Por: Salvador Mancillas.- Lo normal en una sociedad que busca progresar social y económicamente a partir de la innovación científica y tecnológica es producir, primero, las mentes científicas que se ocuparán de tales retos y, sólo después, la infraestructura adecuada a los objetivos de desarrollo planteados.
Naturalmente, como todo en la vida social, no hay leyes inapelables. Los japoneses, a finales del siglo XIX, procedieron de la forma contraria, aunque con una visión clara y armados con la voluntad del Estado. Se plantearon un programa de treinta años para impulsar su progreso científico, tecnológico y social, donde la meta central más inmediata era crear mentes científicas propias para no depender del extranjero. Para ello fundaron institutos de formación vinculados a la investigación, aunque inicialmente dirigidos por científicos importados de Europa y Estados Unidos. Los resultados todos los saben ahora: antes de la Segunda Guerra Mundial, los japoneses llegaron a ser superpotencia y lo siguen siendo pese a la humillante y dolorosa derrota infligida en el citado holocausto de amarga memoria. Ahora son líderes, no sólo desde el punto de vista económico, sino también en generación de conocimiento y tecnología de punta.
En nuestra cultura y en las condiciones sociales actuales, es difícil aspirar a resultados semejantes, aunque no imposible si atendemos a la experiencia histórica: lo primero que hay que evitar en una sociedad politizada es que la infraestructura a construir se convierta en costoso elefante blanco, sin ningún impacto positivo en el desarrollo. Pero ojo: La idea del gobernador Ney González es buena en sí misma; no hay que ser injustos declarando como inútil algo que apenas comienza. El reto es hacerla eficaz y, esto, no es responsabilidad sólo del gobernante, sino de todos.
En nuestras sociedades somos dados a inventar primero la gallina y después el huevo, aun cuando la historia natural nos demuestra que hay que empezar primero con el huevo. (Antes de que surgieran los gallos y las gallinas, ya existían los dinosaurios, que eran ovíparos). Pongo un ejemplo reciente. Andando en campaña para la rectoría, cierto director de escuela le pidió, al entonces candidato Juan López, apoyo para crear un instituto de investigación. Háganme el favor. En una universidad que carece de cuerpos académicos (grupos de investigación) exitosos desde el punto de vista científico, ¿cómo puedes solicitar infraestructura de este tipo? Hago un paréntesis para definir a un cuerpo de investigación exitoso. Es aquel que: a) genera conocimiento metodológicamente confiable y reconocido, por eso mismo, por sus pares en todo el mundo, y b) cuyo conocimiento generado está vinculado al entorno, reflejándose en resultados e impactos concretos (intramuros, en los programas académicos; y extramuros, en la sociedad). No se excluye a los científicos teóricos, cuya labor es la base del rigor de quienes hacen ciencia aplicada. La epistemología moderna nos dice que el pragmatismo no sirve sin teoría. Por eso los nuevos modelos universitarios se organizan hoy fortaleciendo la ciencia teórica y básica, con salidas de aplicación interdisciplinaria, aunque desgraciadamente la Reforma no ha concretado esto en nuestra universidad. Seguimos en los tiempos del desarrollismo provinciano y paternalista.
Si inviertes una gran cantidad de dinero en oficinas y cubículos para grupos de investigación que sólo lo son nominalmente porque tienen un pedazo de cartón que avala doctorados y otros rangos inventados por la meritocracia, es financiamiento tirado a la basura, al igual que buena parte de los millones destinados a las becas del desempeño. Otro ojo: pese a todo, sí tenemos científicos serios en la universidad. No generalizo. Aunque no hacen aspavientos ni están ávidos de los reflectores y el protagonismo de quienes piensan que la ciencia es aquella que tiene que ver con escribir artículos incoherentes, publicar libros a partir de retazos de ideas pedantes, encima fusiladas, y ser moderador en tertulias y conferencias en el Aula Magna ante los reflectores de radio y televisión.
En este escenario, ¿qué puede aportar la universidad a la Ciudad del Conocimiento para evitar que se convierta en elefante blanco? Primero: hay que ayudar a crear mentes científicas, aunque esto es responsabilidad de todo el sistema de educación; Segundo: hay que promover a los científicos y grupos de investigadores cuyas líneas de investigación han dado resultados concretos; y tercero: hay que impulsar cuerpos académicos que se ajusten a la definición arriba descrita. Es decir, primero el huevo, que al cabo la gallina de la Ciudad del Conocimiento ya es nuestra, o está en vías de serlo, según el discurso del gobernador Ney