Por: Juan Fregoso
No conforme con dejar una herencia de más de cien mil muertos, el presidente Felipe Calderón logró otro de sus objetivos: pasar la llamada reforma laboral al nuevo Poder Legislativo, el cual sin rubor alguno la hizo suya y en estos momentos se encuentra sujeta a debate en la Cámara de Senadores, tras haber sido aprobada por la Cámara Baja. El Senado, sin lugar a dudas, también hará lo propio, no hay porque esperar una respuesta distinta de los senadores, porque la consigna es reducir a la nada los derechos de los trabajadores y beneficiar al capitalismo salvaje, porque esta una lucha no es de ahora sino desde hace muchísimo tiempo.
La reforma viene a pulverizar las conquistas de los sindicatos que consiguieron a través de una larga y férrea lucha que se cristalizó en el artículo 123 constitucional, que hoy que desde la óptica de la clase gobernante ya resulta obsoleto. Aunque los artífices, entre ellos Carlos Salinas de Gortari, que durante su gobierno intentó llevarla a cabo y no pudo materializarla por la oposición de los otros partidos, principalmente por el PRD y PT; ahora con el retorno del PRI a Los Pinos y a iniciativa de la derecha, al fin el ex presidente verá consumada una de sus más preciadas obras: Salinas, vuelve por sus propios fueros y convertido en un presidente de facto está a punto de hacer realidad su sueño transexenal.
Entre otras cosas que contempla la reforma laboral destaca la subcontración del obrero, cuya duración se estima en tres meses; la supresión parcial del pago de la prima de antigüedad, ya que mediante la figura de la subcontratación el trabajador no podrá gozar de estabilidad en el empleo y al no tener estabilidad, evidentemente no creará antigüedad, por lo que en caso de despido, el trabajador sólo tendrá derecho a recibir como indemnización doce meses de salarios. El derecho de huelga, las vacaciones, el pago de aguinaldo, el derecho a la pensión, también se verán seriamente afectados, además, se busca implementar, al estilo gringo, el pago por hora trabajada en algo así como veinte pesos, lo que perjudicará la economía del empleado o mejor dicho subempleado.
Desde el punto de vista de la dialéctica, lo que la clase gobernante mexicana está haciendo con el sector obrero es un verdadero crimen de estado al tratar de despojarlo del plusvalor que es la parte del trabajo obrero no pagado y del cual se apropia impunemente el empresario, haciéndose más rico a expensas de explotar a sus trabajadores, los cuales no tienen nada, excepto una mercancía que al patrón le interesa mucho, esto es, su capacidad de trabajar o su fuerza de trabajo.
Esto quiere decir que ni al gobierno ni a los patrones les importa arrebatarle lo que por naturaleza le pertenece al obrero, pues tanto el gobierno como el empresario buscan su propio beneficio y esta teoría tiene su origen en el llamado neoliberalismo, que tuvo cierto auge en el salinato y que ahora revive para hacer pedazos a la clase trabajadora, la única que genera bienes y la única que revoluciona las condiciones sociales y económicas, porque ni el gobierno ni el empresario generan riqueza en el sentido estricto de la palabra, sino que es el trabajador el generador de la riqueza del país.
En esta lógica, los capitalistas no pagan realmente por el trabajo como generalmente se cree, en realidad pagan por el valor de la capacidad de trabajar que siempre es inferior a lo producido por aquellos que se la parten de sol a sol mediante un miserable salario, toda vez que el capitalista se queda con el excedente, es decir, con la parte que debería recibir el obrero. Y esto es precisamente lo que se pretende legalizar con la reforma laboral impulsada por el PRIAN. Desde el punto de vista histórico, el imperialismo—transformado en capitalismo y neocolonialismo—consolida su hegemonía en Europa y occidental, pero va perdiendo la iniciativa en la periferia del sistema mundial. A comienzos de los setenta, producto de la insubordinación de 1968, el capitalismo tardío de la posguerra entra en crisis. A ello se suma una crisis aguda del petróleo y otra del dólar. Comienza, pues, una nueva transformación del imperialismo, esto es, el capitalismo retoma la ofensiva económica, política, militar e ideológica; se impone como tarea doblegar, a nivel mundial, a la clase obrera, los movimientos insurreccionales del Tercer Mundo y fracturar a todos los países. La ideología que legitima dicha ofensiva es el neoliberalismo, que retoma del antiguo liberalismo la bandera de la libre circulación del capital, pero combinada con formas políticas y culturales dictatoriales, represivas, conservadoras y autoritarias.
Con el neoliberalismo, el estado desaparece, cambia de función. Se desatiende de la salud y la educación pero intervine en la represión política, como lo ha demostrado el calderonismo; con esta nueva modalidad del imperialismo, crece el militarismo y la explotación de la clase obrera, que hoy más que nunca, se está haciendo sentir. Y si los trabajadores no se organizan para defender sus derechos, sus conquistas sindicales, serán presa fácil de la clase dominante, serán aplastados con el imperio de leyes fascistas y no les quedará otra que aceptar una reforma laboral que dinamita los postulados de la Revolución Mexicana, que costó la vida de verdaderos revolucionarios que pugnaron por el mejoramiento de la vida del obrero y del campesino.
Por tanto, si el Senado—como se prevé—aprueba dicha reforma, estará dando una brutal estocada al pueblo de México, los mexicanos habremos retrocedido al porfiriato en donde los obreros carecían de los más mínimos derechos laborales, quizá volvamos a las tiendas de raya o algo peor. Por esta razón, son justificables las marchas que han protagonizado algunas organizaciones sindicales, aunque para algunos, los sindicatos se hayan convertido en una especie de carga para el estado, eso no impide que los trabajadores levanten su voz en estos momentos en que urge poner en práctica el internacionalismo, que significa defender el derecho del pueblo de México al que hoy se intenta desmantelar de sus más caros derechos mediante la aplicación de teorías económicas importadas principalmente de Estados Unidos.
En este contexto, la clase proletaria de que hace mofa la clase gobernante, requiere necesariamente hermanarse, unificarse para hacer frente ante una burguesía ávida de poder. En este sentido, la prole como ha sido calificada en forma despectiva por los poderosos, necesita emanciparse de la dominación de un gobierno de corte imperialista, lo que sólo conseguirá a través de movimientos de liberación nacional; conquistar el poder político dentro de la nación, con el objetivo de rescatarla de la clase explotadora y establecer un gobierno democrático, revolucionario y socialista; resolver el problema de la explotación, opresión, segregación y discriminación de las minorías étnicas y nacionales, adoptando la forma de nación multiétnica y multinacional, allí donde se requiera, y vincular estrechamente las luchas revolucionarias en un esfuerzo solidario que se fundamenta en los principios del internacionalismo proletario o de los obreros, sobre cuya cabeza pende la espada de Damocles con la reforma laboral, la cual en realidad es una contrarreforma.
Una contrarreforma que debe ser combatida desde todos los frentes por los trabajadores, porque ante todo, como escribió Martí, está el amor a la madre, a la Patria, no es el amor ridículo a la tierra, ni a la hierba que pisan nuestras plantas; es el odio implacable a quien oprime, es el rencor eterno a quien la explota. Esto quiere decir, de hecho, la necesidad que tiene la clase obrera de tomar el papel dirigente dentro de la nación; convertirse en clase nacional, es decir, aquella que representa el interés general de la sociedad hacia el progreso y la transformación social, no a un grupúsculo que detenta el poder para satisfacer sus mezquinos intereses y la reforma laboral no tiene otro fin más que ese, esto es, favorecer a los poderosos, hacer más ricos a los ricos y más pobres a los pobres