Por Emeria Navarro Narváez.
Los fines de semana acudíamos a nuestro hogar en El Botadero, el domingo regresábamos a Santiago cargados de fruta, dulces y un peso cada uno para gastar, yo procuraba que ese dinero no se me terminara hasta el viernes y me ajustaba para ir con Don Lorenzo Zepeda, en la tienda de la esquina a comprar pepitorias, huesitos de leche, alfajores, ponteduro y otras delicias. A la salida de la escuela compraba pepinos con chile y limón, jícamas o sabrosos raspados de rosa con leche que vendía un señor que mas tarde, cuando trabajé de enfermera, me enteré que padecía lepra y tuberculosis.
Los domingos por las tardes íbamos al catecismo y a misa, visitábamos enseguida a mis tías Aurora Narváez Fonseca y Emeria Navarro Fonseca –hermana y prima hermana de mi abuelo Job- para demostrarles que cumplíamos con nuestros deberes católicos, a cambio, ellas nos daban relucientes monedas y muchos consejos. Por cierto, las mencionadas parientas eran mi modelo a seguir De mi tía Aurora admiraba su buen humor y elegancia, de mi tía Emeria su sabiduría y porte aristocrático. Ellas eran maestras normalistas tituladas -en aquella época muy raras- tía Aurora fue directora fundadora de la escuela Juana de Asbaje y Ramírez, y tía Emeria directora de la escuela Eduardo Martínez Ochoa, pero en la época de la Cristiada renunciaron a su trabajo y se dedicaron a atender el Hotel Central propiedad de mi tía Aurora. En este hotel se alojaron personas distinguidas y artistas como Jorge Negrete, Katy Jurado, Isabela Corona, Tin Tan y Marcelo, Manolín y Shilinsky, y otros más. Mis tías acostumbraban viajar y hablaban el ingles con fluidez, de cada viaje nos traían algún juguete regional o alguna curiosidad. Ellas me hacían sentir que pertenecía a una familia distinguida, aunque mi abuelo fuese pobre pero no humilde. Cada fin de curso escolar le mostraba a mis tías el diploma y medalla de primer lugar y me felicitaban y me hacían un rápido examen de conocimientos -impulsaron en mí el cultivo del conocimiento y el deseo de ser maestra para reconstruirlo-.
Recuerdo momentos angustiosos de mi infancia cuando hubo una epidemia de sarampión que fue la causa de la pérdida de varios de mis amiguitos, espantada veía que los tendían sobre una mesa adornada con muchas flores y vestidos de San José o de la virgen María, al día siguiente se los llevaban en cajitas blancas y jamás los volvía a ver No se me borra la imagen en la que mis hermanos y yo éramos transportados con urgencia en una lancha de El Botadero a Santiago, a través del río, para que un medico nos atendiera de paperas y neumonía por ser época en que ningún carro transitaba pues era temporada de inundaciones. Más grandecita pasé horribles noches con Tosferina, tenía los ojos inyectados de sangre por la fuerza con que tosía, y me desnutrí bastante por que vomitaba frecuentemente. Tengo presente en mi mente que en el poblado cercano a Cañada de Tabaco, se presentaron los últimos casos de viruela negra en Nayarit –enfermedad erradicada desde hace medio siglo- y para aislarnos no nos permitían salir de casa por que decían que había robachicos, en este episodio conocí a las distinguidas enfermeras Margarita González Parra y a Carmen Ventura Reiments, se veían imponentes vestidas de blanco, vacunando a chicos y grandes custodiadas por elementos del ejército. ¡Esa imagen impresionó y prendió en mi mente el deseo de ser enfermera algún día!
Mi abuela –mamá cuca- me mandaba al mercado con mi canastita, en el expendio de mis tíos los ganaderos José y Demetrio Delgado, compraba para el almuerzo rellena o pepena, para la comida diezmillo, retazo o chocozuela, la verdura la compraba con Doña Agustina, la calabaza enmielada o los camotes con la mamá de mi compañera Concha Sigala, los tamales colorados hechos de ceniza colada, sin carne, y teñidos con palo de Brasil, -no me acuerdo con quién- y el tejuino ¡qué tejuino! con Don Joaquín Para variar el menú compraba lisas tatemadas o pescado seco que luego comíamos con atole blanco ¡umm umm! También iba a las tortillas que llamaban nejas. Doña Delfina me llenaba el tecomate con aquellas delicias hechas de masa de nixtamal, torteadas a mano, cocidas en comal de barro calentado con leña de huinole. A mediodía pasaba Don José, vendiendo una agua fresca como no he probado en alguna otra parte, él pregonaba: Cebaada y heláa lagua, el mismo señor pasaba al anochecer vendiendo ruido de uñas- cacahuates- cuando le pedíamos más agua fresca a mi mamá cuca ella decía: me voy a casar con Don José para que se hinchen de agua de cebada. Por esa razón, mi sobrina Paquita - cuando era chiquita, - al pasar dicho señor ella le gritaba: ¡abuelito, abuelito! y mi abuela se sonrojaba Mis abuelos y tíos nos trataban bien pero nada era igual al cuidado que nuestros padres nos brindaban; mi mamá nos contaba cuentos antes de dormirnos y rezábamos al ángel de la guarda. Me llamaba la atención la entereza de mi madre cuando nos despedíamos para regresar a Santiago, sería que ella estaba ocupada vendiendo su pan o que no quería acobardarnos, el caso es que un día, cuando ya nos habíamos despedido, el autotransporte no funcionó y nos regresamos a casa ¡oh sorpresa! la encontramos llorando Por eso, siendo yo la hermana mayor y la única mujer, tengo aun la actitud de proteger a mis hermanos. (Continuará)