Por Miguel Ángel Casillas Barajas.-

Mi compadre Sergio Valdez Monroy que desde hace ya varios años radica en los Ángeles California, gran lector cotidiano de Gente y Poder me envía un correo electrónico en donde me solicita que cuente una anécdota en donde él participó activamente, cosa que con mucho agrado lo hacemos y esta es su historia:

Pero antes, permíteme contarte algo de la vida de Sergio -estimado lector-. Sergio era mi vecino en el barrio de acayapan. Días antes de que partiera a los Estado Unidos, trabajaba como contratista eléctrico aquí en la ciudad de Tepic y en otras partes del estado en donde eran requeridos sus servicios.

Para dar cumplimiento eficiente a su múltiple clientela, tenía bajo su tutela, una veintena de trabajadores que el mismo movilizaba a cada lugar en donde tenía alguna obra en construcción, él personalmente iba a llevarlos en su carro y a dejarles también las instrucciones necesarias para que desempeñaran bien su trabajo.

Así pues, en una ocasión de esas, Sergio en compañía de varios de sus trabajadores se habían trasladado al glorioso y bello puerto de San Blas para realizar algunos trabajos de electricidad en unos bungalows. Tarea que concluyeron exitosamente en tiempo y forma, ya después de concluida la obra se fueron a festejar al Restaurante-Bar El Torino que está ubicado en el centro de San Blas.

En una mesa contigua a la que Sergio y trabajadores ocupaban, departían alegremente varios turistas americanos que festejaban también por su cuenta algún evento o acontecimiento particular. El lugar se Había llenado de cantos y gritos eufóricos al calor de las botellas de tequila que eran acompañadas por buena música y exquisitos mariscos. Al cabo de un rato, el ambiente ya se había tornado un poco tenso debido mas que nada al calor de las copas y empezaba a haber ciertas fricciones entre la mesa que ocupaban Sergio y sus amigos, y los de la mesa contigua que tenían los americanos. En ratos se invitaban tragos de tequila y se retaban a tomarlo levantando la copa, luego se paraba alguno de ellos y se empinaba un trago burlándose y retando a los de la otra mesa, ante la mirada expectante de los parroquianos que se habían dado cita en el lugar, el aplauso de los acompañantes de la mesa no se hacía esperar lanzando gritos desaforados y alzándole la mano triunfadora al mexicano o americano que se había tomado la copa. El tiempo transcurrió y el duelo no tenía para cuando terminar. Los contendientes, parecían ser atletas de alto registro, preparados para contender en cualquier olimpiada internacional del tequila que se celebrara en el orbe, todos ellos, parecía que estaban equipados con un gran tonel en su cuerpo para almacenar grandes cantidades de tequila y dotados con una resistencia fuera de lo normal, para soportar los efectos del alcohol sin ninguna limitación posible.

El Barman del lugar, un señor de apellido italiano decidió intervenir para calmar los ánimos de los participantes, conminándolos de una manera atenta y respetuosa a proseguir su duelo en otro lugar que no fuera su restáurate-Bar, debido a que los ánimos ya estaban muy caldeados entre los participantes y el ambiente demasiado tenso y acalorado, y mas que nada a la gran cantidad de botellas de tequila que traían en la panza, causa principal que amenazaba con romper la paz y tranquilidad de ese lugar.

Sin embargo pese a la gran cantidad de tequila ingerido, justo es reconocer la ecuanimidad que estos grandes adoradores del dios Baco mostraban todavía a esas alturas del partido, era realmente admirable como todos seguían tan frescos y campantes cual verdes lechugas y sedientos de alcohol a más no poder.

En fin, con toda tranquilidad y sin inmutarse tan siquiera, atendieron la súplica del dueño del Torino y salieron a la calle, no sin antes adquirir de paso varias botellas de tequila para continuar con el duelo libador que ya era casi a morir.

Por su parte, Sergio y acompañantes, por su tenacidad mostrada se habían ganado la simpatía de los parroquianos del Torino y de algunos curiosos del puerto, tal era la euforia que habían despertado entre ellos, que poco faltó para que les entregaran en ese instante ya, algún título honorífico como: hijos predilectos del puerto de San Blas de entre otros tantos galardones que según los SanBlaseños presentes ya se habían hecho merecedores, tan solo por la osadía de enfrentar a los gringos y como un justo reconocimiento a la gallardía mostrada en la contienda etílica, que era casi, casi histórica ante contrincantes tan de alto nivel en el arte de libar como lo han sido siempre los americanos a través del tiempo. Así que ambos equipos parecían haberse preparado para esta lid de empinar el codo, con sus mejores hombres.

Una vez en la calle, la euforia colectiva continuaba, los parroquianos que salieron acompañando a los mexicanos a la calle gritaban: ¡México ¡ ¡México! Y el clásico: ¡Si se puede! ¡Si se puede! Sergio, parecía vivir el momento de gloria del púgil Julio Cesar Chávez disfrutando del mismo éxtasis que el boxeador mexicano gozaba cuando subía al Ring a defender su corona, acompañado por un séquito de admiradores.

Por el lado americano, sus seguidores también vitoreaban a sus atletas con gritos a su estilo. ¡Yuesei! , Yuesei! Se vivía pues, el momento crucial de la contienda, entre aplausos, vivas y porras, cuando de repente alguien del lado de los americanos levantó la mano y gritó a todos: ¡Stop!. Y luego hablando en un español mocho y poco entendible propuso a todos, que se seleccionara a un representante por cada equipo y que en una sola toma de tequila se definiría a quien sería el ganador absoluto.

La propuesta americana en si, consistía en empinarse una botella de 3/4 de tequila hasta verle el fondo, sin tomar aire y sin despegar los labios de la botella. Quien no aguantara la prueba sería el perdedor. Sergio y acompañantes no tuvieron otra alternativa que aceptar, estaba de por medio el honor y el orgullo mexicano antes que cualquier otra cosa, y fue precisamente, Sergio quien se propuso por dedazo asimismo para salir en representación del equipo mexicano, así pues, sin mas preámbulos y en plena calle canalizo del puerto de San Blas y a altas horas de la noche y ante la mirada atónita de gran número de curiosos y seguidores, inició la contienda final, cediéndoles a los gringos de manera caballerosa y en su calidad de visitantes distinguidos, el derecho de iniciar con la primera toma de tequila. El representante de los gueros tomó aire, levantó la botella de tequila a la vista de todos y brindo su trago al restaurante-bar TORINO gritando: ¡Torino! ¡Torino! No, no me orines mejor tómale ja, ja, -festejaban los mexicanos- se empinó la botella sin respirar hasta ver el fondo. Luego y casi de inmediato siguió Sergio con otra botella haciendo lo mismo, pero dedicando su toma al heroico puerto de San Blas.

Después de que ambos concursantes se engulleron el tequila, hubo un silencio sepulcral, todos miraban a los contendientes sin despegar la vista para ver que reacción tenían o para observar también quien se mantendría de pie después de haberse tomado tal cantidad de tequila en una sola toma. Tan solo unos segundos bastaron, Sergio empezó a tambalearse, sus ojos se ponían en blanco y daban vueltas de arriba hacía abajo como rehiletes, bufaba tratando de jalar aire puro, luego a alguien de los presentes se le ocurrió iniciar una cuenta de protección como en el box: unodostres y al llegar al cuarto número, Sergio cayó al suelo como fulminado por un rayo, levantando gran polvareda. Declarándosele por unanimidad: Derrotado por Knockout técnico.

Como era de esperarse, los gringos no cabían de alegría, parecían gallinas ponedoras de los huevos de oro continuaron su fiesta y siguiendo de largo por el pueblo con su caravana de seguidores el festejo, llevándose en hombros a su campeón y gritando eufóricos: ¡Yuesei ¡ Yuesei! Felices por la victoria obtenida. Esa noche habría resultado inolvidable y exitosa para ellos casi, casi como si hubieran ganado la guerra de Vietnam.

Mientras tanto en el grupo de seguidores de Sergio había desolación y tristeza, todos sentados en el filo de la banqueta observaban a su gallo que roncaba cual angelito tumbado en el suelo desfallecido, había luchado hasta el último momento como todo un buen guerrero defendiendo el orgullo de San Blas en aquella noche etílica.

La calle canalizo del puerto de San Blas, que tan solo hacía algunos instantes resonaban en sus viejas paredes las porras y vítores de los SanBlaseños en honor a Sergio, ahora estaba convertida en un verdadero sepulcro, poco a poco el contingente se fue dispersando del lugar de la contienda, hasta quedar solos nuevamente Sergio y amigos tirados en una de las banquetas rendidos.

La pelea había sido fragorosa y desigual, las huellas de la lid, el tequila consumido y el cansancio ya habían hecho mella en sus cuerpos, quedando tendidos cuan largos eran.

Ahí mismo. En ese lugar los sorprendió el alba, el repiqueteo de las campanas de la iglesia, y la salida del astro rey los despertaron, teniendo todavía que lidiar con una cruda de los mil demonios.

Tal vez, de haber ganado Sergio esta contienda, las cosas hubieran sido diferentes para él, alguna de las calles del puerto de San Blas , ahora tendría laguna placa con su nombre grabado y quizá diría lo siguiente: En Honor al gran Sergio Valadez Monroy como recuerdo imperecedero a su gran defensa del honor del puerto de San Blas o quizás estuviera esculpida alguna estatua de él en el bar El Torino: como ciudadano libador ejemplar y distinguido, o a lo mejor en su pecho colgaría todavía alguna medalla honorífica. Que se yo, el caso es que perdió la batalla, pero eso si, prometió seguir libando arduamente para que en futuras confrontaciones internacionales en donde esté de por medio el honor, No lo sorprendan sin condición física, y de pasadita no descarta todavía la idea de buscar un reencuentro ante los pistiadores gringos que visitan nuestro bello puerto Neogallego, para sacarse algún día, la espinita.

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