Javier Rodríguez Castro

El triunfo para un deportista no llega nunca tarde para un deportista, simplemente llega en el momento indicado. Es lo que esta viviendo la nayarita Carolina Lugo Robles que a sus 16 años ha triunfado como pocas en un deporte que para muchos es considerado para hombres, en el levantamiento de pesas. Lugo simplemente demuestra que en las pesas simplemente no importa el sexo, simplemente las ganas de sobresalir y nomas por eso se colgó un bronce en el mundial sub 17 celebrado en la lejana Eslovaquia.

Para poder conseguir el bronce en tierras lejanas, la lucha fue mayor que levantar el peso de 98 kilos. Alejarse de casa durante más de dos meses, puede ser más pesado que cualquier competencia existente para una niña que apenas vive su adolescencia y esta entrando a su juventud.

La nayarita que lleva el deporte en su sangre, sacrificó las fiestas por los entrenamientos, el estar lejos de la familia, por cumplir un sueño, el cual ahora se ha convertido en realidad, porque simplemente es la tercera mejor del mundo en su categoría, pero seguramente el sueño continua para una niña que buscara estar presente en Río de Janeiro 2016 y consagrarse. Por eso Carolina sigue soñando.

Las lágrimas aparecieron seguramente en algún momento, en los 2 últimos meses, porque la distancia es enorme cuando te alejas de casa, Carolina viviendo en el Centro Nacional de Alto Rendimiento, sus padres en Tepic, y momentos complicados siempre aparecen.

Una llamada puede acercar, pero a la vez salen los sentimientos el extrañar a la gente que siempre esta contigo, las personas que no te abandonan cuando caes, las que te levantan siempre, quienes viven contigo los triunfos, los que saben que hay una lesión y no te dejan caer. Esa es la familia de Carolina Lugo Robles que sufren y disfrutan al igual que ella, los entrenamientos, las competencias que a pesar de la distancia, están más cerca que nunca.

Por eso la medalla de bronce sabe a oro, porque detrás de cada competencia hay una vida llena de sacrificio, donde las lágrimas se hacen presentes, pero al final vale la pena y es cuando el llanto se vuelve alegría.