Por Emeria Navarro Narváez.

El recuerdo más remoto de mi infancia evoca una imagen en la que tengo alrededor de tres años de edad, me veo sobre las anchas espaldas de mi entonces joven y vigoroso padre Teodoro Navarro Velázquez, caminando alegremente mientras conversaba con mi siempre bonita madre Julia Narváez Delgado, quien permanece sentada, amamantando a mi hermano Jorge en el patio de un jacalito hecho de riostras y de palma, cuya puerta es un costal amarrado con un hilillo. Rodea la casa un patio cercado por mi propio padre, cultivado de hortalizas y hermosas flores, como zinnias, belenes, encaje y girasoles. Hay un horno hecho de adobe, y un pozo ademado al lado de una artesa que sirve de lavadero y fregadero. Por fuera del cercado, contemplo unas enormes higueras y cedros. El ambiente es caluroso pero con ciertas ráfagas de viento que menguan el sopor. Esta porción de paraíso se ubica en el poblado de El Botadero, municipio de Santiago Ixcuintla Nayarit, a principios de la década de los años cuarenta.

Otra imagen que tengo grabada, es de cuando yo tenía algunos cinco años de edad, en el jardín Juárez en Santiago Ixcuintla, con mi maestras de kinder Aurora Pérez y Enriqueta Barajas, la primera hija de Don Genaro, propietario de una funeraria con ataúdes hechos por él mismo, y la segunda hija de Don Calixto Deadertano gran maestro de la gran logia masónica. Dichas maestras nos contaban cuentos y nos enseñaron a bailar rondas interpretadas al piano por la señorita Victoria Campa.

Es indeleble el recuerdo de mi ingreso a la Escuela Primaria Rural Federal Revolución en el Botadero, en donde la maestra Carmen Aguilar, impartía clases a los tres grupos de niñas y niños del primero, segundo y tercer grado, divididos en la misma aula, por pizarrones. Para esa época mi familia constituida por mis padres, mis hermanos Jorge, Arnulfo, Ernesto y yo, vivíamos en una casa construida de ladrillos, sin enjarrar, que ocupaba casi la mitad de una manzana del mismo poblado mencionado, incluyendo una esquina en la que se ubicaba un changarro y una panadería, pues mis padres se dedicaban al comercio, a elaborar pan y a la agricultura, que entonces era muy productiva. Todos participábamos en la medida de nuestras fuerzas, en el campo cosechábamos hortalizas y jugábamos para ver quién ensartaba primero las hojas de tabaco en las agujas, recuerdo que contábamos el pan, limpiábamos las carteras y más de alguna vez nos peleábamos a virotazos, concluida la reyerta, recogíamos las piezas y las acomodábamos en su canasta.
¡Qué hermosos días aquellos en que yo era casi una salvaje! corría por todos los predios de los vecinos, trepaba a cuanto árbol veía cargado de frutas, nos sentíamos dueños de todo, nadie nos ponía límites, ningún otro niño me ganaba a correr, a lanzar pedradas ni en los juegos infantiles de la roña, las alcanzadas, las casitas de alquiler Jueves y domingos toda la familia nos trasladábamos a los Corchos, a pescar, bañarnos, sacar almejas y ostiones, que entonces eran grandes y abundantes, crecidos en las raíces de los mangles, en ese edén que era todo nuestro.

Como en El Botadero no había educación primaria completa, mis hermanos y yo, nos fuimos a vivir a la cabecera municipal, en donde concluí mis estudios en la escuela primaria para niñas Juana de Asbaje y Ramírez. Nunca olvidaré las enseñanzas de mi maestra Consuelo Tarabay, a tal grado que aún la estimo. Buena maestra, aunque como entonces era la costumbre, muy enérgica. A casi todas mis compañeras les pegó, a mi nunca me tocó un pelo, creo que era una niña bien portada. Cierro los ojos y veo a mis compañeras de aula y recuerdo algunos nombres como el de Alicia Casillas -la de los ojos color violeta-, a Wenceslao, -la hija del sepulturero- a Edelmira -la hija del coronel Policarpo Escobedo- a Osvelia que por ser más grande que yo, me esperaba a la salida para pegarme -aunque yo era buena para pelear por haber tenido sólo hermanos- por las dudas me hice amiga de una larguchona –obsequiándole cuentitos animados que yo misma hacía- para que me defendiera a la hora de la hora. Tengo presente a Alicia Valdés que siempre salía bailando vestida de muñequita o de princesa Salm Salm en la fiesta escolar, mientras que a mí, la maestra Rafaela Solano me seleccionaba para el papel de Benito Juárez o de Cuauhtémoc y créanme que ni maquillaje ocupaba.

En Santiago no me divertía tanto como en El Botadero pero también éramos felices con mis abuelos maternos, Job Narváez Fonseca y María del Refugio Delgado Betancourt, vivíamos en una casita sin ventana que aun está en pie en la calle Degollado # 73 -lugar donde nací el 9 de Enero de 1938- y permanece habitada por mi tía la profesora Teresa Narváez Delgado. Gozábamos subiendo y bajando el cerro mayor, por el lado de la caja del agua, lo difícil era bajar en tropel, casi rodando, hacia el otro lado, en la ahora calle Nervo, en donde antes había grandes huertos de ciruelas y mangos en donde nos dejaban comer todos los frutos que deseáramos gratuitamente y sólo nos cobraban lo que sacáramos en bolsas. Durante las grandes tormentas nos bañábamos en las calles, casi desnudos, sin medir el peligro de piedras que se desprendían del cerro, fuertes rayos y centellas. También nos subyugaba la leyenda de que dicho cerro era un dragón dormido y que de repente podría despertar. Cuando no llovía lo explorábamos recorriendo veredas y buscando entre las guámaras, huevos de las gallinas que escapaban de sus dueños, nuestra inocencia no nos permitía advertir que podríamos despertar a una que otra víbora de cascabel, lo que hubiera resultado fatal, más miedo nos daba encontrarnos con la famosa cueva -que dizque existía- cuya entrada no se veía y quienes se atrevían a introducirse, desaparecían para siempre; igualmente nos asustaban las tumbas de los muertos que fueron sepultados en la cima durante las grandes inundaciones. A mí me gustaba subirme a la capillita y abrazar la cruz, desde ese lugar contemplaba en lontananza las montañas rumbo a Tepic, yo anhelaba algún día tocar su terciopelo de ese azul rosamorado matizado por los rayos de sol del atardecer En el lado opuesto contemplábamos el serpentear del majestuoso y bravío río Santiago bordeado de sauces, entre el verdor de los cedros, ceibas e inmensos tabacales. A nuestros pies descendía el caserío de techos de teja roja, la blanca iglesia, la plazuela y la presidencia municipal con su singular reloj.
(Continuará).