Por Óscar Verdín Camacho
Parvadas de muchachos y muchachas, de juventud, han recorrido las calles de Tepic a lo largo del día, a propósito de los festejos por el Día del Estudiante.
Lo mismo gritan, lo mismo bailan, lo mismo viajan por montones en camionetas, maltratándose verbalmente, abrazándose entre cuates, trepados incluso en las cabinas, adjudicándose infracciones de tránsito que ahora pasan por alto, que nadie quiere ver.
Es su día, el día, también, del relajo, del desmadre, del baño en la calle, de los huevazos.
No son pocas las muchachas que en numerosos desfiles se arriesgaron a ser acomodadas en los cofres de los carros. Es de suponer que fueron bien amarradas porque hay momentos en que aumenta la velocidad y el riesgo de caer. Y además, sobra añadir que la cerveza hace presencia entre la muchachada, los botes bien helados.
Algunos jóvenes –mujeres la mayoría, según las que ví- de plano se dispusieron a retar, no a las autoridades, sino a la muerte: viajaban sentadas en el filo de la puerta de los carros, abajo los vidrios de las ventanas del copiloto. Y ahí iban, volando la greña y el trasero, con medio cuerpo hacia fuera y los pies dentro. Uf, ojalá ninguna se haya ido para atrás.
Eso si: los chiflidos chuleando los traseros voladores no se hicieron esperar en las calles, en los cruceros, especialmente entre los limpiaparabrisas.
En el afán de mantener junta la caravana, los conductores de vehículos que circulaban en la parte trasera en ocasiones se exponían de más. En la esquina de Insurgentes y Universidad, transitando por ésta última, un joven conductor siguió de frente con la luz en rojo del semáforo y cuando otros carros ya avanzaban por Insurgentes, estando a punto del choquepero consiguió su objetivo: no despegarse del grupo.
Así el Día del Estudiante.