Por: Juan Fregoso
Hace días leí que en Hermosillo, Sonora, se acaba de inaugurar un nuevo penal federal, y por si por fuera poco, se añade en la nota que se construirán otros siete centros de readaptación social. Dicha noticia me hizo reflexionar si esta medida adoptada por el gobierno sirve para contener la ola delincuencial que azota a nuestro país, pienso que esta no es la manera de combatir el delito, palabra derivada del verbo latino delinquere, que significa abandonar, apartarse del buen camino, alejarse del sendero señalado por la ley, según la definición del doctor en derecho, Fernando Castellanos.
Mientras que Francisco Carrara lo define como la infracción de la ley penal del estado, promulgada para proteger la seguridad de los ciudadanos, resultante de un acto externo, positivo o negativo, moralmente imputable y políticamente dañoso. Para Carrara el delito no es un ente de hecho, sino un ente jurídico, porque su esencia debe consistir, necesariamente, en la violación del derecho. Estima al acto o a la omisión moralmente imputables, por estar el individuo sujeto a las leyes criminales en virtud de su naturaleza moral y por ser la imputabilidad moral el precedente indispensable de la imputabilidad política.
Evidentemente, quien comete un delito se hace merecedor de una sanción o de una pena, que se refleja en el encarcelamiento del infractor para su readaptación social, esto es, para que se reintegre con una nueva mentalidad a la sociedad, sin embargo, en la mayoría de casos tal medida no sirve de nada habida cuenta que un alto porcentaje de delincuentes reinciden tan pronto abandonan la prisión, en consecuencia, la construcción de miles de cárceles no parece ser el remedio, a lo sumo son útiles para detener momentáneamente a los infractores.
Por supuesto que no quiero decir con esto que la persona que incurre en un delito no debe ser castigado, desde luego que su conducta debe ser repelida por las leyes, pero antes de que el gobierno enfoque su actuación en la edificación de centros penitenciarios, debería indagar las causas que originan o que impulsan al hombre a delinquir, pues en la práctica vemos que el encarcelamiento no inhibe la conducta delictuosa.
Es muy probable que la meta principal de las sanciones penales sea la disuasión, es decir, evitar la mala conducta. No obstante, los cuerpos legislativos, los jueces que sentencian toman una serie de decisiones prácticamente sin ningún fundamento y con muy poco análisis de los efectos futuros que tendrán sus actos. La creencia en la eficacia disuasora de las sanciones penales es tan vieja como el derecho penal. Le ha dado su sello a ciertas medidas políticas, administrativas y judiciales en forma tan profunda que se ha dicho que la disuasión es como un postulado esencial y primario de casi todos los sistemas de derecho penal.
Lamentablemente la teoría de la disuasión ha resultado ineficaz, como se puede comprobar en países altamente desarrollados, como por ejemplo, en Los Estados Unidos, en donde en algunas de sus entidades se aplica la ley de talión, traducida en la pena muerte, ya que el delincuente potencial ni con la amenaza de ser ejecutado desiste de cometer un delito, como podemos ver frecuentemente en los medios de comunicación que los estadounidenses asesinan a niños, violan mujeres y matan a hombres, sin el menor temor de ir a parar a la silla eléctrica, ser condenados a cadena perpetua, la horca o a la cámara de gases.
Así pues, si ni la pena de muerte ha sido capaz de disuadir al ser humano de delinquir, menos lo detendrá la creación de reclusorios. Se podrán hacer millones de cárceles pero sólo servirán para retener por un tiempo al transgresor, quien finalmente al obtener su libertad saldrá mucho mejor preparado para cometer sus fechorías, toda vez que las cárceles son verdaderas universidades del crimen, en virtud de que un delincuente primario se ve obligado a compartir las celdas con delincuentes de alta peligrosidad, lo que los convierte en más duchos para cometer sus crímenes en agravio de la sociedad.
Por tanto, no se puede combatir la delincuencia con más centros penitenciarios, ni siquiera con otro crimen, aunque esté legalizado como las pena de muerte, que se aplica en Estados Unidos. Lo que deben hacer los gobiernos es construir más universidades, más centros educativos, crear fuentes de trabajo con salarios bien remunerados, industrias que den sustento a miles de familias que no tienen ni para comer ni para vestir decentemente ni para proporcionarles una educación a sus hijos, porque esta es una—tan sólo una—de las muchas causas que orillan al hombre a robar, a dedicarse a actividades ilícitas, a matar sañudamente, sin ningún remordimiento, porque tienen la obligación de preservar la vida de sus descendiente y si no tienen un trabajo no les queda otra alternativa más que incidir en actos antisociales.
La solución al fenómeno de la delincuencia no es—como lo señalo líneas arriba—la construcción de más penales, sino en una reeducación del individuo a través de escuelas competentes, capaces de orientar y concientizar al hombre de que tanto el patrimonio como la vida humana de sus semejantes son valores que deben ser respetados. Y esta reeducación debe partir, por supuesto, desde el seno familiar, porque no es una tarea solamente del gobierno, los padres, así como los maestros, juegan un papel importante en la formación de la personalidad del niño, del adolescente, inclusive el propio adulto requiere ser reeducado, sobre todo de aquel que ha entrado en la fase de la senectud, ya que aunque no es privativo de ellos, es muy común que estos se inclinen principalmente por la comisión de delitos de tipo sexual.
A este comportamiento el jurista Orellana Wiarco, lo denomina como satiriasis, es decir, la relación sexual entre un hombre maduro o en la vejez, con una adolescente, casi niñas, es por desgracia un fenómeno muy conocido. Los endocrinólogos lo explican como las manifestaciones de los últimos destellos del vigor sexual, y que influyen en el anciano para cometer actos delictuosos: atentados al pudor, corrupción de menores, estupro, violación, y hasta en el homicidio para ocultar su aberrante conducta.
El mismo autor pone como ejemplo la obra de Lolita, de Vladimir Nabokov, que se refiere a las relaciones íntimas entre una nínfula y un hombre maduro, de tal suerte que los estudiosos de estos temas han señalado para explicar esta conducta como el complejo de Lolita, a través del cual muchos hombres buscan niñas, porque creen que es más fácil poseerlas, liberándose así de la ansiedad que sienten con una mujer madura.
Con una muchacha joven son potentes y dominantes; con una mujer madura son incapaces, temerosos, a menudo impotentes. La niña presenta una conquista fácil. Cuando no es así, como sucede con frecuencia, el resultado es el asesinato, muchas veces sin que el hombre tenga una idea clara de que está matándola. La muerte resulta a menudo, del temor de ser descubiertos, y en ocasiones ocurre por accidente, durante el acto, en la lucha que lo precede o le sigue. Así pues, el fenómeno delictivo tiene muchas facetas y lo mismo incluye a hombres jóvenes que adultos como a mujeres, pero éstas según las estadísticas, son más dadas al robo, mientras que el varón es más propenso al homicidio, al asalto a mano armada, al secuestro y a los delitos de índole sexual como se ha visto.
Por tanto, el delito en sí se conoce perfectamente, el problema es cómo combatirlo adecuadamente, porque es muy fácil echar mano de la fuerza pública, aprehender al delincuente y encerrarlo durante varios años mediante una sentencia judicial, con ello se logra saturar las cárceles de todo tipo de malhechores de quienes aprenden otras mañas más refinadas para seguir delinquiendo. ¿Para eso se están haciendo miles de penales como en Hermosillo, Sonora?, la interrogante queda para los eruditos en ciencias penales.