Por: Juan Fregoso
Este 30 de mayo se cumplen veintiocho años del proditorio crimen del columnista más influyente de México: Manuel Buendía Tellezgirón, un hombre que dejó escuela, pero que sin embargo, hasta la fecha no ha surgido otra figura de la talla del autor de Red Privada. Buendía fue único, inigualable, excepcional como sólo él pudo serlo, tal vez por ello, nadie podrá superar su estilo de escribir, mucho menos su valentía para hacerlo.
Manuel Buendía, más que periodista fue un acucioso detective, una especie de Sherlock Holmes, que supo indagar los más recónditos sótanos del poder. Su faceta detectivesca lo condujo a rastrear con agudeza a los hombres más poderosos de su tiempo, para luego publicar en su columna todo aquello que para él era de interés general. Con un olfato fino supo detectar lo mismo la presencia de los políticos mexicanos corruptos que hasta a los propios agentes de la CIA, encubiertos bajo diversos disfraces, se diría que fue un acérrimo enemigo de esta central de espionaje estadunidense; dueño de un archivo privilegiado, Manuel Buendía no solamente se contentaba con sus descubrimientos sino que daba nombres, apellidos, domicilios y hasta los números telefónicos de sus presas. Por eso, fue respetado allende las fronteras.
Pero, sin duda, por eso mismo fue asesinado aquel 30 de mayo de 1984. En efecto, hace 28 años que Buendía fue ultimado por un gatillero profesional, tan profesional que a la distancia no se sabe quién fue ese asesino que lo mató por la espalda, como el más vil cobarde, porque seguramente estaba enterado de que el maestro tan bueno era con la pluma como con su 45 que solía portar siempre.
El mismo Buendía, antes de su sacrificio había confiado, —consciente del peligro que corría—que el día que lo mataran tendrían que hacerlo por la espalda, porque de frente me llevaré a unos cuantos por delante, porque soy muy buen tirador. Y era verdad, porque don Manuel, acostumbraba practicar el tiro al blanco, precisamente por ello sus enemigos—que se contaban por miles—planearon bien su asesinato; cinco tiros fueron más que suficientes para borrarlo del mapa; estorbaba a los intereses del poder político y urgía deshacerse de él lo más pronto posible.
Manuel Buendía, era un hombre tan especial que hasta llegó a romper las etiquetas sociales, pues cuando iba acompañado de alguna dama, en vez de cederle el lugar que se acostumbra por caballerosidad, esto es, a la mujer siempre se le otorga el espacio del lado de la pared cuando se camina por las banquetas de las calles, pero Buendía rompió esa regla y él era quien ocupaba ese lugar, era como un medio de prevención hacia su persona. Empero, el día en que lo mataron, por fortuna iba solo; el o los asesinos esperaron a que saliera de su oficina que tenía en la colonia Juárez de la ciudad de México, lo dejaron que se alejara un poco y entonces lo alcanzó un sujeto montado en una motocicleta, disparándole cinco tiros que se impactaron en su espalda segando su vida casi al instante.
Posteriormente, se supo que el sicario respondía al nombre de Juan Rafael Moro Ávila, nieto de un conocido ex presidente de la República. Más tarde, se conoció el nombre del asesino intelectual como José Antonio Zorrilla Pérez, a la sazón director de la Dirección Federal de Seguridad (DFS), más sin embargo, luego trascendería que ambos sujetos no fueron más que chivos expiatorios, por lo tanto, la incógnita como el móvil del crimen continúan sin aclararse, aunque en aquel tiempo circuló el rumor de que el periodista fue ultimado por haber descubierto la red de complicidades entre el Ejército con los narcotraficantes.
En ese momento, antes de que el columnista publicará sus investigaciones, el entonces secretario de la defensa nacional, el general Juan Arévalo Gardoqui—quien por cierto también se vio involucrado en el accidente que le causó la muerte a otro destacado periodista, don Carlos Loret de Mola—presuntamente recibió la consigna del entonces presidente, Miguel de la Madrid Hurtado, para que se hiciera cargo del prestigiado columnista, y el militar cumplió—según se dice—al pie de la letra las órdenes del Jefe Supremo de las Fuerzas Armadas. Pero esto no es más que una hipótesis que se establecieron en su tiempo.
El caso Buendía, a 28 años de su muerte no pudo ser resuelto satisfactoriamente por ningún gobierno, tal vez por no convenir a los intereses políticos, o quizá porque de plano no hubo la intención—y ahora menos—de esclarecer este crimen de estado. Cuando ocurrió el homicidio del periodista, el presidente de la República, era Miguel de la Madrid Hurtado, el secretario de Gobernación, Manuel Bartlett Díaz, incluso en la lista de los poderosos políticos de entonces también figuraba el nombre de Marcelo Ebrard Casaubón, hoy Jefe de Gobierno por el PRD. Los tres personajes eran piezas clave, el hilo conductor que podría llevar al descubrimiento del o de los asesinos de Buendía, pero al mismo tiempo eran los principales sospechosos; el presidente de haber presuntamente ordenado la ejecución, mientras los otros podrían haber sido cómplices por prestarse a las órdenes arbitrarias de Miguel de la Madrid.
El teatro que se armó en torno a este asunto fue tan dramático como infantil, ya que en su afán de encubrir a los asesinos de Manuel Buendía, involucraron a un numeroso grupo de sospechosos. Así fue como se aprehendió a Juventino Prado Hurtado y a Raúl Pérez Carmona alias El Diablo, los dos ex comandantes de la (DFS). Los dos fueron implicados en la Operación Noticia que consistía en matar a Buendía. Luego, se le dictó auto de formal prisión a Juan Rafael Moro Ávila, por el delito de homicidio calificado, en grado de coautoría material, era evidente que el gobierno delamadridista intentaba apaciguar el descontento social con la fabricación de chivos expiatorios, porque en realidad, el presidente nunca tuvo el propósito de llegar al fondo del asunto.
Casi al final de su sexenio, Miguel de la Madrid se declaró incompetente, al menos eso se desprende de sus palabras: El esclarecimiento del homicidio de Manuel Buendía no se pudo lograr, dijo como una especie de mea culpa el entonces mandatario. Aceptaba así, que su gobierno no tuvo la capacidad para dilucidar el artero crimen del columnista. Sin embargo, al cumplirse el primer año de la muerte del periodista, el comandante de la Policía Judicial del DF, Luis Aranda Zorrivas, presentó, con fecha 31 de julio de 1985, el informe de sus investigaciones a la entonces procuradora de justicia, Victoria Adato de Ibarra. De este documento se desprendía que el autor material de la muerte de Buendía era José Luis Ochoa Alonso, alias El Chocorrol, pero a la llegada a la procuraduría de Renato Sales Gasque, la hipótesis se desvaneció, es decir, José Luis Ochoa, no tenía nada que ver en el asesinato de Buendía.
Por ello, un mes después, justamente el 28 de de agosto, en su primer informe público sobre el caso, la procuradora declaró que no era un asunto fácil. Victoria Adato procedía dolosamente, pues señaló; No es un caso común. Es imposible decir en qué momento caerá el responsable. Nos enfrentamos a un abanico de posibilidadesNo es un asesinato político. No lo es y lo digo categóricamente: por lo que hasta ahora he visto, no es de esa naturaleza, afirmó la funcionaria, que tres meses después ascendió a ministra de la SCJN, por obra y gracia del presidente de la República.
En fin, tras Victoria Adato desfilaron varios fiscales con la encomienda de aclarar la muerte del columnista, pero ninguno fue capaz de lograrlo. El crimen de Manuel Buendía seguirá en las sombras de las complicidades del poder político, jamás sabremos con certeza quién ordenó y quien ejecutó al connotado periodista, como tampoco sabremos quien ordenó el reciente asesinato de Regina Hernández Pérez, corresponsal de la revista Proceso, ni de muchos otros comunicadores que han caído por cumplir con su deber de informar. Lo único que me queda claro es que don Manuel Buendía no murió infructuosamente, porque dejó escuela, un ejemplo a seguir por quienes nos dedicamos al peligroso ejercicio del periodismo crítico.