Por: Miguel Ángel Casillas Barajas

Este relato pareciera estar arrancado de una película de Alfred hitchcock. Por lo menos en lo que respecta a la ambientación y a los efectos sonoros, estos si eran propios para un filme de suspenso del laureado director de cine y amo del suspenso. En aquella noche tétrica, no podían faltar a la cita, El ulular del viento, los ladridos de los perros y el cacaraqueo ensordecedor de las gallinas en el corral de mi casa familiar.

Margot, (mi madre) atisbaba por una pequeña ventana que daba hacia el corral.El viento con su fuerza embrutecida parecía arrancar las láminas del techo del desvencijado cuartito de trebejos, y ya una vez libres estas, pretendían agarrar vuelo al infinito y mas allá. Los botes de basura, rodaban sin control por el suelo haciendo un ruidajo de los mil demonios, mientras los perros, seguían ladrando nerviosos y de manera insistente.

Para colmo de males, una pertinaz lluvia empezó a caer. En fin, todos los pobladores del corral estaban inquietos esa noche, algo anormal estaba sucediendo. Todos en casa, sabíamos de antemano que mi madre, Margot, tenía por costumbre coleccionar a todo tipo de Bichos alados y cuadrúpedos que le regalaban. Empezando por aves de corral, chuchos eléctricos (corrientes cruzado con corrientes), Y de vez en cuando uno que otro chivo. Sin descartar a sus tres enormes y rechonchos marranos, tragones como ellos solos. En fin; para ser más concretos, todo lo que pillara, graznara, ladrara o mugiera lo adoptaba Margot, y sin pasaporte alguno, iban a parar a ese corral que ya más bien se parecía al arca de Noé por toda esa diversidad de animales de todos colores y sabores, que ella se daba el gusto en coleccionar.

Pues bien, Aquella noche, me desperté sobresaltado de ver a mi madre atisbando por esa pequeña ventana desde mi cuarto, al preguntarle que es lo que estaba mirando, me contestó asustada: escucho ruidos extraños y está el gallinero todo alborotado, como si un ser diabólico anduviera descabezando gallinas a granel en el corral.

Entre las penumbras pude observar que efectivamente se trataba de un animal parecido a una rata gigante, que perseguía pollos y gallinas como alocado, Anda Miguel, levántate y ve al corral a cazar a ese animal, llévate un palo, ¡se esta comiendo mis gallinas!- gritó angustiada, Margot- ¿Yooooo?-le contesté y agregué ¿Y porque he de ser yo? –La verdad sea dicha, nunca he sido el tipo de valientes que enfrentan esas situaciones con aplomo, ¡ni de broma!, hasta una simple e insignificante hormiga me da pavor. Sin embargo, Margot no me dio chance ni de decidir, habló nuevamente y cuando ella hablaba por segunda ocasión era irrefutable y definitiva. ¡Apúrate hombre, Miguel! -Ni hablarYa No me quedó otro remedio que hacer de tripas corazón y armándome con un palo, salí al oscuro corral a enfrentar valerosamente a esa fiera, seguido por dos de mis hermanos que iban detrás de mí utilizando mi propia humanidad como escudo, al llegar al corral abrí sigilosamente la desvencijada puerta y observé estupefacto un descabezadero de patos, pollos y gallinas. Aquello parecía un campo de batalla de la segunda guerra mundial después de haber sido lanzada la bomba H, había plumas por aquí, tripas por allá, huesos, pellejos, sangre por todos lados y el alboroto incesante de las aves sobrevivientes que al sentir mi presencia; pobrecillas, corrieron desesperadas casi por instinto a buscar refugio conmigo. Los perros estaban fuera de si, pero igual de cobardes que yo, en otro corral, por eso no habían acudido. (Me imagino) aunque aullaban y ladraban, solo para cumplir con un simple protocolo burocrático. En fin, yo estaba azorado, trague saliva varias veces y sentía que las piernas me temblaban y escuchaba como me sonaban como matracas. Mis hermanos al ver el escabroso espectáculo, de plano mejor pusieron pies en polvorosa y se devolvieron corriendo, yo quise hacer lo mismo, pero la mirada vigilante de Margot me detuvo al seco y me regresó. A mis hermanos por ser menores que yo, les había concedió la razón de retirarse de la contienda; y ellos vivillos, se quedaron cómodamente pertrechados bajo el regazo de mi madre. Todos estaban a buen recaudo, instalados como en un palco de gayola en la plaza México, solo faltaba que se trajeran los chescos y las palomitas para que estuvieran completos. En fin, no había manera de echarme para atrás. Sentía sus miradas en mis espaldas como pesadas lozas frías; algo así, como tener a toda la santa inquisición observándote.

¡Ni hablar! -me dije a mi mismo- no es momento para cobardías, al mismo tiempo que lanzaba el grito de: ¡Jerónimooooo! Y corría a enfrentar a esa fiera que ya me esperaba jadeante, cerré los ojos y le envié como amistoso saludo, el primer palazo, que la fiera esquivo tan fácilmente como si fuera maestro cinta negra en kung-fu. Acto seguido, me peló los dientes burlescamente de manera amenazadora, como diciéndome: ¡Ahora va la mía wey! casi me hago popó en los chones cuando la ratotota corrió hacia mi a envestirme, pero alcance a esquivarlo por un pelito de rana, al momento que mi familia coreaba la acción con verdadera pasión con el clásico: ¡oleé! Al pasar el tlacuache, lo alcancé a tomar de la cola. Y con la fuerza y la velocidad desmedida que llevaba el pobre animal, me quedé con ella en la mano, dejándome prácticamente petrificado al ver como se movía emulando a una culebra.

El animal Lanzó un terrible aullido que rompió el silencio de la noche y empezó a revolcarse de dolor, aproveché ese desconcierto y le aventé encima una frazada y lo cubrí, luego lo llevé pataleando y gruñendo en el auto de mi papá al monte, y ahí lo dejé ir. Al volver a casa. Mi madre y mis hermanos me esperaban para felicítame por el triunfo, y hasta me sorprendí al escuchar también varios graznidos y ladridos como porra, provenientes del corral. Si es verdad, aquella noche no había sido igual que otras, (por lo menos para mi) Margot, mi madre tenía razón.