Por: José Ma. Narváez Ramírez.

(A continuación me permito -con el permiso de los lectores de Líneas-, trascribir un e-mail de mi hermano Paco, radicado desde hace años en Guadalajara, en el que contesta al relato de El Flecha Veloz que ayer les di a conocer en estos espacios. Agradezco su deferencia y los hago partícipes, porque me pegó en el puro lado izquierdo del pecho y me hizo sentir muy orgulloso al recordar aquellos días Gracias Paco).

Efectivamente, sin alardes o presumidas, participé no en uno, sino en dos Campeonatos Nacionales Charros; Mazatlán y Tepic. En éste último, cursando el primer año de leyes en la Escuela Libre de Derecho, que había en la capital nayarita; quedé en el lugar 16 (casi no entrené), montando en ambas ocasiones al mejor caballo que pude haber tenido: EL BRILLANTE. Nadie lo podía montar en las mismas condiciones que yo, ni siquiera El Sícua, (que era un charro completo que en aquellos tiempos competía en el equipo de Santiago, que muchas veces se enfrentó a los Charros (Bigotones) de Jalisco y llegó a ganarles). Beto Jiménez, era su propietario, se lo vendió, bueno, casi se lo regaló a mi Padre, después de haberlo tumbado (el caballo) en cinco ocasiones, pretendiendo hacer el paso de la muerte. Nadie lo quería por brioso... Era muy cabrón mi caballo. Ese día en el Rancho del Charro, que se construyó en Santiago, allá por la Secundaria, Jiménez quiso matarlo, intervino mi Papá a mi ruego, e hizo que Beto guardara la fusca y me lo entregó sin decir ni pío. Sin silla y sin ningún accesorio. Temible e inteligente animal.

El tema del Flecha Veloz, es inolvidable. Te cuento: estaba en cuarto o quinto de primaria y como ciertamente dices, saliendo de la escuela, medio comía y lo llevaba al río casi todos los días a bañarlo y a que comiera lo que les robábamos a los agricultores; en cierta ocasión, Manuel (nuestro hermano Bucho), se llevó el caballo al río sin mi permiso... Tal fue mi coraje que agarré una soguilla que tenía para practicar el floreo, y que me arranco a buscarlos. No pasó mucho tiempo cuando los miré por el camino del río al puente de El Caimanero... Se da cuenta el cabrón del Manuel, y corre a todo lo que podía hacerlo. Me trepo a mi cuaco y rompiendo el viento (o sea, a todísimo galope), lo alcanzo, lo lazo y le pongo una reatiza que nomás nuestros Padres supieron. Ya me andaba con Manuel.

Desde entonces, cundió el respeto hacia el amo absoluto del Flecha Veloz, nadie podía sacarlo, sin la autorización del suscrito. Tengo muchos recuerdos de cuando monté, pues lo hice por muchos años, primero porque me gustaba, después fue a guevo y lo fui dejando. Algún día te platicaré, cuando nos fuimos en los flacos lomos del Flecha Veloz, Carlos Pintado, Juan Pernas y yo.

Por cierto, por más comida que le daba al cuaco Flecha Veloz, no subió de peso...Bueno hasta azúcar, dulces y todo lo que decían que engordaba, le daba, y nanay de la baraña, nunca engordó por lo viejo que estaba (de 20 a 25 años de edad tenía el jamelgo). Ese caballo, nuestro Padre dizque se lo compró al Charro Agráz, ¿Sería cierto?

Bueno Carnal, te saludo y envió un fuerte abrazo. Me doy cuenta de que una de tus hijas se acuerda de aquellos tiempos. Por lo tanto, es necesario, nos endulces la vida que nos queda con éste tipo de recuerdos.

Muchas gracias Hermano: Lic. Francisco Narváez Ramírez.