Por: Juan Fregoso

*Diputados y senadores de primaria y secundaria
*Consideran que el estudio no es necesario para abrirse paso en la vida
*Esto explica las deficientes leyes que tenemos
*Y el profundo atraso del pueblo de México
Hace algunos años una televisora realizó una encuesta a diputados federales y senadores. La investigación que se llevó a cabo precisamente en el Congreso de la Unión fue con el fin de poner a prueba los conocimientos de los legisladores, particularmente en materia constitucional. Se trataba pues, de una simple pregunta, cuántos artículos tiene la Constitución Política Mexicana. A cuadro, los congresistas externaron su ignorancia en este rubro, si acaso, dos o tres respondieron correctamente, el resto de plano dijeron no saber el citado cuerpo legal.

Lo anterior pareciera algo insignificante si tal cuestionamiento se le hubiera hecho a un obrero o a un campesino. Y hasta cierto modo sería justificable, pero que un diputado federal o senador no conozca la ley suprema es imperdonable, porque se trata de aquellos hombres encargados de legislar, de hacer leyes que realmente beneficien al país y todas las leyes secundarias tienen su punto de arranque en la constitución, luego entonces, ¿cómo o con qué criterio un legislador propone una iniciativa de ley si desconoce la fuente que le da origen?

¿Sabrán el alcance jurídico de cierta reforma que se le hace a la ley suprema, como a las demás leyes? Es evidente que no; los 500 diputados y los 128 senadores que conforman el Congreso de la Unión sólo están interesados en cobrar sus jugosas dietas—que de dieta no tienen nada—porque sus sueldos, éste el término correcto, son muy generosos, tanto que lo defienden con sólo levantar el dedo, aunque esto implique una ofensa para el pueblo que los eligió, dizque para que lo representara.

Para entender este singular fenómeno entre nuestros representantes, habría que echar un vistazo a su preparación académica en donde encontraremos verdaderos prodigios que dejarán pasmados al más templado, veamos por qué. Hace días un portal publicó, entre otras cosas, que el 8 por ciento de legisladores no cuentan con título universitario; un legislador federal cuenta únicamente con estudios de educación primaria, cuatro, con trabajo cursaron la secundaria, veintiuno lograron concluir la educación media superior, once realizaron estudios universitarios que dejaron inconclusos, por lo que no cuentan con el título correspondiente y trece, dijeron tener una carrera técnica.

Hubo otros que prefirieron no revelar el grado de estudios que tienen, simplemente porque no tienen ninguno. Pero de cualquier manera se encuentran empotrados en una curul o escaño, o para decirlo coloquialmente, en una butaca, ya sea en la Cámara de Diputados o en la de Senadores, son pues unos ignorantes los que confeccionan las leyes que el ciudadano debe acatar sin chistar, sean éstas justas o injustas, porque fueron hechas por esas mentes brillantes emergidos de la cacareada universidad de la vida, que no es más que una frase hueca para justificar su falta de preparación académica.

El Poder Legislativo, con todo y lo que se diga, debe estar constituido por hombres y mujeres que cuenten con una sólida preparación académica, porque las tareas que en el Congreso se realizan tienen como destinatario al ciudadano, el cual se verá afectado por la aprobación de leyes que no tienden a beneficiar a la sociedad, sino a un grupúsculo de hombres, generalmente a aquellos que tienen influencia en el aparato gubernamental.

El problema de la impreparación de legisladores no es una cuestión nueva, data de muchos años atrás. Pero antes, las condiciones y circunstancias sociales y políticas eran muy diferentes a las de ahora; nuestro país ha evolucionado bastante y exige que los llamados representantes populares estén debidamente preparados para entender cabalmente la cadena de problemas que aquejan a México.

Tenemos un campo falto de una infraestructura adecuada para obtener buenas cosechas, nuestras tierras son fértiles pero inaprovechables por la indiferencia de aquellos que tienen la responsabilidad de fomentar leyes que lo saquen del atraso en que se encuentra desde hace bastante tiempo. Si los legisladores cumplieran con su cometido se evitaría la emigración de miles de campesinos al extranjero, en busca de otras oportunidades, pero nada se hace por impedir este fenómeno, por esta razón vemos como paulatinamente muchos ejidos se van quedando solos, convirtiéndose en pueblos fantasmas, porque si acaso, se quedan los viejos que ya poco pueden hacer, en este sentido, los gobiernos deberían comprender que México depende predominantemente del campo.

Asimismo, faltan muchas escuelas en las cuales se prepare ese inmenso universo de jóvenes—hombres y mujeres—que hay en nuestro país, así como las nuevas generaciones que demandan un espacio educativo que les permita forjarse una carrera universitaria para contribuir al crecimiento de México, para incorporarse al mercado laboral armados de una sólida formación y no incorporarse a la vagancia o al crimen organizado o en el mejor de los casos irse a vender su mano de obra barata a Los Estados Unidos, en donde son vilmente explotados porque aquí no existen las suficientes fuentes de trabajo.

México tiene grandes litorales que tampoco han sido adecuadamente explotados. El caso más emblemático lo tenemos con las playas de Novillero, que cuenta con casi noventa kilómetros de playas que pudieran ser un detonante turístico, pero allí están, sin ser aprovechadas porque no se les ha dado el impulso que requieren. ¿A cuántas familias beneficiaría si el gobierno si pusiera atención en esta riqueza con que cuenta la región norte?, sin duda que a muchas, pero lamentablemente todos los gobiernos que hemos tenido se han se mantenido indiferente ante esta situación, no ha habido la voluntad para incentivar el rubro turístico que dejaría una considerable derrama económica que vendría a oxigenar la economía de los nayaritas.

En fin, son muchas las carencias que tiene nuestra nación. Faltan hospitales, hospitales dignos que cuenten con los servicios médicos para poder brindar una buena atención a los ciudadanos, porque los pocos centros de salud que existen adolecen de personal médico calificado, no cuentan con los medicamentos necesarios para proteger la salud de la gente y un pueblo enfermo es incapaz de producir, es incapaz de contribuir al desarrollo y crecimiento del país, al contrario, un pueblo en estas condiciones se convierte en un pesado lastre para la sociedad.

Todo esto nos lleva a concluir que sí es necesaria la preparación académica de nuestros flamantes diputados y senadores, muchos de los cuales tienen el cinismo de afirmar que no es necesario el estudio para ocupar un puesto en el Congreso de la Unión, como es el caso—tan sólo por citar un caso—de la diputada federal del PRD, Josefina Salinas Pérez, quien con toda la desfachatez del mundo argumenta que ella no pudo proseguir sus estudios (apenas tiene secundaria) porque se casó a los diecisiete años para formar una familia.

Por si fuera poco, la congresista del Sol Azteca comentó que no considera su falta de preparación universitaria como una desventaja frente a sus compañeros en el Congreso, muchos de ellos con apenas estudios de primaria. Y como una especie de justificación dice esta flamante diputada; no porque sea mi caso, pero yo digo que no es imprescindible tener un título universitario para desempeñar correctamente la labor legislativa, porque más allá del conocimiento técnico, para ser un buen representante popular es importante mantener la sensibilidad y el entendimiento de las necesidades de la gente.

Josefina Salinas, cuestiona de qué le sirve a equis político la maestría, el doctorado, si en la práctica, en la cuestión electoral, en el conocimiento de la vida interna del partido y en el entendimiento de las necesidades de la gente, te los llevas de calle. Pero lo más grave del asunto es la opinión de especialistas en materia parlamentaria, que aducen que los estudios universitarios no sirven para nada, porque estos no son una garantía de ser un buen legislador.
En este contexto, me pregunto, entonces, para qué diantres sirve que nos pasemos cuatro o cinco años encerrados en las aulas universitarias, de nada, sobre todo porque la política—como ha quedado demostrado—no exige tener un título o diploma universitario, tal vez por ello, muchos se meten a dirigentes—algunos los llaman líderes, cuando esto es otra cosa—de alguna organización, para de allí postularse a algún cargo público. Con todo, estimo que la preparación si es necesaria, porque mediante ella podemos vislumbrar con más claridad los problemas económicos, sociales, políticos y culturales.

La preparación nos ayuda a comprender mejor los problemas del entorno en que vivimos y, en consecuencia, buscar y darles una solución adecuada, pero sucede que nuestros ilustres legisladores consideran que no es necesaria, esta concepción nos lleva a concluir que por esta razón, México va de tumbo en tumbo, sin un avance significativo que nos permita superar los múltiples problemas que nos agobian. Por tanto, la lógica bajo la cual se rigen diputados y senadores, nos dice que en vez de estudiar, es mejor dedicarse a la política, la carrera mejor pagada y sin necesidad de tener un pergamino que nos acredite como profesionistas, es suficiente con meternos a grillos y no a la escuela, para acceder a un cargo popular bien remunerado.