Por: Juan Fregoso
El reciente deceso del presidente venezolano Hugo Chávez ha tenido repercusiones en todo el mundo, quizá como ningún otro mandatario del orbe. Su compleja personalidad generó simpatía no solamente entre su gente, sino también en los hombres librepensadores, pero también provocó el rencor entre aquellos que detestan el socialismo como EU de manera predominante.
El desprecio del imperialismo yanqui hacia este líder verdaderamente revolucionario se justifica porque nunca pudieron doblegarlo, de la misma forma que no han podido someter a su homólogo de Cuba, Fidel Castro, a pesar de todos los esfuerzos que han hecho y es casi seguro que Fidel Castro será derrotado al igual que Chávez, solamente por la muerte, pero no por el Imperio que quiere devorarlo todo en aras de una supuesta democracia, cuando lo que realmente busca es el sometimiento de los pueblos libres.
En los anales de nuestra historia no existe un dato que revele el gran cariño del pueblo hacia su presidente, al grado de llorarle abiertamente, de expresarle aun ya muerto su respaldo incondicional que le profesaron en vida. Hugo Chávez, en este sentido, fue un privilegiado y desde donde se encuentre ahora debe sentirse satisfecho de las muestras de afecto de su pueblo al que tanto ayudó, pese a la idea que intentaron vendernos sus enemigos haciéndole parecer como un dictador, cuando el verdadero dictador hoy se regodea por su muerte , aunque hipócritamente hayan expresado sus condolencias.
Chávez fue un auténtico revolucionario, un líder que supo gobernar con sabiduría al pueblo de Venezuela, supo defender con tenacidad el petróleo, el suculento manjar que siempre ha codiciado el gobierno estadounidense de todos los países que tienen esta riqueza y por la cual han desatado una cruenta guerra en contra de todos esos pueblos. Hugo Chávez no cedió ni un milímetro en su política antiimperialista, porque primero estaban los intereses de los venezolanos a los que defendió con hombría, aunque esto le ganara el desprecio yanqui, al punto de satanizarlo ante los ojos del mundo, a la postre ni con todo el lodo que le arrojaron pudieron derribarlo, al contrario, hicieron de él un héroe, que ahora ya muerto es mucho más peligroso, porque dejó un camino sembrado de ideas revolucionarias que florecerán más temprano que tarde.
El comandante venezolano murió físicamente, así haya sido por muerte natural o haya sido envenado como ha empezado a correr la especie, la cual de ser cierta, pudieron matarlo pero lo que nunca podrán matar son sus ideas. En este contexto, Chávez se ha convertido en un símbolo de lucha, en una bandera reivindicadora que el pueblo seguirá ondeando mientras exista la amenaza imperialista por apoderarse de la soberanía de aquel país, de ahí que la batalla chavista seguirá firme, más viva que nunca, aun ya muerto, Chávez seguirá siendo el enemigo a vencer por la primer potencia del mundo, la que si cree que con la desaparición del rebelde comandante tienen las puertas abiertas para invadir Venezuela—como lo quisieron hacer—están equivocados, porque Chávez dejó una herencia, un ejemplo a seguir y que será difícil de destruir, la prueba se las dio el pueblo en el momento mismo de su muerte.
Muerto Chávez se publicaron notas firmadas por Luiz Inácio Lula da Silva, y otra más fue publicada el The New York Times. Estos acontecimientos revisten un significado político en sí mismo. El líder político del país más importante de Sudamérica y uno de los más populares del mundo eligió explicar a los norteamericanos su valoración sobre Chávez. Para quienes, en general por ignorancia, menemizan a Lula del mismo modo que Pepe Mujica, y después elogian a un Lula timorato que no existió ni existe, conviene recordar dos datos. Uno, que durante su presidencia y de Néstor Kirchner, en 2005 la Argentina, Brasil y Venezuela hicieron imposible la formación del ALCA, el Área de Libre Comercio de las Américas, otro que el supuesto Lula melindroso, en 2004, expulsó a Larry Rother, el corresponsal del The New York Times en Brasil. Rother lo trataba de alcohólico.
En su artículo sobre Chávez, el ex presidente brasileño eligió la energía sin desmayo de Chávez en la integración y su compromiso con las transformaciones sociales necesarias para mejorar la miseria de su pueblo. Y agregó: Uno no necesita estar de acuerdo con todo lo que Chávez dijo o hizo. No hace falta negar que fue una figura controvertida, a menudo polarizante, que nunca huyó del debate y para quien ningún tema era tabú. Debo admitir que a menudo sentí que habría sido más prudente que Chávez no hubiera dicho todo lo que hizo. Pero esa era una característica personal que no debería desacreditar sus méritos.
Existe un párrafo que Lula no regala a nadie. Cuando afirma que de todos los dirigentes que conoció en su vida, pocos creyeron tanto en la unidad de nuestro continente y sus diversos pueblos—indígenas, descendientes de europeos o de africanos, inmigrantes recientes—como creía él. La columna elogia también el espíritu concreto de Chávez. Cita el tratado de la Unasur, la Comunidad de Estados Latinoamericanos y el Caribe, el Banco del Sur y las relaciones más estrechas entre la región y África y el mundo árabe.
Más aún, para Lula las ideas de Hugo Chávez tal vez inspiren a los jóvenes como las de Simón Bolívar inspiraron a Chávez. Pero para que sus sueños no queden en un papel, sus simpatizantes en Venezuela tienen mucho trabajo por delante para construir y fortalecer las instituciones democráticas. Esto es, que el sistema político sea más orgánico y transparente, que la participación política sea más accesible, que se fortalezca el diálogo con los partidos de oposición y que se consoliden los sindicatos y las organizaciones de la sociedad civil.
Y para no quedarse, tampoco, en los papeles, Lula hizo más por Chávez muerto. Grabó un mensaje televisado en homenaje y viajó con la presidenta Dilma Rousseff a Caracas, Dilma y Cristina. En un caso el argumento fue la agenda. En otro, la hipotensión. Lo cierto es que Dilma Rousseff y Cristina Fernández de Kirchner fueron las únicas ausencias sudamericanas en el funeral oficial del viernes pasado. El resto se quedó, incluyendo a los afines Rafael Correa y Evo Morales y a los ideológicamente distintos Sebastián Piñera y Juan Manuel Santos. Por tanto, las especulaciones periodísticas apuntaron a diversas hipótesis. En el caso de Dilma, a un supuesto disgusto con el embalsamamiento de Chávez y con los detalles de la convocatoria a nuevas elecciones.
En el caso de Cristina, a la presunta decisión de no formar parte de la misma foto colectiva con el presidente Mahmud Ahmadijenad justo después de la promulgación del memorándum de entendimiento con Terán. Más allá de las especulaciones, Rousseff no le concedió al iraní una entrevista personal en la cumbre de Río+20, negativa que fue atribuida por funcionarios brasileños al rechazo de Dilma por violaciones a los derechos humanos en Irán, en especial a la discriminación a la mujeres.
Asimismo, este diario pudo establecer que altos funcionarios de Brasilia continúan la política implementada en su momento por Lula de encuadrar en forma pacífica toda supervisión del programa nuclear iraní, sospechosamente con planes bélicos. Lula llegó a encarar un diálogo con Irán junto con Turquía como alternativa negociadora a la presión de EU e Israel. Convertir el funeral de Hugo Chávez protagonizado por los desposeídos venezolanos sólo en un recorte—la presencia en Caracas de Mahmud Ahmadijenad—sonaría arbitrario. Pero sería tonto desaprovechar una ocasión para analizar la política iraní hacia América Latina. Ahmadijenad besó dos veces el ataúd de Chávez. La segunda vez cerró el puño y lo agitó horizontalmente como si fuera un símbolo de fuerza.
Pero no sólo Ahmadijenad se pudo contener de expresar sus sentimientos hacia el líder más polémicos que ha tenido Venezuela, también los militares se desahogaron en esos momentos críticos: Nunca me imaginé que vería generales llorar como niños a su padre, expresó José Mujica en Caracas. Y es que las imágenes de esos días mostraron a los generales venezolanos no sólo llorando sino aplaudiendo y por enésima vez Ahmadijenad no pudo contener su entusiasmo, gritando: ¡Alerta que camina/la idea de Bolívar por América Latina!, al tiempo que levantaba el puño y abrazaba a funcionarios civiles de todo rango y origen. Así, la versión de un posible encontronazo entre el vicepresidente Nicolás Maduro y el presidente de la Asamblea Nacional Diosdado Cabello, de extracción sindical y política uno, de extracción militar otro, quedó en humo, al respaldar Cabello a Maduro como presidente encargado, en tanto que el ministro de defensa, Diego Molero, enfatizó que la Fuerza Armada Bolivariana es antiimperialista, socialista y chavista, con lo que deslizó su apoyó incondicional al proyecto de gobierno que encabezó Hugo Chávez, el hombre que supo ganarse no solamente el respeto de su pueblo sino de muchos países.