Por: Juan Fregoso
Hace dos años que partió de este mundo don José Luis Arrieta Hernández, un fotógrafo profesional, pero también un hombre de una gran calidad humana, sencillo, amable, amiguero, que supo ganarse el afecto de todo el pueblo de Acaponeta, adonde por azares del destino llegó allá por los noventa.
Y aunque su idea no era quedarse aquí, don José Luis decidió quedarse porque lo cautivó esta ciudad y la hospitalidad de su gente, según me confió un buen día, porque Arrieta—como se le conoció—fue un verdadero andariego que le permitió conocer prácticamente toda la geografía mexicana, lo decía con orgullo, sobre todo, porque en ese peregrinar por el mundo conoció a muchas mujeres con las cuales sostuvo apasionados romances, y es don José Luis Arrieta fue un mujeriego empedernido, fue un ferviente admirador del sexo bello hasta su muerte, acaecida en 2010.
La vida de Arrieta estuvo llena de alegrías y sinsabores. Desempeñó infinidad de trabajos duros antes de dedicarse de manera profesional al oficio de fotógrafo, actividad que desarrolló 67 años de su vida. Él se sentía orgulloso de su trabajo, porque gracias a esta actividad supo ganarse la vida; yo nunca he pasado hambres, Juanito, me decía, porque gracias a Dios nunca me ha faltado el trabajo, incluso, antes de ser fotógrafo la hice de todo, por supuesto que nunca anduve en malos pasos, soy un hombre íntegro porque mis padres me inculcaron buenos principios, por eso jamás me he visto envuelto en problemas ni con la ley ni con nadiepor algo he llegado a mis 87 años.
Ahora, pienso que esto me lo decía a guisa de consejo, como un padre lo hace con su hijo, algo que le viviré eternamente agradecido y estoy seguro que él lo sabe donde quiera que esté. Arrieta supo ser amigo y padre. Fue un hombre recio de carácter pero al mismo tiempo adoptaba un aire paternal; más de una vez, llegó a decirme lo que estaba bien y lo que estaba mal, yo le permitía sus regaños porque sabía que lo hacía de buena fe, jamás me dio un mal consejo, sus reprimendas llevaban una sana intención y a pesar de que él mismo me había confiado su vida donjuanesca, no estaba de acuerdo conque yo siguiera sus pasos, porque al final todo eso no deja nada bueno, me decía, déjate de pendejadas y atiende a tu familia. Cómo olvidar a un hombre así, cómo sepultarlo en el panteón del olvido, creo que sería una ingratitud de mi parte, por eso siempre lo llevaré en mi mente y corazón.
Cuando conocí a don José Luis Arrieta, allá por el año 2000, él colaboraba como reportero gráfico del Sol del Pacífico de Mazatlán, Sinaloa. En aquel entonces, yo escribía para otros medios del estado de Nayarit, y con pseudónimo también colaboraba para algunos medios de circulación nacional. Arrieta me invitó a escribir en El Sol del Pacífico, me recomendó con Felipe Guerrero—entonces jefe de información de ese diario—y éste me dio la oportunidad de hacerlo.
Fue así como empezamos a trabajar a juntos, yo escribiendo y él como mi reportero gráfico. Nuestra amistad se fue fortaleciendo, nos acoplamos muy bien, él se limitaba a tomar las fotografías de los entrevistados o de los paisajes que yo le indicaba, jamás se rehusó, jamás me contradijo cuando le decía: Mira Arrieta, haz es esta toma desde este ángulo, creo que es el mejor. El viejo sonreía pícaramente, como diciendo: Este piensa que no sé lo que hago, y posiblemente así lo creía yo. Lo que no sabía era que José Luis Arrieta ya traía mucho camino andado, pues había trabajado como reportero gráfico, en el diario subcaliforniano El Tiempo, el Noroeste, de los Mochis, Sinaloa y en otros periódicos de su natal Durango.
Y esto yo no lo sabía, hasta que él mismo me lo dijo. Eres un viejo zorro, recuerdo que le dije. Soltó una sonora carcajada y enseguida me espetó; pa’que, si yo sabía que pronto lo descubrirías cuando vieras mis fotos. Era cierto, sus fotos eran una copia exacta, fiel, de lo que captaba el ojo de su cámara, era un profesional en su ramo: Mira, Juanito, tú a lo tuyo y yo a lo mío, ¿estamos? Estamos, le respondía.
Así trabajamos varios años, en cordial armonía, nunca tuvimos diferencias. El tiempo fue pasando inexorablemente y naturalmente, dada su avanzada edad, el Padre Cronos fue haciendo estragos en mi amigo y compañero. Un día me dijo: Creo que ya no podré ayudarte, mírame, ya estoy viejo, vete buscando otro fotógrafo, yo ya no puedo andar al ritmo que tú, busca a otro que esté joven como tú, porque a mí ya me duele todo. No hombre, tú está más fuerte que yo—le dije con ánimo de motivarlo—aunque efectivamente yo lo veía mal y es que los años no pasan de balde, pero yo me resistía a perder más que al compañero de trabajo al amigo. Carajo, vamos al médico, le dije más de una vez, y él me contestó: Aunque vayamos al médico, como dices, yo ya estoy acabado hijo, creo que se acerca el final, sigue tú, no te detengas, sigue escribiendo, o a poco porque yo no ande contigo vas a dejar de trabajar, no muchacho, la vida sigue, así que, adelante mi Juanito.
Está bien, le dije con un nudo en la garganta, pero dime, puedo saber qué vas a hacer tú: Yo me iré un tiempo a Mazatlán, allá tengo un primo sacerdote que me echará la mano, mientras me repongo, si es que me repongo, expresó con acento melancólico, estoy seguro que le dolía—quizá más que su cuerpo—deshacerse del trabajo que tanto le fascinaba, pero no le quedaba de otrael peso del tiempo lo iba doblando como también lo hará conmigo algún día, es la ley de la vida y ante ésta nada podemos hacer. Pasaron unos meses en los cuales ya no supe nada de él, seguramente se había marchado a Mazatlán, como me lo había dicho.
Un día me encontré al encargado del hotel en que se hospedó todo el tiempo que estuvo en Acaponeta, entonces se me ocurrió preguntarle por él; el hotelero me dio una respuesta que me dejó helado: Don Luis murió hace como unos seis meses, me dijo secamente, luego para estar más convencido busqué una señora con quien mi amigo acostumbraba llevarse mucho, y como si no supiera nada le pregunté por él. La señora me dijo lo mismo que el hotelero; don Luis ya murió, de Mazatlán se fue a Durango y allá falleció, me dijo segura de sí misma.
Sí, ya no tenía duda, mi gran amigo se fue a morir a su tierra, ya no volveré a verlo, pero sí lo llevaré en mi corazón el resto de mi vida, no porque haya sido mi compañero de trabajo—que supo serlo con mucha humildad—sino por el gran amigo que supo ser, por ello siempre lo llevaré en mi corazón y desde aquí le envío estas palabras amigo Arrieta, no te digo adiós, sino hasta luego.