Por: José Ma. Narváez Ramírez.
Entre las múltiples anécdotas y charlas que escuchamos contar a nuestros padres y amigos, por allá en la década de los años cincuenta, en la zapatería propiedad del glorioso Capitán Chanclas -Cornelio Parra Camacho-, (sede oficial del Escuadrón del Sol) ubicada en la esquina de las calles Juárez y Allende de la cabecera municipal Santiagoixcuintlense, nunca olvidaremos una que le oímos al muy querido y añorado Viejo Polo -Leopoldo López Ortega- miembro fundador de la cofradía de El Sol, y que fue nombrado Oficial Mayor de aquella hermandad, que en los tiempos de la Segunda Guerra Mundial, fueron congregados los jóvenes de Santiago, para prepararse militarmente y servir a su patria (aunque no alcanzaron a ir porque terminó el pleito, pero formaron tres batallones de valientes voluntarios), y posteriormente dieron en reunirse en esa histórica confluencia de las dos calles céntricas al pie del Cerro Grande, para rememorar los viejos tiempos, echar vacile entre tragos de amarga cerveza, y componer el mundo que un día estuvieron a punto de defender, pero que no se les hizo realidad por los extraños avatares del destino, aunque ellos siempre demostraron estar más puestos que un calcetín para cruzar el charco y ofrendar su vida.
Había en la palomilla dos viejos: Polo y Món, y ambos se caracterizaban por lo parco en su conversación y la fuerza contundente que tenían cuando les era solicitada su decidida intervención flatulera, para correr a algún nefasto metiche, sangrón y conchudo, que solamente acudía al taller de don Cornelio a gorrear la cheve y a meter la pata en las sesudas disertaciones que sobre determinados tópicos de actualidad los miembros en activo, comentaban.
Y esa eficaz despedida del grupo se lograba cuando uno de los viejos dejaba escapar un silencioso y pestilente suspiro, silencioso pero de definitivo efecto, que únicamente era resistido (a fuer de costumbre) por los compañeros, que estoicamente aguantaban el nauseabundo, pestífero y maloliente hedor. La peste era tan penetrante, que la vecina más cercana, -doña Delfinita- que tenía una tienda de abarrotes a un costado de la zapatería, cerraba de inmediato su negocio y salía rauda y presurosa, a respirar el aire puro del atrio de la iglesia del Señor Jesús de la Ascensión, que está a una cuadra. Pasada una media hora, regresaba a atender su clientela –que también abandonaba el lugar despavorida-.
Era caso muy raro que los ahuyentados de esa manera, -del Escuadrón- volvieran a la zapatería (donde el quehacer mayor no consistía en reparar el calzado, sino en destrozar prestigios con el fuste candente de la llamada indrómina, que consistía en añadir una fuerte dosis de letal veneno a los chismes más recientes que circulaban desde los centros de acopio que siguen siendo entre: Los locatarios y su clientela del mercado, los chóferes de sitio y los distintos usuarios y los feligreses que acuden al templo de Santiago, entre otros muchos que forman la honorable congregación de mitoteros del pueblo –en especial los locutores de la radio-).
Uno de esos días en los que el calor tipo chamúko hacía el papel de alcahuete para que las huestes del Capitán Chanclas realizaran la coperacha acostumbrada para adquirir unos cuantos cartones de cerveza bien helodia de la marca pacífica distribuida por el amigo Güicho Porras, arribó al taller un viejo amigo del grupo, que hacía muchos años había emprendido la aventura de ir a probar suerte a los Estados Unidos en busca de los dólares, ya que un compadre le presumió que allá se juntaban los billetes verdes como los basureros de su pueblo recogían los desechos, en chiquihuites, y acá se los hacían de humo los politiqueros, prometiéndoles desde hacía cien años que todo iba a cambiar en lo referente a sueldos y trabajo, educación, salud y ayuda al campo Lo mismo de siempre.
Se cansó de esperar y se lanzó rumbo a la tierra prometida con la esperanza de regresar con mucho dinero.
Este señor era conocido entre la tropa de amigos como Chicho, pero no porque su nombre fuera Narciso, sino porque cuando platicaba en estado incróspedo se las daba de muy chingón para todo, solamente que en la realidad no pasaba de ser un pura lengua.
Total que Chicho fue bien recibido por la gallada, y de inmediato se le armó de un fusil ambarino para que brindara con todos por el feliz acontecimiento de su arribo a la tierra natal, instándolo a que contara sus aventuras y de pasabola a ver qué armas portaba, para efectos de la cooperación para el parque etílico.
El invitado ni tardo ni perezoso (y con una sed incontenible) empezó a narrar los pormenores de su odisea en los yunaites, con tal lujo de detalles como si se hubiera inspirado en las aventuras de cacería de don Julio Estrada en el África. Y todo empezó con la plática a la par que con el trasegar de cerxias que despachaba con fruición, como si fuera uno de los principales participantes en la polla de pago por consumo.
El Viejo Polo parecía ponerle mucha atención a la disertación de Chicho, pero al mismo tiempo estaba muy pendiente de que la dotación cartonera no llegara a ser vaciada sin reunir una nueva aportación de billetes entre los alegres bebedores, que muy ocupados en hacerle preguntas al vivaracho narrador, no reparaban en que la merma de botellas llenas estaba siendo vaciada rápidamente por el narrador.
Acto seguido, Polo, tomando la batuta de líder del Escuadrón y pidiendo una moción de orden, exclamó muy circunspecto: Momento, amigo Chicho, todo eso de tu viaje al extranjero es muy interesante, pero ¿Qué te parece que hagamos un receso y nos muestres los papeles verdes que dices juntaste por allá con tu compadre? Porque, en caso de hacer acto de presencia en este honorable comercio en calidad de méndigo presumido, como siempre te conocimos, pues más te vale que te pintes a gorrear con otros más pendejos que nosotros.
El aludido inmediatamente se puso de pie, y haciendo una corta y rápida reverencia enfiló sus pasos rumbo a la calle, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, como arañando desesperado el fondo de los mismos, haciendo igual –imaginariamente- en los rincones de su cerebro, buscando una respuesta que de antemano sabía que nunca iba a encontrar
En el taller la charla continuó entre chascarrillos y carcajadas, pero nadie comentó nada de Chicho, y el popular Choko Milk,-Antonio Ramírez- prosiguió a hacer la colecta de monedas y papeles para la siguiente remesa de bebidas espirituosas
(Líneas. Tel. 311 158-66-55).