La frase la fe mueve montañas es un estandarte para las personas que con su inquebrantable convicción logran obtener resultados esperados aumentando así su amor por un ser superior que rige nuestras vidas; pero la historia que a continuación se presenta es un hecho totalmente inexplicable que agranda a sobremanera la frase antes mencionada.

Julia era una amorosa madre de familia y abnegada esposa, cosa que su marido, Manuel, jamás llegó a valorar; tenían dos hijas, Sandra, de 6 años y la pequeña Gabriela, de apenas unos meses de edad. Cada noche, después de preparar la cena para su marido, Julia alimentaba a Gabriela con leche materna mientras leía algunos pasajes de la biblia y hablaba a su hija del amor de Dios, describiendo amorosamente a Jesús, a quien Sandra prefería imaginar fuera de aquella tormentosa cruz que ocupaba un espacio en una roída pared de la pequeña casa y otra en una cadenita colgada a su cuello.

Ya era costumbre que Manuel las encontrara platicando sobre los evangelios al entrar a casa, casi siempre con aliento alcohólico; aquella escena lo enfurecía tanto, al grado de golpear a su mujer por estar enseñándole según él, cosas sin sentido a su hija. La mujer sólo sollozaba y le servía la cena a su marido mientras Sandra cuidaba a su hermanita.

Aquella escena se repetía casi cada noche, pero Julia jamás dejaba de inculcar el amor por Dios a su hija. Una noche de aquellas, Manuel llegó un poco más tarde de lo normal, había tomado más de lo que acostumbraba y no midió las consecuencias de sus actos; al llegar y ver a su mujer hablando maravillas de un ser perfecto no resistió más y le asestó fuertes golpes hasta dejarla inerte en presencia de sus hijas; cuando vio que no se movía intentó reanimarla pero era demasiado tarde, Sandra dejó de existir en manos de aquel cobarde, quien al ver lo que había hecho llevó el cuerpo hasta una bodega cercana la cual cuidaba en ocasiones y la encerró en uno de los cuartos más alejados en compañía de sus hijas vivas, aún sabiendo que morirían de hambre sin que nadie las escuchara, ya que no era temporada de zafra y aquella casa duraría días en ser abierta.

Así pasaron los días, para los vecinos no era raro no verlos en casa ya que era común que Manuel saliera durante semanas a diferentes pueblos a cosechar diferentes productos de la región, llevando siempre a su esposa e hijas.

Quiso la mano de Dios que a las dos semanas de aquel suceso homicida, el dueño de la bodega decidiera hacer algunos arreglos en el local, por lo que junto a su cuadrilla de trabajo llegaron por la mañana con la intención de iniciar sus labores, pero lo que encontraron al abrir aquella puerta los dejó helados, el cuerpo inerte de julia yacía en el suelo mientras sus dos hijas se aferraban a su regazo, como si sintieran cobijo en aquel cuerpo que inexplicablemente carecía de descomposición a pesar del tiempo.

De inmediato llamaron a las autoridades locales, preguntándose cómo era posible que las niñas estuvieran vivas después de un par de semanas sin alimentarse, por lo que el interrogatorio a la pequeña Sandra no pudo evitarse:

-¡¿Qué le pasó a tu mami?!-

-¡Mi papi la golpeó y mi mami se quedó dormidita!-

La inocencia de la pequeña obligó a las autoridades a dejar el asunto terminado, tenían ya la seguridad de que Manuel la había asesinado, pero alguien no soportó la curiosidad y preguntó:

-¡¿Cómo se alimentaron tu hermanita y tú el tiempo que estuvieron dentro de la bodega?!-

Ella sonrió volteando su carita hacia arriba, siendo su versión aún más sorprendente que el caso mismo:

-¡Todas las mañanas llegaba junto a nosotros el señor del que mi mami me hablaba cada noche, se veía mejor fuera de la cruz, pero sus manos y pies tenían heridas con sangre; él sonreía y nos decía que todo estaría bien, entonces despertaba a mi mami y ella nos alimentaba a mi hermanita y a mí mientras nos acariciaba el cabello, después ella se dormía de nuevo y el señor se regresaba a la cruz en mi cadenita!-