Por: Juan Fregoso
Acaponeta, Nayarit.-Mire usted esta conmovedora, ejemplar, tierna e insolente escena en la cual aparece una patrulla de Tránsito del estado, estacionada en un área que nuestra magnánima ley de tránsito prohíbe el aparcamiento, por supuesto, de vehículos particulares, porque claro está que para las unidades oficiales encargadas del control de la vialidad la prohibición legal no tiene ningún sentido.
Me supongo porque son los amos y señores de las calles, y por lo tanto, ellos gozan de ciertos privilegios de los cuales no disfrutan los humildes y pobretones choferes que conducen camionetas o coches todos destartalados y para acabarla de amolar, muchos de ellos no portan licencia o los documentos inherentes para poder transitar tranquilamente por las rúas citadinas sin ser molestados por los agentes de cuidar el orden vial.
¡Pobres!, porque si sus vehículos portaran la leyenda de Tránsito del estado y ellos fueran enfundados en un uniforme color tamarindo, podrían estacionarse en cualquier lugar, en cualquier lugar, no importaría que fuera una cochera y hubiera la temible raya amarilla, ni el letrero cuyo mensaje implica una clara advertencia de prohíbido estacionarse, podrían hacerlo con toda libertad. ¡Qué caramba!
Pero como no cumplen con estos requisitos ni mucho menos están investidos de autoridad, pues simplemente no pueden hacerlo. Bueno, si lo pueden hacer, pero a sabiendas de que se les impondrá una multa bondadosa por su desobediencia al reglamento de tránsito. Y es que la mayoría de conductores no comprenden que ellos son simples terrícolas, que deben acatar las leyes sin chistar, porque para ellos se hicieron, no para molestar a esos superhombres que portan una charola que les dá el derecho— ¿qué es eso?—para hacer lo que les venga en gana, al fin que ellos—los agentes de tránsito—son la ley y al serlo, pues sencillamente son intocables.
Mire usted, yo por eso siempre ando en mi Dodge patas. Así me evito muchos problemas, puedo estacionarme en cualquier lugar haya línea amarilla, verde, azul, roja o del color que sea; puedo circular por las calles en sentido contrario sin andarme cuidando de la excelsa autoridad de tránsito. Pero además tengo otra ventaja, no gasto en gasolina ni en llantas, porque las que tengo todavía aguantan un buen rato para recorrer las calles sin el desasosiego de encontrarme con un Tamarindo que ande con la resaca del día anterior y me exija unos devaluados chelines para curarse la cruda. No estoy expuesto, pues, ha ser extorsionado como los otros choferes, porque con mi Dodge patas no cometo ninguna infracción que es tan provechosa para esos señores tan celosos de hacer respetar la ley, cuando ellos son los primeros en violentarla, escudados en el santo sudario de la intocabilidad.
¡Ah, bendito Dios!, que los arropa con su manto divino, y no vaya usted a creer que con el manto de la impunidad, eso sería una blasfemia o una herejía, porque estamos hablando de los representantes de la ley divina, así que ni lo piense porque corre el riesgo, no de ser infraccionado por una falta administrativa, sino quemado con leña verde por la Santa Inquisición de Tránsito. Calladito, usted, se ve más bonito, eh. Así que no le busque tres pies al gato, si incurre en una violación de tránsito, tenga la bondad de pagar con una sonrisa de oreja a oreja la multa, aunque después no tenga ni para comer frijoles. Comprenda que usted no es un superhombre con poderes plenipotenciarios para hacer lo mismo que realizan los elegidos del Señor. Pague y punto. Déjese de jugarle al Superman o de habilidoso abogado, porque nada ganará con ello, siempre saldrá perdiendo. Por favor, entienda, que usted no alcanza ni siquiera la calidad de ciudadano.
¡Ah, México lindo y querido!, cómo te admiro, cómo te envidio, porque sólo en tu terruño podemos hacer todo, o casi todo, aunque solamente aquellos que portan un majestuoso uniforme que les confiere un cierto aire de extraterrestres, de seres etéreos, y que por lo mismo, pueden romper esa especie de malla que algún sabiondo le dio el nombre de ley, pero que fue hecha para atrapar a los pequeños insectos, no a los grandes. Recuerde, mi estimado chafirete, que usted no puede entrar al Olimpo de los intocables, tome en cuenta que usted es un simple hombrecillo de carne y hueso, y por lo tanto, no puede darse el lujo de violentar las leyes, ese es un privilegio de los diosecillos de tránsito, los que si están facultados por Zeus para cometer estos actos graciosos que debemos aplaudirles, pos luego, faltaba más. ¡Viva México!