Por: José Ma. Narváez Ramírez.

Se dice en todos los bares que una taza de café calientito de capitoso aroma, es excelente para curar la cruda galopante del siguiente día, y que la uva tiene un compuesto que sirve como antioxidante y nos preserva de un ataque cardíaco. Creo que se llama reverastrol, o algo así.

Pues si usted le pregunta a los clientes asiduos al café (cualquiera), ellos le dirán que esta bebida que se sirve en tazas o tacitas -depende del tipo de café que usted acostumbre- tiene la particularidad de despertarlo por un buen rato y en ciertos casos lo pone de excelente humor, optimista y hablantín, y puede que hasta visionario (porque en algunos cafés existen clientes que les da por componer el mundo tras una taza de café), otros podrán decir que los altera o sea que los pone nerviosos, pero lo más seguro es lo que sienta cada uno de los bebedores del aromático

Ahora, ¿Cuánto cuesta una taza de este líquido maravilloso? Hablamos claro, de un buen café, no del agua pintada y con sabor a regurgitación de incrospedo o a agua de trapeador, sino de un preparado de marca registrada (como el cultivado en Nayarit) y recién elaborado, no viejo y reseco que sabe a mentada de madre –dijera un empedernido cafeinómano- o adicto a la cafeína. De esos que se toman de diez a quince tazas al día. Pues, decíamos que una taza de este sabroso líquido, le cuesta a usted de doce a veinticinco pesos, en diferentes lugares y de diversas clases. Aunque ya combinado tiene varios nombres que van desde Capuchino, Express, Turco, -y mil y un calificativos que ahora se estilan-, que lo hacen variar de precio, máxime si va acompañado con nieve, miel, hierbas, panes o equis brebaje (de guarnición) que estilan los modernos chefs o gourmets de peta Tiu.

Y allá van los mitoteros al café, para pasar el rato con los amigos o enemigos de charla, con la pretendida en turno, con los adversarios de ideas, con lo que usted quiera y mande, pero principalmente para aprovechar el momento y saborear unas rosquillas, unas galletas, un pedazo de pastel o lo que se le antoje, y su bolsillo pueda pagar. Y esto sucede a todas horas, de preferencia en las mañanas o entrada la noche, para pasar una velada sin pistear con los cuates. Ya que si se trata de ingerir bebidas alcohólicas, otro gallo canta y este va muy acorde con los billetes de que disponga el aventado bebedor. Pues en la clasificación clientelar de quienes acuden a las cafeterías, hay –como en los bares citadinos- quienes pagan como vasca de borracho (al contado) y hay gorrones cónsu-itinerario Que hasta presumen su vicio

¿A qué viene el comentario de los clientes cafeteros? Pues al tip de moda que ahora se ventila en estos lugares, las campañas. Es muy raro que prescindan en las pláticas cotidianas, de traer a colación el tema Y todos tienen la razón, porque ya no hay gente como el amigo Rubén Rivas, que tenía el don de dar la contra a todo y a todos Muchos se le rajaban a seguir discutiendo. Así es que Control Señores Control Alegue usted lo que guste y hasta donde le aguanten, pero sírvase guardar la compostura cuando esté frente a una taza de café Porque si está ante una botella de jugo de uva con alcohol, aténgase a las consecuencias

(Líneas. Tel. 311 158-66-55).