POR: PAULINA XIMENA CASILLAS ESCOBEDO

He terminado mi trabajo, le dice ella mientras se prepara cerrando las ventanas abiertas de su computadora y anotando los pendientes del día, en su cara se puede ver la satisfacción y alegría que brinda el saber que su jornada laboral, ha terminado. Por el mensajero instantáneo le hace saber a su acompañante que en ése momento se dispone a partir, como siempre él, se despide momentáneamente de sus compañeros de conversación, arregla sus pendientes, bloquea su computadora y se dispone a acompañar a su pequeño tesoro hacia el elevador que los conducirá después de descender 3 niveles, a la salida del edificio.

Tanto los policías como las recepcionistas, saben que a esa hora es cuando salen juntos, no se cuestionan más allá de lo evidente y murmuran alguna cosa entre ellos. La feliz pareja pasa frente a ellos y con un gesto de alegría se despide con la promesa de que se verán mañana a lo que los testigos contestan a coro hasta mañana, pasa primero ella, por supuesto, después va él.

Caminan juntos, a veces tomados de la mano, otras veces, las mejores, abrazados, la muchacha de las revistas ya esperaba verlos pasar - Ya se le había hecho tarde a la muchacha - piensa mientras arregla los periódicos amarillistas y las revistas con los últimos chismes.

Para ellos no existe el mundo mientras se tenga uno al otro, yo te quiero y sé que tú también me quieres piensan mientras continúan su camino hacia la parada del camión en la que eventualmente se tendrán que separar para que ella llegue a su casa y él continúe su trabajo en la oficina.

El que los vea pasar sabe que no están prontos a ganar un concurso de belleza. Ninguno de los dos es el estereotipo del joven guapo y la mujer hermosa, pero si el interior se viera a simple vista, no habría dos personas más hermosas en el mundo.

Para él no existe mujer más bella que la suya, para ella no existe hombre más guapo que él, no importa que no sea un Adonis, no importa que no sea Afrodita, cada día que pasan juntos es una bendición y sobran las palabras para describir la felicidad que emana de sus ojos, visible aún a través de los lentes que ambos usan.

Cuando llegan por fin a la parada del camión, él se acerca para despedirse como siempre, con un esperado y tierno beso, pedacito de felicidad disfrazado en una boca con sabor a la mejor vainilla que se encuentra y con otra con sabor al más dulce chocolate.

Mientras él camina de vuelta a la parada del camión, con una sonrisa que bien puede iluminar el edificio, ella lo ve de lejos con los ojos llenos de amor y la boca llena del chocolate más dulce que jamás hayan tocado sus labios, vírgenes hasta que le conoció y supo que el paraíso tiene sabor.

Él por su parte sigue su camino con energía renovada, los lentes se le han manchado y se los quita para limpiarlos mientras su sonrisa delata la felicidad que siente su corazón, dando gracias a la vida por aquella criatura maravillosa que se ha subido al camión, entra al edificio en donde conoció el amor, saluda de nuevo a los policías, sube por el elevador que los vio bajar, oprime el número 3, se pone sus lentes y se dispone a extrañar a su mujer. Esa hermosura que ilumina con su sola presencia el día.