que se pusieron de acuerdo en no señalar la ola de violencia que cubre al país desde que Calderón se ciño la banda presidencial, bajo la ominosa sombra del fraude electoral. ¿Valores entendidos?, puede ser.
Pero este incidente no tiene nada de nuevo. Recordemos que en 1994, el entonces candidato del PRI, Ernesto Zedillo, refiriéndose a su antecesor—hoy asesor de Enrique Peña Nieto—Carlos Salinas de Gortari, en vez de criticar su política neoliberal—aunque después tronó en contra de él—, le construyó una brillante apología: Carlos Salinas de Gortari era un gran Presidente, un patriota, soltó Zedillo el 5 de mayo de 1994. Meses después, justamente el 7 de noviembre de ese mismo año, Salinas de Gortari ya en el ocaso de su reinado le regresó el piropo: El doctor Ernesto Zedillo mostró ser un candidato formidable, con una capacidad extraordinaria de aprender rápidamente y también con un valor y un patriotismo a toda prueba. Salinas le devolvía así la barbeada al hombre que entregó el poder a la ultraderecha.
Evidentemente, las alabanzas no fueron por mera cortesía protocolaria. Ambos las ratificaron: Salinas, al final de su sexenio dijo: Yo estoy seguro que el doctor Ernesto Zedillo Ponce de León, por su enorme patriotismo, su capacidad excepcional y su valor, será, sin duda, un gran presidente de México.
Los dos se ensalzaron recíprocamente, pero esos elogios que se prodigaron duraron muy poco, ya que lo que en un principio no se atrevió a decir Zedillo del entonces presidente, finalmente decidió romper el silencio para decirle al pueblo de México que era una vil patraña que el país nadaba en la bonanza, que México estaba inmerso en el Primer mundo, como lo había proclamado el ex mandatario.
Ernesto Zedillo rompía así con el vínculo que lo ataba a Carlos Salinas de Gortari. La luna de miel pronto se tornó en una luna de hiel que terminó con el encarcelamiento de Raúl Salinas de Gortari, el hermano incómodo, así como toda una serie sucesos sabidos ya por todos los mexicanos. Este es, sin duda, el único mérito que habla bien de Ernesto Zedillo, quien se distinguió por pilotear una presidencia con mucha suavidad, y que acabó, entregando el poder al panista Vicente Fox Quesada, a quien luego le seguiría el ex nada de Felipe Calderón.
Si rememoro este pasaje histórico es porque en el debate del 6 de mayo, ningún aspirante presidencial se atrevió a tocar el sagrado—o temido—nombre del genocida de Felipe Calderón. Y este fue un error, no tanto de Josefina, por las razones ya expuestas, sino del priísta Enrique Peña Nieto y del candidato del Movimiento Progresista, Andrés Manuel López Obrador, sobre todo de este último, que se dice ser un hombre de izquierda, con ideas revolucionarias tendientes a crear un México nuevo, porque la tarea del próximo Jefe de Estado, no consiste en cambiar superficialmente al país sino en transformarlo.
Empero, López Obrador cayó en el idealismo, igual que sus adversarios, que sólo aspiran a un cambio superficial y no de fondo. El Peje no tuvo la osadía de cuestionar el gobierno calderonista, quizá por no parecerse al candidato rijoso de 2006, o posiblemente, se abstuvo para que el pueblo lo tenga en el concepto de un político amoroso, sin embargo, el candidato de las izquierdas parece ignorar que esa etiqueta ya no se la puede quitar, la lleva consigo como un tatuaje indeleble.
Por lo tanto, hubiese sido más acertado haber desnudado al hombre que le arrebató la presidencia, tal como lo dice en su libro: La mafia que se adueñó de México y el 2012. Creo que si lo hubiera hecho habría ganado puntos en las preferencias electorales, porque lo que el pueblo quiere es escuchar la verdad por dolorosa que esta sea y no mentiras piadosas. Pero ante esta situación el tabasqueño reculó, y con ello, se mostró como un peón más de Carlos Salinas de Gortari: El Padrino, que decide todo, el que dá órdenes, el que marca pautas, y el que finalmente, con el inmenso poder que tiene, determinará quien será el próximo presidente, que como ya se sabe, es Enrique Peña Nieto, su hijo político.
Así pues, Andrés Manuel López Obrador perdió una gran oportunidad, la oportunidad de alzarse como un verdadero polemista, como un verdadero hombre de izquierda, capaz de exhibir el muro de corrupción que franquea a México desde el arribo de Felipe Calderón a la silla presidencial. En contexto, ¿cómo creerle a López Obrador que llevará a cabo la transformación verdadera del país, si lo que ha escrito no coincide con su pensamiento?, mucho menos con el de Benito Juárez a quien tanto se refiere el perredista. En este escenario, todo indica que el famoso debate no fue más que pura faramalla en donde al pueblo le dieron pan y circo, aparte de unas suculentas tetas argentinas que ya las quisieran los tres candidato hombres, porque de Josefina Vázquez Mota, no se puede decir lo mismo, a menos que tenga tendencias lésbicas.