POR: MIGUEL ANGEL CASILLAS BARAJAS


Aquella mañana invernal ocupaba una de los confortables sillones de la oficina privada del atento señor Don Miguel Sierra. Si ese mismo, que todos conocemos, impecablemente vestido y con esa sonrisa llena de amabilidad que muestra a todas luces el éxito que ha obtenido en la vida. Yo Había acudido a su oficina con el fin de negociar una cuenta, por la adquisición de un auto japonés del que lamentablemente habíamos prestado nuestra firma mi esposa y yo como aval a un sobrino, y este, simplemente no pagó ninguna mensualidad en un año que hizo uso de ese vehículo, por lo que la cuenta estaba sobregirada, y nosotros, casi al punto del colapso.

Me urgía hablar con él, para buscar un buen arreglo, o por lo menos un trato especial tomando en cuenta nuestro record en esa empresa. Así pues, Las razones que me habían animado a tratar mi asunto directamente con Don Miguel Sierra estaban bien sustentadas. Empezando, porque nos conocíamos desde la niñez. cuando yo estudiaba en la escuela Madero, era mi ruta obligada de regreso a casa pasar por una casa antigua que estaba ubicada en la esquina de las calles Morelos y Morelia. Ahí precisamente en una gran ventana siempre veía sentados a dos pequeños niños impecablemente vestidos y peinados y con una gran corbata de moño en su cuello que los hacía verse, como niños de aparador; bueno, uno de esos simpáticos niños, era precisamente Don Miguel Sierra.

Tiempo después, nos volvimos a encontrar en la vida, pero ahora yo como cliente y él como proveedor, cuando acudíamos mi esposa Marisela y yo, a su agencia de autos ocasionalmente para adquirir algún vehículo. En alguna de esas ocasiones nos atendía el propio Miguel, con su enorme sonrisa característica que parecía salírsele del rostro y nos brindaba todo tipo de atenciones y facilidades para adquirir la unidad que hubiera sido de nuestro agrado. Por nuestra parte, siempre tratábamos de corresponder a sus atenciones por lo menos, cuidando que nuestro crédito se mantuviera sin tachaduras y así mantener nuestro record impecable; claro está, hasta que llegamos a ese momento casi trágico de habernos metido en problemas por haber otorgado nuestra firma como aval a un sobrino. Este muchacho, nos había quedado mal, llevándonos irremediablemente a la oficina de Miguel Sierra en la búsqueda de la mejor negociación posible de ese adeudo, que con los intereses acumulados, ya alcanzaba cifras estratosféricas.

Después de plantearle nuestro asunto a Miguel y de que él le solicitara al propio contador de la empresa el status de nuestra deuda, de súbito, estalló en cólera y para sorpresa mía, esa sonrisa que lo acompañaba a todos lados, se le desdibujo, dejando salir a su otro yo, de manera poco, o mejor dicho, nada amistosa. Ante mis propios ojos llenos de incredulidad pude veri como se transformaba de ser un manso corderito risueño hasta tomar la apariencia y ferocidad de un lobo estepario. Se paró de su silla y se soltó profiriéndome todo tipo de amenazas. Estas, iban desde quitarme mi casa, mi carro y todo lo demás hasta dejarme solo en tarzaneras, y si acaso, como hogar: un mísero colchón; para que por lo menos pudiera revolcarme en mis orines mascullando mi ingenuidad de haber otorgado mi firma. ¡Vaya! Esa tarde estaba tan colérico, que no me daba ni la mas mínima oportunidad de hablar, para aclararle algunas cosas, como por ejemplo una de ellas sería, que gracias a nosotros (los incautos avales) andaban miles de sus carros japoneses circulando, y que si yo estaba ahí presente en su oficina, no era para escuchar sus amenazas, sino con la firme decisión de negociar el adeudo y de rescatar el nombre mío y el de mi esposa. Para eso, yo pretendía devolver la unidad. Y el resto del dinero, sería finiquitado cinco tras cinco hasta cubrir totalmente la deuda. Siempre y cuando, la agencia pusiera algo de su parte, como por ejemplo: algún descuento extraordinario en los intereses. En fin, mí propuesta en si se resumía a tres puntos básicos: Numero uno, nuestro record impecable que me daba la facultad de ser atendido con respeto. Como segundo punto: Le proponía que así como nosotros habíamos sido victimas de la persona en la que confiamos nuestra firma, también la agencia a su vez, le había confiado la unidad a la misma persona; así que en todo caso, ambos habíamos sido defraudados por esa persona y no solo el aval. Pero aparte le reclamaba que ¿como es posible que en un año su personal no tuvo la atención de llamarme para informarme del atraso? Por todas esas razones consideré que no era justo que se le cargara todo a la figura del aval, y ya por último, le volví a recalcar que lo que me había llevado hasta con él, no era una visita de cortesía, sino mi propia responsabilidad como aval. Por lo que le solicitaba su comprensión para mejorar las condiciones, de manera muy específica: Los intereses.

Paso un largo rato y hubo un profundo silencio, después de haber descargado toda su ira en mí y con cierto desgano, me cedió la oportunidad de hablar, aproveché el momento y le manifesté todo lo anterior, así como chorrito de agua, y por último sentencié: que en mi vida había luchado a brazo partido hasta con la misma muerte en varias ocasiones debido a mis operaciones. Por lo que las amenazas de un mortal ya no me hacían ninguna mella, y es mas, sí el no valoraba mi presencia en esa oficina para buscar un acuerdo favorable, me iría en el acto de ahí, - me paré y le anuncié dirigiéndome a la puerta: ¡ni hablar Licenciado, a esperar lo que se venga para afrontarlo dignamente! Eso tal vez, fue el botón que hizo reaccionar a Miguel Sierra. Y me pidió que me regresara y me calmara y que él, volvería nuevamente a analizar mi asunto para llegar a un buen arreglo.

Te confieso -amigo lector-, que de esa oficina ahora era yo el que salía con una sonrisa de lado a lado, después de haber logrado la mejor negociación posible. Miguel Sierra, había reaccionado favorablemente ante mis palabras y de alguna manera, yo había rescatado mi maltrecho y humillado, pero siempre honorable título del: Aval crediticio. ¿Comprendió su error?, ¡quien sabe! lo único que se, es que se disculpó conmigo, y nos brindó a mi esposa y a mí, el respeto que merecemos quienes tenemos las agallas de otorgarle a alguien el respaldo de nuestra firma.

Después de ese trago amargo que pasamos. De Miguel Sierra solo puedo agregar lo siguiente: Lo conocí desde niño, lo vi crecer como empresario exitoso en esa agencia cuando por azahares del destino se hizo cargo de ella, he sido su cliente por más de 30 años. Gracias a su dedicación y empeño la ha encumbrado hasta llevarla a los niveles que le conocemos, todo lo ha conseguido a base de trabajo y esfuerzo. Solo que tal vez fui yo en todo caso el que llegó en un momento inadecuado. Y aunque estoy consiente que me ofreció disculpas y todo tipo de facilidades y además el compromiso de respetar mi record en su agencia de autos japoneses; de momento, decidimos mi esposa y yo, esperarnos algún tiempo, hasta que sanen muy bien las heridas.