Por: José Ma. Narváez Ramírez.
Con qué bríos vemos a los chamacos regresar a clases después de unos días de vacaciones, los ojos les brillan como si tuvieran luz propia, fulgurantes, con esa chispa de luminosidad propia de los años mozos.
Por ahí alguien dijo que aflora la tristeza en los rostros de los pequeños a la hora del retorno a clases, tal vez temerosos de que los mayores les provoquen ratos amargos, o pensando en que se acabaron los días de libertad que representan las vacaciones y vuelven a la rutina, al encierro, a hacer sus deberes de convivencia y aprendizaje con los demás compañeros, y bajo la mirada atenta y severa de sus maestros –cuando éstos imparten los conocimientos como mandan los cánones, los programas de estudio, el cumplimiento al pie de la letra, con responsabilidad y atención, con paciencia y humildad, con optimismo y capacidad que solamente brinda la vocación. Quien no tenga estas cualidades, debe de pensar muy seriamente en dejar su lugar a otras personas mejor preparadas, para educar y formar los caracteres y el aprovechamiento de los seres en esa etapa de su vida.
No es hora de andar viendo si es conveniente que todos asistan a clases con el mismo uniforme escolar, porque no habría diferencias –como si fueran policías o soldados-, y en cierta forma lo son, desde el punto de vista que están sujetos a una disciplina y deben de aprender a comportarse y a conducirse como educandos, que es lo que son.
Por eso no debe de haber libertades que puedan llevarlos a desfigurar su conducta, como el permitir la entrada a los individuos que les hacen llegar aparatos de sonido para irlos acostumbrando a las tardeadas de discotecas o antros con la anuencia de los directores de los centros de educación escolar y de sus padres. Ni descuidar las tienditas escolares para permitir la venta de productos chatarra provocando la engorda excesiva de los estudiantes, a cambio de recibir algunas utilidades extras. Y mucho menos aceptar que integren los propios alumnos cooperativas de apoyo a los maestros y padres de familia para elaborar comestibles que se venden a la hora del recreo.
El negocio no debe de interponerse entre la educación de nuestros hijos, que es gratuita, aunque no se ejerza así. Cuando existen cuotas extras de ayuda al plantel porque no ajusta el precario presupuesto para adquirir borradores, pintura, agua potable, gises, escobas, trapeadores, papel higiénico, y todo ese material realmente necesario para complementar la enseñanza. La gran mayoría de los padres de familia no cuentan en su escaso presupuesto familiar, para cubrir las exigencias de los maestros, que de inmediato desvían la culpa hacia el gobierno, que no les cumple –según dicen- para pagar ni tan siquiera sus sueldos, ya no digamos otras urgencias.
Los niños regresan a la escuela ávidos de aprender, de convivir, de jugar, de entender ese pequeño gran mundo en que pasan sus mejores años de la infancia, y de pronto empiezan a comprenderlo, entre deberes y exigencias, entre satisfacciones y tristezas, entre enormes carencias e inconstantes logros, entre abusos y conquistas.
Van pasando de año en año templando sus caracteres, en medio de una sarta de vividores y de inútiles que no los educan como se debiera, sino que nada más vegetan a su alrededor, y muy contados siembran lo bueno de la vida, la enseñanza en su presentación gigantesca: el verdadero aprovechamiento.
ControlSeñores Control Ayer volvieron a las aulas los niños y las niñas de las primarias, que estarán hacinados en los mismos salones que sus padres un día también estuvieron, porque en el gobierno están más ocupados en agandallar el dinero que en aplicarlo en proporcionar más escuelas –entre otras muchas cosas-. Dejémoslo así porque así lo permitimos, no hay marcha a atrás, lamentablemente.
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