Por miguel Ángel Casillas Barajas
La semana pasada mi madre: Margarita Barajas de Casillas nos convocó a toda la familia a festejar su 83 aniversario de su nacimiento, la cita: El glorioso y bello puerto de San Blas en casa de un hermano. En el itinerario del festejo estaría contemplado ver el encuentro de FUT- BOL que sostuvieron las selecciones de México y Costa Rica; sabedora mi madre que este deporte ha sido parte fundamental de nuestra existencia y que de alguna manera lo veríamos o estaríamos al pendiente del resultado.
Yo tuve que retrasar mi viaje por razones de trabajo y vine desocupándome a las 6:30 horas, de inmediato tome una maleta y partí para San Blas con el entusiasmo de siempre de ver y saludar a la autora de mis días, a mis hermanos y hermanas y luego también de disfrutar del atardecer, la belleza del Mar, de los inquietos jejenes y hasta de sus 40º de temperatura que me habían comentado (y que comprobé luego) alcanzaba el termómetro a la sombra en esos días.
La fiesta en si transcurrió sin novedad alguna, mi madre disfrutó como nunca de ese momento al estar rodeada de sus hijos, de las mañanitas desafinadas, del triunfo rotundo de nuestra selección, del abrir los regalos y luego a partir el pastel, poco después, se puso música de fondo y (debido al calor) nos sentamos en las afueras de la casa a disfrutar de la noche hasta ya pasadas las 11 p. m. en cada quien paso a sus habitaciones a dormir, con los ventiladores a toda máquina que amenazaban con elevar el frágil techo de la casa de mi hermano.
Al día siguiente (domingo) me levanté a las 6: A. M. como es mi costumbre cada vez que visito San Blas para realizar mi rutina habitual: Ir primero al muelle a mirar cuando llegan las barcazas de los pescadores y el espectáculo sin igual que nos ofrecen a los visitantes al llegar a puerto, las pangas cargadas de peces y ver como revolotean a su alrededor la gaviotas, garzas y pelícanos en su apuro por disfrutar de algún bocadillo, posándose muy cerca de nosotros sin inmutarse de nuestra presencia. Posteriormente sigo mi recorrido a pie hacia la playa para ver el mar; “cosa mas bella mi niño” ( dijeran los cubanos) el amanecer nos ofrece su mejor sonrisa, el sol todavía estirándose para empezar el día y el trinar de las aves persiguiéndose unas a otras jalonándose alguna jaiba y yo ahí sentado solo en la playa, meditando en silencio y dándole gracias al creador por la vida, por la naturaleza, por el aire, por el sol, por la salud de todos, pero principalmente por haberme dado la dicha de mirar nuevamente en un aniversario mas de vida, a mi madre plena de salud y sonriente, en eso estaba sumido en mis oraciones cuando una ola muy agitada llegó hasta el lugar en donde me encontraba sentado, mojando mis pies descalzos. Cuando el agua se retrajo, noté que entre los dedos de mis pies había dejado tres conchitas de varios colores: Una de color blanco púrpura, otra mas, amarilla y la última gris, de momento no le tomé la importancia debida pero la diversidad de tonos de colores llamó mi atención que empecé a mirarlas detenidamente y a tocarlas como jugando con ellas en la arena, para luego recapacitar un poco sobre el mensaje que el mar me había enviado con ese regalo: “Tonto de mí” –exclamé- “todo esta muy claro, el árbol nos da sus frutos, el jardín nos entrega sus flores ¿y el mar que nos puede regalar? ¡ Peces y conchas”! Ese había sido el regalo que ese majestuoso e inconmensurable océano rechoncho de agua y bondadoso, creado por las manos divinas del señor me habían 0bsequiado para dárselas seguramente, a la mujer más bella de mi existencia: Mi Madre.
Me levanté como de rayo y emprendí el regreso hacia la casa sin soltar las conchitas con mi mano derecha dentro del short. Me recordaban esos momentos a la prisa que le imprimía cuando chico, a los mandados que ella misma me enviaba, esperándome parada en el portón de mi casa familiar, hasta que cumpliera con su encargo al pie de la letra; cuando me quedaba “guaguareando”, me sonaba una vieja cazuela como campana con una cuchara sopera para apurarme, yo la escuchaba a distancia y ¡métele! Imprimía la velocidad a lo que daban mis piernas en la bicicleta, para llegar lo mas rápido posible. Sino ya sabrás.
Llegando pues a la casa en San Blas, de inmediato le conté la historia a mi madre, tal y como la viví, ella como muestra de agradecimiento mirándome fijamente a los ojos y dudando quizá un poco, se acercó hacía mi y beso mi frente en agradecimiento sin expresar palabra alguna, luego se guardo las tres conchitas en su bolso y acto seguido lo abrazó contra su pecho, dio media vuelta y se retiró.
Así era mi madre cuando yo estaba chico, ¡igualita! recuerdo que cuando le entregaba el encargo de los mandados que ella me había hecho, acto seguido besaba mi frente en agradecimiento luego se daba la vuelta y se retiraba, dejando una gran felicidad en mi corazón ¡y ahora lo volvió a hacer de la misma manera!. Y yo, volví a recordar por lo menos a aquellos momentos mágicos de mi niñez, reflexionando profundamente, que nada se compara con la alegría de tener todavía…. a nuestra bendita madre con nosotros.
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