José Guadalupe Rocha Esparza
Decía mi abuelo que la edad se ve en el caminadito. Quien camina alto, corto y sostenido es joven; quien camina encorvado, ¡ya dio el viejazo! Quienes no viven para conquistar el mundo sino para sobrevivirlo, están envejeciendo. Quienes renuncian a la vida sin importar la edad son vejetes según Nietzsche, porque detrás de cada viejo vive la apatía.
Hay vejetes de 30, 50 o 70 años que empiezan a ser invisibles, marchitos en cuerpo y alma. Por la mañana no hacen nada; en la tarde descansan. Ya no visitan ni buscan ser visitados. Piensan en nada o en todo. Los días se vuelven cortos y las noches eternas. Pareciera que la tierra los llama. Luego pelo, memoria, dientes y sueños se van, se van
Antes de que el cuerpo comience a irse de bajada, sacudamos nuestras células para que se reparen y renueven mediante comida saludable, ejercicio, pasión por la vida, ajena a lo cómoda, sedentaria y hedónica. Entre más joven, más fuerza de voluntad, agilidad, flexibilidad y gozo. No hay opción ni negociación: ¡A caminar! ¡A correr! ¡A la bicicleta! ¡Ya!