Una reflexión sobre el actuar del PAN contemporáneo.

Por José Miguel Dibildox Morfín.


El año pasado, 2009, Acción Nacional cumplió 70 años de su fundación, obra de muchos mexicanos que, animados por el llamado de Don Manuel Gómez Morín, ilustre chihuahuense, quien, además de hacerlo nacer, lo dirigió en sus primeros diez años. Claro que no debemos olvidar a los grandes cofundadores como el jalisciense Efraín González Luna, principal doctrinario del PAN y, ambos, estableciendo métodos y estilos, precisando objetivos.

En su tiempo, ellos dos y otros más, supieron ser, según el momento por el que transcurriera el partido, dirigentes o reclutas, maestros o alumnos, candidatos o peones repartidores de propaganda, comunicadores o tribunos.

En las raíces del partido, en nuestros fundadores, siempre encontraremos que su conducta iba de acuerdo a su pensamiento, había una total congruencia entre el ser, el pensar y el actuar de todos ellos. Todos se distinguieron por su coherencia ética. Su caminar en la vida privada y en la vida pública era regida por un solo pensar, un solo actuar, no había dicotomía ni conveniencias personales.

Se propusieron no sólo dignificar la política, sino darle una ética al actuar del político, moralizar a la política en sí, mediante un actuar conforme a los principios doctrinarios que deben mover al PAN, mediante la democratización de la actuación de los ciudadanos, todos. Sólo así podrían soñar con implantar un gobierno que viera, ante todo, por el bien común, entendido no simplemente como el conjunto de bienes personales de cada miembro de la sociedad, sino como el conjunto de condiciones materiales y espirituales que permiten a la persona desarrollarse en la comunidad. Lo anterior, derivado del reconocimiento de la preeminencia de la dignidad de la persona humana.

Ese camino que se trazaran los fundadores: el convencimiento personal, seguido de la constitución, el perfeccionamiento y la disposición de la institución, o sea, el camino moralizador de la política y el gobierno, creyeron nuestros fundadores que debían hacer crecer, como fermento en la masa, la verdadera evolución, el verdadero cambio de nuestra nación, para lograr esa patria ordenada y generosa y una vida mejor y más digna para todos, como lo señala el lema de Acción Nacional.

Ese espíritu sustentó el origen del PAN, y ahora, en los momentos presentes, sería muy provechoso saber, con qué tanto de aquel aliento seguimos respirando, cuántos de aquellos principios nos siguen inspirando, en qué parte del camino, por qué y por quiénes se abandonaron algunos de los motivos originales que nos convocaron. Sobre todo ahora, que nos movemos en un claroscuro de luces y sombras en los que muchos no creemos que el partido esté pasando por un momento de suave regocijo.

Creo que aquí en Nayarit, quizá como en muchas otras partes del país, nos encontramos en el momento más crítico de la vida del PAN, cuando muchos creen que estamos en el mejor momento.

Vale en estos momentos recordar la inquietud de hace catorce años de Felipe Calderón Hinojosa, Presidente del Partido en ese tiempo, ahora Presidente de la República, quien ya mostraba preocupación por el futuro del PAN, al decir y proponer a los Consejeros Nacionales que lo habríamos de elegir, que debíamos ganar el poder sin perder el partido. Y pienso que su intranquilidad nos hablaba de los tiempos que ahora vivimos. Tal parece que hemos logrado crecer en cuanto al poder, a través de tejer y operar alianzas, pero hemos perdido la fuerza de la razón, de la que nos hablaba Carlos Castillo Peraza; hemos perdido la fuerza moral a medida que ganamos la fuerza que da el poder; y, finalmente, hemos perdido la identidad del partido, hemos perdido nuestras raíces, hemos perdido la batalla de moralizar a la sociedad y de darle un camino ético a la política.

Tal parece que en una relación ilógica, aparentemente, pero verdadera en la realidad, hemos tenido un planteamiento proporcionalmente inverso: A mayor espacio de poder, menor identidad de partido y menor fuerza moral.

¿Dónde están, entonces, los principios y los valores que plasmaron en el partido los fundadores? ¿Ya no son válidos? ¿El ejemplo de su insobornable conducta la hemos cambiado por el pragmatismo deshonesto e inmoral? ¿Ahora será ético el principio atribuido a Nicolás Maquiavelo de que el fin justifica los medios? Cuando, más bien, no se pueden ni se deben emplear medios perversos para alcanzar un fin considerado bueno.

Por eso ahora aparecen alianzas absolutamente cuestionables. En veces apoyándonos en el PRI con sus operadores, como hace cinco años, en la profesora Elba Esther Gordillo; otras veces sometidos al yugo de jalar la carreta con el partido más contrario a nuestra esencia y que ha cuestionado como ningún otro la legitimidad de la elección presidencial pasada e insultado, llamándolo espurio, al Presidente de la República.

Y qué decir de la toma de decisiones del poder legislativo que hoy por hoy están subordinadas a la conveniencia política del momento, o bien al intercambio de favores de campaña, en vez de pensar en la pureza de la norma que beneficia a toda una población.

Recuerdo reuniones del Consejo Nacional, al que pertenecí desde 1984 hasta 1998, como aquélla de 1989, en la que se debatían los diversos argumentos entre la ética de la convicción y la ética de la responsabilidad, como lo fue en ese año la aceptación del financiamiento público, y no se disputaba, como ahora, cuál será o no el mal menor, o bien, si para conservar el poder hay que aliarnos con el enemigo, o sea, juntar el agua y el aceite.

Reflexionemos: ¿Qué hemos hecho del Partido Acción Nacional? ¿Qué queremos lograr con las alianzas o coaliciones? ¿Sólo queremos el quítate tú para ponerme yo? ¿Estamos tan convencidos de nuestra razón y de nuestros principios de doctrina como para apostarle a ir solos? ¿Necesitaremos aliarnos con nuestro enemigo para llegar al poder? Y después, ¿qué? Y ahora, en el colmo de las incongruencias, se habla de que los Consejeros Estatales del PAN son ampliamente sobornables, esto es, se venden al mejor postor. Dios quiera que eso sea una falacia porque, de ser cierto, estaríamos ante la muerte misma del partido en Nayarit. Por lo incongruente no lo puedo aceptar, por increíble no lo quiero creer.

En Nayarit, en 1999, probamos que una alianza sólo sirvió para dividirnos, debilitarnos, disminuirnos; los que ganaron, los que crecieron, fueron los gandayas de los partidos contrarios en principios y los pragmáticos y ambiciosos de Acción Nacional.