José Guadalupe Rocha Esparza

Además de pañales, envases plásticos, latas de aluminio, eses fecales y colillas de cigarros, el medioambiente del país está contaminado por chicles masticados que terminan pegados irresponsablemente en las aceras, pavimento, paredes, techos o mobiliario urbano por gente adicta de oírle tronar entre sus dientes mientras conversa, camina o espera.

Tan sólo en el corredor peatonal de Madero (DF) existen 50 chicles por metro cuadrado, que le cuesta al gobierno 75 centavos en retirar cada uno de los aventados por ciudadanos polifemos a la vía pública una vez masticada la resina de entina, savia de chicozapote o el acetato de polivinilo, cancerígeno, empleado en calcomanías o cintas engomadas.

Guadalupe Loaeza, en su libro Manual de la Gente Bien, afirma que si masticar chicle es vulgar, escupirlo en público, pegarlo debajo de la mesa o lanzarlo al techo es aún peor, que merece la desaprobación total de las personas educadas. Para quienes no pueden abstenerse, MGB recomienda hacerlo en privado, especialmente en el baño o al dormirse.