Por Miguel Ángel Casillas Barajas

Aquellos días eran tiempos en que  mi pubertad la compaginaba con el trabajo fecundo y creador, a mi corta edad 13 años ya era propietario de un taller de reparaciones electrónicas cerca del parque “Juan Escutia” un oficio mejor conocido en aquellos tiempos como: “Radiotécnico”.

Había iniciado a cargar sin darme cuenta,  con mi vida tributaria en este país y a cumplir con todo tipo de obligaciones propias de un negocio: renta, luz, agua e impuestos, y luego también las de mi  casa familiar, estas obligaciones, se  acrecentaban día con día, debido a que tres de mis hermanos habían decidido partir a la ciudad de Guadalajara con la finalidad de concluir sus estudios profesionales. Mi padre Alberto, como taxista, hacía enormes esfuerzos para poder mantenernos a todos trabajando un cacharro desvencijado de sol a sol, y con el peso todavía  de cargar con los gastos de mis hermanos que estudiaban sus carreras profesionales en la perla tapatía.

Mientras que  mi madre Margot por su parte, hacía verdaderos malabares con la comida y  prácticamente creaba platillos en los que  el ingrediente principal de la dieta familiar eran los insustituibles frijoles. Es posible que si  yo  hubiera tenido la curiosidad de anotar en  una libreta la diversidad de platillos que preparaba mi madre basadándose en  los frijoles mentados. Tal vez, le hubieran dado el premio Nóbel de química. Aunque para mi gusto, los ingredientes básicos que nunca faltaron en su alacena para elaborar esos exquisitos platillos  y que siempre tenía a la mano como si fuera un “extinguidor de hambre” eran: El agua, la sal, queso rayado y  gran cantidad de tortillas. Si, Todo mezclado en una cazuela para que rindiera para once bocas de lobo estepario hambrientas a más no poder, aparte de las raciones propias de mi padre y de mi madre. Que acompañábamos en ocasiones con una suculenta taza de café Córdova. ¿Que ricura a poco no?

Pues bien, bajo ese panorama poco halagador inicié mi carrera como empresario electrónico sometido bajo un rigor de gastos y compromisos tan serios que para un mozalbete imberbe de mi edad era una loza muy pesada para cargar, sin embargo, mucha gente que me conoció en mis inicios se me acercó de buena fe y me apoyó con sus consejos y  orientación para administrar un negocio aclientado como el que me habían heredado.

Por mi parte, yo veía que un señor llamado Don Pablo Silva, y que  tenía un negocio de bicicletas contiguo al mío, llevaba una administración impecable y metódica de sus ingresos y egresos y siempre al final del mes cumplía puntualmente con sus compromisos contraídos de cualquier índole.

Esa situación había empezado a preocuparme debido a que los gastos en la casa habían crecido de manera desorbitante y yo tenía forzosamente que aportar casi todo lo que ganaba, para apoyar en el sostenimiento de la casa o bien para enviarles dinero a mis hermanos a Guadalajara, de tal manera, que lo que ganaba prácticamente se iba diario, esa situación me había ocasionado un retrazo en los compromisos contraídos en mi negocio como renta, luz, agua, impuestos etc... De tal manera, que me urgía buscar una solución inmediata, así fue, como le comenté a mi vecino de taller, Don Pablo de esta situación y el me orientó al respecto diciéndome lo siguiente:

“Mira Miguel, sufres porque quieres, todo lo que tienes que hacer es buscarte una cajita como ésta que tengo yo aquí y guardar día a día 10 pesos diarios de tu primera venta, o sea, ¡un diezmo! ¿Un diezmo?-pregunté-¡“si diez pesos diarios durante un mes tontito, y al final, siempre tendrás efectivo para realizar tus pagos, incluso hasta te va ha sobrar para que te vayas al cine o para que me “piches” un refresco si tu quieres por el consejo ja, ja,”

Sin pensarlo un minuto mas, visité a un amigo que es carpintero y le solicité que me hiciera una cajita igual a la de Don Pablo  para lo cual, lo invité al negocio del mismo Don Pablo para que la viera y así me hiciera una copia idéntica a la de él.

El carpintero tomó exactamente la idea pero su gran profesionalismo fue mas allá del diseño original, cuando me entregó mi cajita debidamente terminada estaba bien maqueada, era  de madera de cedro, y con una tapa cóncava, además,  ostentaba mis iniciales en la tapa superior, “M. A. C. B.” con  dos aldabas de latón brillosas adornándola a los lados y en el centro un candado dorado “para salvaguardar los valores”,  daba la impresión de ser un cofre de tesoro pirata pero en miniatura.

Sin más preámbulos, inicie mi programa para administrar mis recursos y con la firme idea de solventar mis gastos más apremiantes, empecé a guardar las cantidad de 15 pesos diarios, y no diez como me había propuesto mi amigo y vecino. A los 20 días de haber iniciado con el programa, llegaron mis hermanos de Guadalajara de vacaciones de verano y siempre iban a visitarme a mi taller con la finalidad de ayudarme en algo  para corresponder un poco al apoyo que yo les brindaba, uno de ellos, Alberto, un día tomó la escoba y se dispuso a barrer el taller y a acomodar los aparatos, cuando ocasionalmente  tocó con la escoba  la cajita, que mantenía oculta en un rincón apartado del taller para evitar todo tipo suspicacias, curioso se puso a observarla  eso bastó para que por su conducto de inmediato mi madre se diera cuenta que mantenía cierta cantidad de dinero oculta, en una cajita, mientras que las necesidades en la casa estaban al límite.

Cuando llegué a mi casa a comer, estaban todos sentados en el comedor, -yo ni tan siquiera me imaginaba que mi hermano Beto había dado con la famosa cajita-, pero al instante noté que había un silencio sepulcral, todos me miraban de arriba abajo como reprochándome con la mirada alguna acción negativa de mi parte-rompiendo el silencio pregunté-¿que pasa se murió alguien? ¡Sí!

-Contestó mi madre-“¡se murió una cajita llena de dinero que guardas en el taller, mientras que aquí en la casa las necesidades….Bla, Bla, y Bla, así que te me regresas y me traes esa cajita, pero ya, inmediatamente!”

Con lágrimas en los ojos me regresé al taller nuevamente a cumplir con la encomienda de mi madre, para luego darle en sus manos la dichosa cajita.

Ahora de grande, recapacito que hice bien, era verdad que en esos momentos quizá había otras necesidades más apremiantes que las mías propias, y  cuando debes demostrarle  solidaridad a tu familia, hermanos o a tus propios padres no debe haber titubeos de ninguna especie, y yo no iba a degradar mi imagen de hijo modelo,   y mucho menos,  por una  cajita.


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