José Guadalupe Rocha Esparza
Ernesto de la Peña sabía 33 lenguas, incluidas las originales de la Biblia (hebreo, arameo y griego), además de sánscrito, latín, chino, ruso, etc. El hombre más culto de México, de prodigiosa memoria, humanista, hedonista, sabio, erudito de la palabra, superdotado, vasto lector de toda clase de libros e incansable inquisidor de textos antiguos, ha fallecido.
Don Ernesto (1927-2012) fue un filólogo humilde, modesto, discreto y sereno, persona de generoso trato, autocrítico, perfeccionista insospechado, apasionado por la ópera y música clásica, historiador del arte, narrador, pensador, traductor, poeta, inventor de ficciones e integrante de la Academia de la Lengua, además de enólogo y glotón.
El maestro de varias generaciones, que jamás conoció el aburrimiento, afirmaba que aprender es darse cuenta de los océanos de ignorancia en que uno vive; es un hecho lamentable, pero así es.Por ello nunca alardeó, siempre ajeno a la verborrea avasalladora o suntuosidad protagónica. Un perfil insustituible. Un ejemplo para tipos megalómanos.