Por: Juan Fregoso

A pesar del juicio de invalidez de las elecciones del 1 de julio pasado, interpuesto por el Movimiento Progresista, liderado por Andrés Manuel López Obrador, por supuestas irregularidades en el desarrollo de la jornada electoral y a pesar de la inconformidad estudiantil, como de otras organizaciones sociales que luchan por evitar el ascenso a la presidencia de la República, de Enrique Peña Nieto, es evidente que éste contra todo pronóstico tomará posesión el 1 de diciembre.

Esto es así porque tanto el IFE, como Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, son apéndices del sistema político mexicano. No es una situación de ahora, no es una situación nueva, es un fenómeno que data desde hace mucho tiempo. La figura del fraude siempre ha estado presente desde el mismo nacimiento del Partido Revolucionario Institucional, que le arrebató el triunfo al general, Enríquez Guzmán, para imponer a Adolfo Ruiz Cortines, para hacer lo mismo con Adolfo López Mateos y con todos los demás que siguieron.

En realidad, el PRI nunca ha sido democrático, pero ha sabido disfrazar muy bien las elecciones dándoles un toque democrático, cuando la verdad, es que los comicios son un juego de niños, en el cual se violenta la voluntad popular, la cual en pleno siglo XXI, sigue creyendo que su voto es respetado.

La ciudadanía no ha caído en la cuenta que no es el pueblo el que decide el rumbo del país, sino que es usada por un selecto grupo de hombres poderosos que manejan los hilos del poder, un poder que se vio mermado a raíz del movimiento del 68, año que se vistió de luto por la matanza de miles de estudiantes y ciudadanos que, como ahora, sólo reclamaban democracia, libertad y justicia frente a un régimen represivo.
Porque según la historia ese movimiento ni siquiera tenía una ideología partidista, pero el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz lo etiquetó de comunista, para poder aplastarlo, para ello echó mano del entonces secretario de Gobernación, Luis Echevarría Álvarez, quien dio la orden para que se cometiera la más horrenda matanza de que se tenga memoria, aunque posteriormente, Díaz Ordaz se adjudicó toda la responsabilidad del sangriento acontecimiento.

A partir de esta fecha, el PRI comenzó a perder terreno porque era evidente que el episodio del 68 no solamente causó una ola de indignación en la nación mexicana, sino también de los gobiernos extranjeros, como Estados Unidos y la entonces Unión Soviética, a quienes se quiso responsabilizar de la gran protesta estudiantil, quizá esto explique la conducta de Gustavo Díaz Ordaz, en el sentido de exonerar al verdadero autor de la masacre en La Plaza de las Tres Culturas, es decir, a su secretario de Gobernación, Luis Echeverría Álvarez, quien según parece, no lo consultó para llevar a cabo el genocidio.

El sacrificio de miles de jóvenes fortaleció ciertamente al sistema político y al PRI, pero paradójicamente, disminuyó su sistema inmunológico, fue perdiendo la poca credibilidad que tenía, pero los verdaderos hombres del poder—probablemente una especie de sociedad secreta—intentaron salvarlo de una debacle, pero no pudieron, porque años después se manifestaría con su primera derrota, ocurrida en el año 2000, cuando la derecha, representada por el Partido Acción Nacional, le quitó el cetro al otrora poderoso Partido Revolucionario Institucional.

En 2006, el PAN volvió a ganar las elecciones presidenciales, aunque esta vez llegó al poder seriamente cuestionado, al grado de que para legitimarse, Felipe Calderón, ya investido como presidente de la República, se vio obligado a desatar una guerra infernal que cobró miles de vidas inocentes. El modus operandi del gobierno calderonista tiene muchas similitudes con el partido que gobernó por más 70 años a México, por esta razón la oposición acuñó el mote del PRIAN, para significar la afinidad y complicidad de ambos institutos políticos.

Pero independientemente del parteaguas que marcó el 68, el PRI ya no tenía el respaldo de esa especie de cofradía secreta que dictaba las normas o para dar el visto bueno de sus candidatos, y sin el respaldo de ese grupo—verdadero dueño del poder—el tricolor comenzó a perder importantes espacios políticos, hacía falta la brújula orientadora de aquellos que decían cómo, cuándo y qué debía hacerse en el revolucionario institucional. Probablemente, esa secta tenía la sana intención de salvar al PRI, ya que a la llegada a la presidencia de Miguel de la Madrid Hurtado, el partido empezó a desdibujarse debido a la mediocridad del entonces mandatario, que ni en su campaña ni en su gobierno pronunció un discurso referente a la Revolución Mexicana, cuando el PRI era producto justamente de ese movimiento. Se perdió la identidad y de La Madrid implantó un sistema de gobierno basado en el liberalismo o en el libre mercado que acabó sucumbiendo a los intereses del capitalismo.

Cuando Carlos Salinas de Gortari le sucedió en el trono, continuó con el mismo modelo económico y político, acuñando la frase del neoliberalismo social, que sólo sirvió para su insultante enriquecimiento y de su equipo de tecnócratas. Salinas, como sus muchos antecesores llegó al poder bajo la sombra del fraude; Salinas perdió la elección en 1988 contra el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, quien hacía poco había desertado del tricolor por estar en desacuerdo con los métodos fraudulentos del partido mal llamado oficial.

El ingeniero, para combatir esas prácticas dolosas se dio a la tarea de crear, junto con otros destacados priístas, el Frente Democrático Nacional,—antecedente del PRD—,porque consideró que sólo desde afuera podía democratizar a su partido, fue entonces que bajo el amparo de otras fuerzas políticas de izquierda, se postuló como candidato a presidente de la República, su proyecto y su figura—por ser hijo del general Lázaro Cárdenas del Río—ganó la simpatía de la mayoría de los mexicanos, que veían en él al hombre capaz de conducir los destinos de México.