ÓSCAR VERDÍN CAMACHO.-

Se les perdona todo, hasta retar a la muerte: beben en la vía pública; por momentos bloquean el tránsito vehicular; se exponen a ser atropellados; sacuden, en montón, a carros que se han detenido frente al semáforo; y mientan madres…

Son decenas de jóvenes, y otros no tanto, que durante la tarde de ayer acudieron al Ángel de la Independencia a festejar el triunfo de la Selección de México frente a la de Estados Unidos por 2-1 en el estadio Azteca, lo que revive las esperanzas para estar presentes en el próximo mundial.

Cantan los muchachos:

“En dónde están/en dónde están/los pinches gringos que nos iban a ganar…en dónde están/en dónde están/los pinches gringos que nos iban a ganar”.

Gritan una porra para el emblemático jugador contrario, Landon Donovan: “¡que chingue a su madre!”…

Descamisados, corren y bailan alrededor de los héroes nacionales inmortalizados en el monumento al Ángel de la Independencia. Muchos llevan cerveza en mano. Gritan y gritan, más cuando los vehículos de muchos pitan al pasar por ahí, mostrando banderas de México, identificándose unos y otros a través del fútbol.

El Cielito Lindo no puede faltar y el grito de ¡México, México, México!...

Policías municipales ahí presentes, lo mismo que agentes de tránsito, únicamente se concentran en observar y sólo de vez en cuando intervienen. El conductor de un vehículo negro los hace reaccionar, y es que no sólo se detuvo más del tiempo normal, impidiendo la circulación de otros carros, sino que se puso a beber cerveza delante de los agentes de tránsito, que le piden orillarse. Pero ni caso les hace: acelera y dos agentes en motocicleta van tras él.

Mucha gente circula por todo Tepic mostrando camisetas de la selección y banderas de México. Destacan los ocupantes de una camioneta, con una bandera gigante, y con unas botellotas de cerveza sacadas quien sabe de donde. No sólo beben sino que hasta se bañan con la cerveza.

Entre las dos y las cuatro de la tarde en que se desarrolló el partido las calles estaban semivacías. En cambio, los restaurantes estaban a tope. Y en las casas parecía domingo, reunida la familia, la mayoría frente a una televisión, en busca de una alegría que finalmente ocurrió.