Por: Juan Fregoso

Acaponeta, Nayarit.-El pasado 27 de noviembre, faltando cuatro minutos para las diez de la noche, mi hija recibió un mensaje intimidatorio y cobarde en su teléfono celular. Con palabras soeces, el autor de dicho mensaje transmitía una serie de improperios que por respeto a los lectores no publicamos íntegramente, por lo que me veo obligado a suprimir la parte inicial del correo y sólo me limitaré a reproducir la parte que entraña una vil amenaza de muerte.

El valiente sujeto escribió desde su celular número 325-111-45-99, lo siguiente: Ei quien (&&X%&#&) eres no quiero vronkas con los fregoso xq los voy a destasar (sic) chinguen a su madre. Naturalmente, temerosa, mi hija, acudió a mí para preguntarme si conocía aquel número del cual procedía la amenaza; le respondí que no, que no tenía ni siquiera idea de quien pudiera ser. Ella tampoco lo sabía.

Para descubrir quien era el sujeto que había mandado el mensaje, tomé mi celular y llamé para ver si me contestaba alguien. El tipo mordió el anzuelo. Me respondió y entonces supe que se trata de un militar perteneciente al 86 Batallón de Infantería, llamado Luis Javier Luna Martínez, él mismo se identificó, además de que yo lo conozco perfectamente por estar relacionado políticamente con la familia.

Le pregunté que por qué actuaba de esa manera insolente, grosera y amenazante; con voz sarcástica, me dijo quién te dio este número hijo de la chinga—se refería a su número telefónico—, a mí nadie me dio este número, repliqué y si te marqué fue porque al enviar tu mensaje quedó grabado tu número en el teléfono de mi hija.
Buscando una explicación razonable de parte de él le insistí por qué razón me amenazaba de muerte, con destasarme (sic), pero el indigno militar sólo respondía sardónica y estúpidamente: Te digo que quién te dio este número, cabrón, fue la respuesta acompañada de una risilla propia de un retrasado mental, para luego añadir no te metas conmigo porque te va a cargar la chingada.

Obviamente, al más templado este tipo de actitudes terminan por sacarlo de sus casillas, yo no podía ser la excepción, porque además el mensaje amenazador lo recibió mi hija y una cosa soy yo y otra mi familia, por eso le advertí espero que no te rajes, que no te arrepientas, porque voy a proceder en contra tuya porque lo que estás haciendo no es de hombres, es de cobardes. Hazle como quieras, no te tengo miedo, a poco eres muy chingón, me la pels, soltó aquel prepotente militar, quien seguramente por portar el uniforme verde olivo se siente intocable.

Corté la llamada y acto seguido me trasladé al glorioso 86 Batallón de Infantería a presentar mi queja, a denunciar lo que había pasado. Eran las once de la noche cuando arribe al cuartel militar. Descendí del taxi en que me trasladé al Batallón y me dirigí a la caseta de guardia; allí me recibió un militar que se ostentó como sargento: Soy el sargento primero, Gelasio Guzmán, pero no quiso proporcionar el segundo apellido, pero sí en cambio me pidió me identificara, lo cual hice exhibiéndole mi credencial de profesionista. Le narré paso a paso lo sucedido y hasta le mostré el mensaje obsceno que contenía la amenaza que había recibido mi hija; el soldado pergeñó en su libreta mi nombre y al parecer un resumen de los hechos relatados por mí.

Enseguida me dijo: Mire, ahorita no podemos hacer nada, además no estoy seguro de que la persona a quien usted se refiere sea soldado; venga mañana, yo pasaré el reporte a mi superiores para iniciar una investigaciónpero antes llamó a través de su radio a otro militar, supongo que de más rango. No pasó nada, este otro militar me repitió lo mismo que el sargento Gelasio Guzmán. Total. Me dieron las doce de la noche sin obtener una respuesta inteligente a mi denuncia. Me despedí de mano del sargento Gelasio y prometí ir al siguiente día, ya que al decir de los militares que me recibieron la noche del último día de noviembre, estaría el alto mando militar, aunque no el coronel, porque me dijo el sargento que aquél andaba por Chihuahua atendiendo otros asuntos, pero además me expresó que hablar con el coronel era imposible, que tendría que pedir audiencia, como se hace en Los Pinos, para ver al presidente de la República, expresó. Finalmente, pasada la media noche, me retiré de aquel lugar, en donde sólo encontré el importamadrismo de nuestras gloriosas Fuerzas Armadas.

Al día siguiente, 28 de noviembre, al filo de las 11: 30 horas de la mañana, me presenté nuevamente al 86 Batallón de Infantería. Pensé que ahora sí pondrían mayor atención a mi problema, pero no fue así. Se repitió el mismo guión de la noche del 27. Salió un sujeto portando una especie de medallón colgado al pecho, supuse que se trataba de un Mayor; me interrogó como los otros, y volví a repetir como loro los hechos constitutivos de delitos. El Mayor hizo exactamente lo mismo que los otros, a excepción de que no anotó nada, quizá tomó nota mentalmente, para luego decirme que él no era la persona indicada para atender mi caso, que para este tipo de cuestiones había un militar encargado de atender las quejas de los ciudadanos. Lo llamó en clave por su radio. Tras esperar un buen rato apareció otro sujeto de complexión delgada, piel morena, alto, dientes encasquillados, una delgada cola de caballo que apenas se advertía cuando por instintito movía discretamente la cabeza, portaba gafas oscuras que le cubrían prácticamente hasta las sienes. Ah mire, me dijo el ‘Mayor,’ esta es la persona que lo va atender como se merece. Cuando se retiraba el Mayor, yo quise saber con quien había tratado, pero aquel tipo sólo me respondió; con el agente Castillo, nada más así. Y se metió al cuartel.

El encargado de atender las quejas, el hombre de las gafas negras, se identificó como el sargento Soledad. Un poco más refinado en sus modales, comenzó la charla conmigo. Me hizo las mismas preguntas que sus compañeros, me aseguró que investigarían al pelafustán de Luis Javier Luna Martínez, a quien dijo conocer, incluso al padre de éste, que también es militar, cuya conducta belicosa es igual a la de su hijo, como quien dice de tal palo tal astilla.

El sargento Soledad, me aseguró que se tomarían las medidas conducentes del caso, pero debo aclarar que no me convenció, es más, me dio la impresión que tras sus oscuros anteojos me estaba estudiando detenidamente, pensé: este tipo es un psicólogo que sabe muy bien manipular a la gente, es posible que esté equivocado, pero quienes tenemos años en el oficio del periodismo, también sabemos cuando alguien nos está hablando con la verdad, o simplemente nos está manejando y me quedo con esta última apreciación, porque a la fecha no he sabido que al guachito de pacotilla de Javier Luna Martínez, se le haya impuesto alguna sanción por haberme amenazado de muerte a mí y a mi familia, no obstante a que les enseñé como prueba fehaciente el mensaje recibido, en el cual se advierte claramente el dolo o la intención criminal de este sujeto indigno de pertenecer al Ejército Mexicano, ya que con su aberrante conducta contribuye aún más al descrédito en que han caído las fuerzas armadas. Recalco que Luis Javier Luna no fue ni siquiera amonestado, porque el muy cobarde ha estado merodeando mi casa, acompañado de otro torvo sujeto porque solo se zurra en los calzones. Así matan los cobardes, dice la canción, cuando los acosa el miedo.

No cabe duda que por uno pierden todos. Por lo pronto desde esta tribuna yo acuso al militar, Luis Javier Luna Martínez, de lo que me suceda en mi integridad física, y por supuesto, a mi familia. Y exhorto respetuosamente a que el alto mando militar investigue por los medios legales los antecedentes de este sujeto, que no por el hecho de ser soldado tiene derecho de proferir amenazas de muerte a los ciudadanos, porque tal conducta va en desdoro de la institución a la que pertenece y a la que debería honrar con su comportamiento.