Por: Juan Fregoso
*Periodista polémico como pocos y que padeció el acoso del gobierno toñista
Este 30 de octubre, si la memoria no me es infiel, se cumplirán dos años de la partida de este espacio terrenal, de Édgar Rafael Arellano Ontiveros, quien a base de esfuerzos y tenacidad fundó el diario Express de Nayarit, un periódico que aun con su ausencia ha logrado sostenerse gracias al equipo de trabajo que su fundador logró conformar y que no ha claudicado pese a los vaivenes políticos y económicos.
Cuando conocí a Édgar Arellano era un hombre lleno de vida, en ese entonces jamás pensé que con el correr de los años llegaría a verlo acabado físicamente por el mal de la diabetes que terminó llevándolo a la tumba. Édgar tenía una personalidad contradictoria desde mi punto de vista, pues mientras en su trabajo periodístico era extremadamente cuidadoso, en su persona era un poco descuidado, desaliñado. Traía siempre el pelo alborotado, la camisa suelta y desabotonada, casi todo en él era un desorden y más de una vez llegué a preguntarme: Yo creo que Édgar es la reencarnación de algún antiguo sabio, es decir, de esos hombres que tal vez por estar encerrados en su propio mundo, poco interés prestaban a su persona. Édgar así. O al menos así lo percibí.
Su mirada era penetrante, contrastaba con su aspecto bonachón. Cuando dirigía alguna reunión de trabajo con el equipo del Express lo hacía en tono paternal, pocas veces lo vi enojado, salvo cuando le llamaba la atención a algún reportero por su forma de escribir con faltas de ortografía, porque si algo le molestaba era precisamente eso. Édgar exigía el respeto a las reglas gramaticales en los trabajos de los periodistas, no solamente de los que laboraban en su diario, sino de todos los demás; un buen periodista debe leer mucho para enriquecer su léxico y escribir con soltura, con claridad para que todo mundo lo entienda, solía decir.
Y cuánta razón tenía—y sigue teniendo—en este sentido, porque habemos muchos que no obstante a que tenemos años en el oficio aún no sabemos escribir con la corrección debida. Recuerdo que alguien pergeñó lo siguiente: Y muy contra su voluntad y sus deseos debió de conformarse con ser un expectador (). Édgar diría: A tal punto ha llegado el abuso de la ‘x’ en palabras que no la llevan, que no sería raro ver algún día escrito excoba o expontáneo. Será, entonces, cosa de coger una excopeta y saltarse la tapa de los sexos. Esto era justamente lo que El Pipiripau trataba de hacerle ver a sus trabajadores, que no cayeran en estos vicios que exhiben la estulticia del que escribe y que son una ofensa para el lector, que no solamente compra el periódico para informarse sino para ampliar su horizonte cultural.
Édgar Arellano conocido más que por su nombre de pila, en el ambiente periodístico se le identificaba como El Pipiripau. Este pseudónimo era motivo de agrias conversaciones entre la clase política, diputados, abogados, profesionistas diversos que antes acostumbran reunirse en el desaparecido Ritz y hoy lo hacen en el Diligencias, para enfrascarse en discusiones tras leer el Cotarro Político. Édgar era leído con avidez, porque sus escritos siempre motivaban el debate porque sabía tocar las cuerdas más sensibles de la vida política local y hasta nacional.
El Pipiripau no solamente fue un gran periodista sino también un hombre de una gran calidad humana. Era sensible, comprensivo—enérgico cuando se requería—y altruista no sólo hacia sus trabajadores, sino con todos aquellos que lo rodeaban, por ello se supo ganar el afecto de muchos pero también el encono de aquellos funcionarios públicos que fueron blanco de su crítica mordaz e hiriente al ver descubiertas sus corruptelas, pues si algo detestaba Édgar eran las injusticias que cometían los poderosos en detrimento de los pobres, por algo llegó a escribir con la sátira que lo caracterizó: Los ricos quieren tanto a los pobres, que cada sexenio o trienio producen más, como tantas otras frases lapidarias para los castos oídos de la clase pudiente.
Algo sorprendente en él era su vasta cultura que se reflejaba en el empleo de palabras desconocidas para la mayoría del gremio periodístico. Pero lo mismo utilizaba vocablos elegantes que vulgares para los mojigatos que se dan golpes de pecho. Cuando Édgar consideraba necesario no se andaba por las ramas, puesto que lo mismo le decía pendejo al gobernador que joto a los culturosos como Ignacio Palacios, a quien le endosó el remoquete de La Nacha Palacios, al cual prácticamente le hizo un libro con el montón de artículos que escribió sobre este folclórico personaje.
Como todo crítico, Édgar Rafael Arellano fue encarcelado en el sexenio de Antonio Echevarría Domínguez. Con el poder en sus manos, el entonces gobernador arremetió contra el periodista supuestamente para cobrarse una ofensa. Toño Echevarría quiso humillarlo, pues no le importó que El Pipiripau ya estuviera enfermo, así era el odio que le tenía al columnista. Pero el ex gobernador del cambio jamás esperó enfrentarse ante el espíritu indomable del escritor, quien ante la falta de pruebas no pudo mantenerlo en la cárcel; Édgar le había ganado la batalla y no sería Toño Echevarría quien terminara derrotando a este gran hombre, sino la muerte que lo sorprendió un octubre de 2010, hace dos años.
En fin, para hablar o escribir sobre Édgar Arellano se necesita contar con más elementos de juicio para hacer un trabajo completo, debidamente detallado, porque su sólo nombre es suficiente para escribir un libro, es más, me atrevo a decir que para narrar la vida de este hombre sería necesario escribir varios tomos, que abarquen desde su llegada de su natal Sinaloa hasta tierras nayaritas, donde alcanzó la gloria en medio de un torbellino de satisfacciones y de sinsabores. Por lo pronto, este reportero que tuvo la fortuna de trabajar con él, no quise pasar por alto recordar su inmenso trabajo periodístico, muchos menos sus enseñanzas que mucho me han servido para continuar en esta peligrosa profesión en que se ha convertido el periodismo.
Amigo Édgar, donde quiera que estés, puedes tener la seguridad de que siempre te recordaré como el amigo y maestro que supiste ser, como también estoy persuadido que el periódico que fundaste con grandes esfuerzos seguirá circulando para solaz de los muchos lectores que dejaste, de ahí pues, que puedo decirte que Édgar Arellano no está muerto, porque tu obra así lo demuestra. La huella que dejaste será un legado para todos aquellos que bregamos en los sinuosos caminos que alguna vez tú recorriste sorteando infinidad de obstáculos que no lograron doblegarte y ese es el ejemplo que nosotros debemos seguir, ese será el mayor tributo a tu persona.