Por Óscar Verdín Camacho

Durante la mañana de este lunes, un reo inicia un diálogo con este reportero, a través de la reja que comunica a los juzgados con la propia penal de Tepic. Le urge, dice, conseguir un poco de dinero para comprar una tarjeta telefónica y hacer algunas llamadas para que su familia pague su fianza. Lo acusan de robo.

Y aunque no obtiene mucho, la diligencia a la que fue llevado ha concluido y se da tiempo para requerir apoyo de otras personas ahí presentes.

De varias manos recibe unas monedas.

Cabe añadir que lo anterior es una práctica frecuente que utilizan algunos reos cuando son llevados a esa zona: tratan de no regresar a su celda con las manos vacías.

Lo anterior parecería tener la menor importancia si no se tratara de alguien que está detenido. La anécdota motiva a reflexionar casi inmediatamente que así como el citado reo consiguió un poco de dinero, podría haber recibido cualquier otra cosapor ejemplo droga e incluso ¡un arma!.
Y es que, aunque en el acceso a los juzgados existe vigilancia por parte de un policía estatal y hay un detector de metales, el chillido del aparato es constante y rara vez hay revisión entre las ropas de los visitantes.

En lo que toca al área de diligencias judiciales, familiares de reos suelen utilizarla para hacerles entrega, además de dinero, de refrescos, cigarros y ropa, entre otros artículos. Nadie lo impide y el espacio en la reja es más que suficiente.

Lo anterior muestra la nula vigilancia que existe en esa zona, por cierto sumamente reducida y sin que durante años se hayan tomado iniciativas para ampliarla y darle mayor privacidad a quienes acuden a rendir declaraciones o a sostener careos.
Todos los días, es común ver que muchas personas, en su afán de llegar a donde sostendrán alguna diligencia, atraviesan por donde se desarrolla otra, interrumpiendo el desarrollo de la misma.