Por: Juan Fregoso

La sentencia que antecede bien podría aplicarse en los simulados festejos del Día de la libertad de Expresión, pero esa fecha ya pasó, por lo que nada tiene que ver con esa fecha conmemorativa, aunque el tema que abordo en esta columna trata precisamente de ese derecho sagrado que nos ha legado la naturaleza humana, no los gobernantes ni sus leyes, ni siquiera la Constitución Federal, pues éstas únicamente las reconocen, aunque los gobiernos, incluso aquellos que se dicen democráticos la violen sistemáticamente.

Por tanto, si en esta ocasión me refiero a la libertad de expresión, debo aclarar que es como un ejercicio de reflexivo y en virtud de que en pleno siglo XXI, dicha libertad no sea más que una especie de espejismo, una utopía difícil de alcanzar a plenitud, ¿por qué?, por una razón muy simple: La prensa, hoy más que nunca, se alimenta de la publicidad gubernamental, puesto que, para nadie es un secreto que algunos periódicos—por no decir todos—son subsidiados por el gobierno en turno, de ahí que la libertad de expresión se vea lastimosamente coartada, supeditada a los poderosos que pagan una miseria para acallar la verdad, y con ello, engañar a la sociedad a la cual nos debemos.

En este contexto, hay que reconocer que pocos son los periodistas que realmente informan, al contrario, desinforman o desinformarnos. Con ello, nosotros mismos nos encargamos de prostituirla al ocultar los hechos reales que el pueblo tiene derecho de conocer, al hacerlo, al mentir deliberadamente nos convertimos en asesinos de la verdad, sin darnos cuenta que con ello matamos nuestra propia conciencia y nuestra dignidad, porque en vez servir a la sociedad, inclinamos la cerviz ante el poderoso que se regodea al saber que estamos bajo su infame yugo.

Deberíamos saber que la libertad de prensa tiene como propósito fundamental, no solamente informar, sino formar opinión, orientar, educar, fomentar la cultura, promover la democracia y el progreso de los pueblos que tienen derecho a la instrucción, porque sin ésta todas las clases de la sociedad, todas las instituciones son imperfectas, no pueden generalizarse los derechos políticos y es seguro el triunfo ciego de facciones o partidos políticos, lo que mina la fuerza y respetabilidad de nuestra nación.
Las leyes todavía no están al alcance de todos, y de este modo no pueden hacerse valer ni cumplirse. La ignorancia del pueblo que tanto conviene a los gobiernos despóticos, en que la ley es la voluntad o el capricho de uno solo o de un grupúsculo, lo cual es sumamente perjudicial para las democracias, porque un pueblo sin ilustración está expuesto a extraviarse, a abusar de derechos que no comprende en su justa dimensión, por lo mismo, quedan expuestos a ser seducidos por los que buscando su engrandecimiento personal hacen lisonjeras promesas que saben que nunca podrán cumplir, como lo demuestra inexorablemente la historia reciente.

Cualquier hombre medianamente ilustrado, sabe que el constituyente de 1817, incluyendo al de 1917, impuso una limitante al artículo 6º de la Constitución: El respeto a la vida privada, y ésta taxativa, sin duda, es encomiable por el valor que entraña. Sin embargo, los gobiernos autócratas, siempre han tratado de tapar sus malas acciones arguyendo que cuando se les señalan sus corruptelas, argumentan a su favor que los comunicadores caen en el abuso de la libertad de expresión, al grado de que muchos periodistas son objeto de persecuciones, amenazados, reprimidos y hasta asesinados.

Se ha dicho hasta el hartazgo que esos supuestos abusos no pueden refluir contra la esencia misma de las cosas, porque si hubiera de admitirse tan absurda doctrina, no quedaría en pie nada de cuanto hay en el mundo de santo y respetable. Por tanto, quienes ejercemos el noble y arriesgado ejercicio del periodismo estamos plenamente conscientes de que no debemos escribir una sola letra en contra de ese santuario que es la vida privada, la cual queda fuera de la órbita de la crítica, pues de hacerlo estaríamos pisando el pantanoso terreno de lo penal, y el verdadero periodista, con una pizca de ética profesional, no se atrevería a tocar esta especie de templo. La vida pública se cuece aparte.

Estamos conscientes que la palabra es don precioso que nos ha sido dado a los hombres por la naturaleza—porque no es un don gracioso de los gobernantes—para comunicar nuestros pensamientos, lamentablemente ésta ha sido utilizada por los gobiernos para confeccionar calumnias y para la prefabricación de otros delitos que les permitan aplastar la verdad y mandar al comunicador a las frías celdas de una cárcel o asesinarlo como ha sucedido en nuestro sistema político mexicano, por eso se ha dicho que la libertad de expresión es uno de los bienes más grandes de que deberían disfrutar los pueblos, pero en nombre de esa libertad se han derramado torrentes de sangre, como se ha visto no solamente en este agónico sexenio sino desde los albores de nuestra Independencia y aun más allá.

Así pues, como remate de esta columna, quiero destacar que cuando un gobierno reprime a sus críticos, es un síntoma inequívoco de que está gobernando mal, de que su desempeño se ha salido de las coordenadas de la honestidad, que en lugar de servir a sus gobernados, mediante diversas argucias lo engaña y se apodera—en no pocos casos—de sus bienes, entre ellos, de su libertad y de su vida. En consecuencia, son los gobernantes autócratas los que más le temen a la libertad de expresión, porque tienen miedo de ser exhibidos ante la opinión pública, a la cual, probablemente podrán embaucar por un tiempo, pero no a la historia, la que tarde o temprano, se encargará de sentarlos en el banquillo de los acusados y emitir su veredicto inapelable.